Opinión

Doblepensar / Memoria de espejos rotos

Es mejor no decir nada,

si no hay nada que decir.

La verdad es necesaria,

si se trata de vivir….

Miénteme. Camilo Sesto

 

En la distopía 1984, obra capital de George Orwell publicada hace 70 años (que se cumplen el 8 de junio), se hablaba sobre un gobierno totalitario en el que el individuo estaba abolido, en pos de una abstracción sobre el pueblo, que era conducido por una clase política basada en una burocracia de personas mecanizadas, y en el poderosísimo culto a la personalidad del gobernante, el Gran Hermano omnipotente, omnipresente, e infalible. Orwell escribió 1984 como una ficción sobre los totalitarismos autoritarios luego de que le tocara ver el ascenso del nazismo y del fascismo.

Para el ejercicio de este régimen político, la administración del poder estaba repartida en la acción de distintos “ministerios”, dependencias gubernamentales que llevaban todo lo referente a las directrices del gobernante, y -por supuesto- a la acción cotidiana de una vida pública que cancelaba de facto el contrapeso de sus críticos y el pensamiento individual tendiente a la disidencia. Estos ministerios son:

Ministerio de la Abundancia, encargado de la planificación económica, del ejercicio presupuestal, de la distribución de los bienes entre la población. Al no existir una economía de mercado, el control económico es totalmente estatal, así que -sin indicadores sobre la pobreza o la distribución de la riqueza- el Ministerio de la Abundancia genera sus propios datos para evaluarse a sí mismo y propagar información falsa sobre bonanza económica inexistente.

Ministerio del Amor, cuya función es fomentar la lealtad cívica y el amor entre los pobladores hacia la figura de El Gran Hermano. Para lograrlo, el ministerio se vale del adoctrinamiento, la delación, el lavado de cerebro, y la tortura contra todo tipo de disidencia, basándose en la premisa de que todo lo que cuestiona al régimen es enemigo. En el edificio sede del Ministerio del Amor se encuentra la mítica Habitación 101, lugar de tortura donde los disidentes son sometidos a procesos de aleccionamiento, ya sea para romperlos física, mental y emocionalmente, como para transformarlos en aliados del régimen.

El Ministerio de la Verdad, que trabaja en la construcción narrativa de la realidad, en dos vías: mediante la confección de un nuevo lenguaje (con terminología flexible y ambigua, de vocablos cortos y sin figuras metafóricas); y mediante la generación de datos “históricos” que son continuamente enmendados, pero que nunca se toman como erratas, sino como reconstrucciones de la realidad. Así, un hecho pudo o no haber sucedido, en función de cómo el Ministerio de la Verdad trabaje para hacerlo público, ya que este ministerio controla a los medios de comunicación.

Ministerio de Paz, encargado de las cuestiones bélicas y de seguridad, tanto interior como exterior. Dado que la economía vertebral del estado está basada en la guerra, este ministerio es uno de los más importantes; por ello la guerra (al menos como narrativa) nunca termina, si es que en la realidad existe. El equilibrio en el manejo de este ministerio es fundamental: debe mantener a la población en un constante estrés bélico, pero debe dar indicios de que “vamos ganando la guerra”, sin que la población pueda razonar a plenitud sobre la realidad social en la que vive.

Toda la narrativa de la realidad orwelliana en 1984 se basa en el concepto de Doblepensar; es decir, en la disonancia cognitiva que permite a la gente mantener al mismo tiempo dos creencias antitéticas, y sostenerlas –a la vez- con igual vehemencia. Por ejemplo, afirmar que el Ministerio de la Verdad propaga certezas, al tiempo de que a diario se enmiendan los hechos del discurso; o que el Ministerio del Amor se basa en la fraternidad cívica, y al mismo tiempo temer el adoctrinamiento mediante tortura por pensar diferente; o que el Ministerio de Paz se encarga de la resolución de conflictos, a la vez que perpetúa la ficción de una guerra; o que el Ministerio de la Abundancia administra -justamente- la abundancia, mientras que la gente vive en la depauperización y la precariedad.

Es como si en nuestro país -no sé, por poner un ejemplo hipotético- existiera un gobierno que se presenta con la faz de la honradez, pero que está integrado por personajes con historial de corrupción; que en este gobierno hipotético hubiera una una Secretaría del Bienestar, y que esta Secretaría estuviera más enfocada a la clientelarización de la pobreza que a la erradicación de ésta; que un buen día esta Secretaría lanzara un comunicado advirtiendo que los ciudadanos críticos y disidentes son enemigos del régimen por no desear el bienestar del pueblo; y que –luego- desde el poder, se enmendara el discurso en una errata más de las que suceden continuamente durante la creación de la narrativa política de la realidad.

El escritor Paul Auster, en una carta que le dedicó al también escritor J. M. Coetzee el 10 de enero de 2009, afirmaba que “En el mundo real nos ocurren cosas que se parecen a la ficción. Y si la ficción resulta real, entonces quizá debamos reconsiderar nuestra definición de realidad”.

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Alan Santacruz Farfán

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