Opinión

¿Es un riesgo el populismo?

Decía Manuel Gómez Morín que los caudillos, esos que se veneran a sí mismos porque creen tener un mandato divino sobre el destino de los hombres, pueden surgir en cualquier momento de la historia. Frente a esto, reflexionaba el fundador del Banco de México, es indispensable apostar a la construcción de instituciones que trasciendan más allá de esas figuras y que sirvan a la Nación.

Me parece pertinente retomar esta premisa frente a las muestras de culto a la personalidad que confiesan los cercanos al Presidente y el propio titular del Ejecutivo, quien sin reconocerlo públicamente, busca regresar al presidencialismo del siglo pasado y se asume como un caudillo de la patria.

En su libro El pueblo soy yo, el reconocido historiador mexicano Enrique Krauze realiza un profundo análisis de la tradición histórica del populismo, poniendo énfasis en el peso de la monarquía española (y su tradición escolástica) en la identidad mexicana, la influencia de los caudillos en la historia nacional y de América Latina, y por supuesto en el populismo contemporáneo con figuras como Donald Trump, Nicolás Maduro y Fidel Castro.

La conclusión más significativa de Krauze es simple: México no puede perder las libertades, valores, instituciones (por nuevas o frágiles que puedan parecer) y las leyes que ha consolidado a lo largo de su historia, ante la amenaza del populismo. Usted, lector, podrá preguntarse, ¿por qué es un riesgo el populismo?, la respuesta tiene diferentes enfoques y como cualquier idea, no representa la verdad absoluta, pero sí nos obliga a hacer una detenida reflexión.

Comenzaré diciendo que el populismo se convierte en un riesgo cuando se exacerba el culto a la personalidad más allá del propio sistema político y social. Cuando nada ni nadie puede ser más que el gobernante, porque justamente ésa es la bisagra que puede abrir espacio para el control y la supeditación de las instituciones. El Presidente tiene hoy aliados y simpatizantes que le rinden ese culto. La titular de la Función Pública es una de ellas y no tiene empacho en decir que AMLO es el Estado.

En segundo plano, aunque no menos importante por ello, está la retórica cargada de simbolismos. El populista viste su discurso de elementos religiosos y se conduce de manera enigmática para influir en una sociedad, en este caso, una profundamente vapuleada por el choque cultural de la colonización.

En más de un evento de carácter oficial hemos visto como el titular del Ejecutivo se niega a realizar el saludo civil a la bandera nacional, a pesar de que así lo establece el artículo 14 de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacional. Su posición es firme: desea comunicar que posee una interpretación personal de la historia y los símbolos patrios, que no concuerda precisamente con la postura oficial y que es, por supuesto, superior a la del resto de los gobernados.

Finalmente, aunque no se limita a estos tres rasgos, el populista busca la concentración del poder. Al asumirse como el salvador, como el todopoderoso; el populista menosprecia a las instituciones o peor aún, las desaparece para crear las suyas.

En el Presidente hemos visto ya su desprecio por la opinión vertida en éstos y otros espacios, su talante autoritario, su simplismo por crear una nueva Constitución que se adapte a las necesidades de su gobierno y no una que se adapte a los retos de la Nación. Hay en él un deseo oculto de colocar en mano propia la rienda que mueva todas las decisiones.

Bajo estos argumentos, amigo lector, lo invito a preguntarse de nuevo ¿sí es o no un riesgo el populismo?

 

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Fernando Herrera

Fernando Herrera

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