Opinión

Campos de batalla / Tres guineas

Comenzó la marcha puntual y tuve que correr para alcanzarla. Cada vez con más frecuencia las marchas en este país se parecen. Mantas y cartulinas. Los colores. El sentir. Se parecen porque ahora no son sólo para demandar algo, sino porque ya falta alguien. Corrí para alcanzar el contingente que exigía justicia por el feminicidio de Laura Angélica. Y es por eso mismo que tampoco son iguales, cada marcha cambia de rostro, de nombre y de familia.

Tal vez la agitación y el calor del sol me hizo imaginar el combate que libraban cada una de las mujeres que estaban ahí. La banda de la escuela sonorizaba la caminata, marcaba el ritmo del paso y rompía el silencio de las calles, y como alucinando vi una batalla que se iba expandiendo hasta alcanzar nuestros cuerpos y nos dejaba muertas, heridas y desoladas. Vi la tortura en nuestros rostros y espíritus, vencidas por las huestes enemigas para ganar terreno y poder, cada una de ellas desplazándose lento, dejando atrás una estela de miedos, un ejército de ocupación que invadía todo.

Para cuando reaccioné, una chica muy joven se arreglaba el pelo constantemente en silencio al caminar. Le había amanecido crespo y no pudo acomodárselo bien; se veía que le pesaba la mochila, y en la cara que iba a decir: Pedro, ¿me ayudas, después de aquí a dónde te vas a ir? Igual vamos al Parián, ¿no?, y que el corazón le latía muy fuerte. Una noche antes, otra no dejó de llorar, alcancé a ver en su ceño y en sus ojos hinchados. Caminaba al paso de todos, pero era obvio que la cabeza le daba vueltas, ¿y si no regresa conmigo?, dijo en voz alta a su compañera, para inmediatamente después comenzar a llorar. Otra más allá sonreía para la selfie, la necesidad de aparecer en la foto se exacerbaba con la exigencia de justicia, querer ser partícipe del evento y dejar constancia. Las que cargaban las cartulinas como estandartes [No al feminicidio, Ni una +, ni una -, Vivas y libres nos queremos] se obligaban al silencio bajo el sudor y sus brazos cansados, distraídas ante las que, firmes, demandaban al gobierno federal que no recortara los recursos para las mujeres víctimas de violencia extrema, mujeres que pelean por su vida, mujeres que buscan otra oportunidad de vivir libres.

Porque en esta guerra mundial contra las mujeres cada una sufre sus atrocidades, personalísimas, que deja en su cuerpo las huellas físicas de la contienda, los restos de las pérdidas o el exilio, en esta guerra no hay treguas de Nochebuena ni tiempos de paz.

Y mientras cada de una de las combatientes cargaba sus bemoles, por el sopor, el cansancio, la pérdida del amor, la estrategia de conquista, allá adelante en la plaza dos mujeres se abrazaron. Como líderes de una nación en ruinas, dos madres a las que les arrebataron a sus hijas sabían lo que la otra padecía. Libraban su propia guerra. Y así todo lo demás se volvió insignificante. Ningún otro encuentro importó ante mis ojos porque ningún otro ahí padecía lo mismo ni en su solidaridad para con ellas. La madre de Andrea Nohemí, otra exigencia de justicia, se encontró con la madre de Laura Angélica. Sus cuerpos y el de sus hijas son el campo de esta batalla, un terreno inmenso para luchar la misma guerra, para querer salir victoriosas.

Tuve que correr para alcanzar la marcha porque al inicio no quería ir, porque no quería asistir a otra igual porque alguien nos falta. Cómo quisiera que ésta fuera la última.

 

@negramagallanes

 



The Author

Tania Magallanes

Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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