Opinión

La era de la posverdad / El peso de las razones

En 2016 los Diccionarios Oxford galardonaron al término “posverdad” con el premio a la palabra del año. La elección no fue azarosa ni se decantó por razones estéticas: el terminajo es feo, pero parecía ese año capturar el espíritu de los tiempos. La victoria de Trump en el Colegio Electoral estadunidense, así como el Brexit en Gran Bretaña, parecían las consecuencias más visibles de una nueva manera de hacer caso omiso a los hechos. La verdad había partido al exilio y había dejado su lugar a las diversas ideologías desprovistas de la mínima deferencia ante la realidad.

Podemos entender la posverdad como la subordinación política de la realidad. En este sentido, es muy difícil dar cuenta de lo que se pretende capturar con el concepto sin atender a la realidad política. Pensémoslo sólo un momento: ¿por qué consideramos a Donald Trump como el campeón de la era de la posverdad? Si recordamos, durante su campaña, Trump afirmó sin evidencia que de perder las elecciones se debería a amaños electorales. Después de la campaña, afirmó que había ganado el voto popular, cuando lo había perdido por cerca de tres millones de votos. También negó reiteradamente la intervención rusa en las elecciones, mientras que siete agencias de inteligencia coincidieron que dicha intervención había tenido lugar. Cuando ya había sido juramentado presidente de los Estados Unidos siguieron las mentiras: que su victoria electoral era la mayor desde Ronald Reagan, que la multitud que escuchó su discurso inaugural fue la mayor en la historia del país (cuando las imágenes desmentían claramente sus afirmaciones), y que en febrero de 2018 la tasa de homicidios en su país era la más alta en 47 años (cuando en realidad estaba cerca de su punto histórico más bajo). ¿Acaso las mentiras siguen teniendo un costo político? Al parecer no. Y esto no sólo sucede en nuestro vecino del norte: en las elecciones presidenciales de 2018 en México, la plataforma Verificado mostró de manera contundente que todos los candidatos mintieron reiteradamente durante sus campañas. ¿Por qué las mentiras han perdido su costo político? En la era de la posverdad lo que se cuestiona no es que existan hechos, sino que estos pueden presentarse, maquillarse y moldearse al gusto de quien los usa en apoyo de una afirmación. No estamos lejos del Ministerio del Amor de Orwell: la verdad parece ser la primera baja en el establecimiento de los estados autoritarios.

El diccionario Oxford define así el término: “adjetivo relacionado con o denotando circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y la creencia personal”. Los ejemplos que nos brinda son claros: “En esta era de políticas posverdaderas, es fácil seleccionar datos y llegar a cualquier conclusión que desees”, “Algunos comentaristas han observado que estamos viviendo en una era posverdadera”. ¿En qué se diferencia la posverdad de las mentiras? A diferencia de los mentirosos, a quienes abrazan la era de la posverdad, la verdad no les interesa. Mientras el mentiroso comunica aquello que cree falso, y por tanto tiene la verdad en la mira de lo que desea ocultar, el término ‘posverdad’ lo que indica es que la verdad se ha vuelto irrelevante y ha sido eclipsada. Así, existen diferentes actitudes que subvierten la verdad y son suficientemente hostiles con ella para calificar de posverdaderas: la indiferencia, el cinismo y el engaño.

En la era de la posverdad lo que se siente como verdadero importa más que lo que lo es. Este fenómeno tiene distintas causas y raíces. Primero, se aloja en nuestro cableado interno, en la evolución de nuestras irracionalidades cognitivas que son compartidas por todos los seres humanos con independencia de su posición política. Los psicólogos cognitivos y los economistas conductuales se han dedicado a estudiar las últimas décadas nuestra racionalidad limitada: las disonancias cognitivas, los sesgos y los distintos efectos en los que los animales humanos caemos naturalmente cuando intentamos razonar de manera adecuada. En particular, el estudio del razonamiento motivado parece dar cuenta de la facilidad con la que hemos sucumbido ante la posverdad en la manera en la que juzgamos y formamos, mantenemos y revisamos nuestras creencias. En segundo lugar, la posverdad tiene sus raíces en los debates pseudoacadémicos de las llamadas ‘guerras de la ciencia’. Muchos simpatizantes de la izquierda abrazaron de manera ignorante y cómoda el espíritu posmoderno del todo vale. Para los posmodernos de distinta facha y talante la democracia significa que vale lo mismo mi ignorancia que tu conocimiento, como lo señaló con acierto Isaac Asimov. Ahora se habla de la muerte de la experticia, y se ve con sospecha a quienes dedican su tiempo a obtener nuevo conocimiento mediante la investigación especializada. En tercer lugar, la verdad ha sido atacada desde la derecha: los negacionistas científicos buscan vender dudas a la ciudadanía, financiados por grandes empresas para que los hechos se trastoquen. Pasó en su momento con Philip Morris, quien buscó enturbiar las aguas de la investigación sobre los vínculos entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón, y ahora pasa con ExxonMobil quien financia a diversas instituciones para esparcir dudas con respecto a las causas antropogénicas del cambio climático. En cuarto lugar, los medios de comunicación tradicionales (sobre todo los liberales), han sucumbido ante el sesgo del balance: tratando de evitar críticas conservadoras, han decidido en cualquier asunto mostrar las dos caras de la moneda. Con ello, han logrado mostrar como polémicos asuntos que no lo son en absoluto. En quinto y último lugar, el nacimiento de las redes sociales ha potenciado el grado en el que información deliberadamente falsa (fake news) se esparce entre la ciudadanía.

El concepto de posverdad, ante todo, indica una lamentación: que la verdad y los hechos ya no sean más un contrapeso a las diversas ideologías políticas. Los antagonistas de los teóricos de la posverdad, por tanto, no son quienes la defienden, sino los que niegan que exista un problema. Quizá la mejor manera de combatir la posverdad, entonces, deba iniciar como el programa de 12 pasos: admitir el problema. De no hacerlo, corremos el riesgo de dinamitar nuestras democracias y volvernos impotentes ante la ideología que se imponga en los días de las elecciones.

*El año pasado, MIT Press publicó una completa y profunda introducción al concepto de posverdad en su colección Essential Knowledge, escrita por el filósofo Lee McIntyre. Casi de inmediato, la editorial Cátedra, en su colección Teorema (Serie mayor), publicó la traducción castellana. Para todas las personas interesadas, quizá sea ese texto el inicio más amigable para el estudio de la naturaleza y génesis de la era de la posverdad.

 

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Mario Gensollen

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