05/07/2020


Maneater, make you work hard,

make you spend hard

Make you want all of her love…

Maneater. Nelly Furtado

 

Me llamaron Mangina. Sucedió hace días que, en un hilo de comentarios en redes sociales, algún troglodita aleatorio hacía mofas misóginas en una publicación cualquiera. Las redes sociales dotan a la gente de cierto halo de distancia impune, de cierta carencia de compromiso entre lo que se dice y la relación que lo dicho tiene con la construcción de la persona que lo dice. He visto como personas aparentemente “normales” e incluso presuntamente “bondadosas” dicen cosas horribles en las redes sociales; y, cuando se les argumenta sobre lo nocivo de sus dichos, suelen contestar en su defensa que sólo son expresiones del debate en internet, pero que “en la vida real” son “buenas personas”. Ofrezco un hecho: lo que ocurre en las redes sociales, ocurre -por necesidad- en la vida real; vamos, que no son universos separados, y si eres un cretino en Facebook o en Twitter, es que también lo eres en tu cotidiano vívido, pero lo disfrazas convenientemente para coexistir con las demás personas sin que te denuncien por discriminación, acoso, o discurso de odio.

Total, que en una publicación cualquiera, algún troglodita aleatorio hacía gala de su estereotipo (porque sí, lamentablemente son la caricatura de sí mismos) y para denostar el movimiento de equidad de derechos de género, utilizaba términos como Feminazi, para referirse a las mujeres feministas; jotos nacos, para referirse a los hombres homosexuales con un peyorativo claramente clasista; o glorificaba una masculinidad primitiva con joyas como “los de antes sí eran hombres, no los delicaditos de ahora”; o cuestionaba la Interrupción Legal del Embarazo con frases como “Para qué abrían las piernas”, o la clásica manera de culpar a la víctima de feminicidio con un “Eso les pasa por putas”; o para -ya de plano- desmontar al feminismo, arrojaba clichés sin sentido, del tipo “a los hombres también nos matan”. Todo un estereotipo en plena redondez.

Quizá fue la impaciencia, o el puro morbo, pero caí en la trampa de intentar dialogar en internet con alguien así. Llegados al punto en el que la mayéutica obra su hechizo chistoso, su graciosa magia, y visto el circunloquio argumentativo en el que él se encontraba atascado, terminó la conversación con un lapidario –Eres un Mangina. Para mí, el término era nuevo. Mangina. Su composición implica la mezcla de Man (hombre, en inglés) y la declinación con el sufijo Gina (apócope de vagina). Hombre-vagina, hombre desprovisto de pene, hombre minusválido en su potencia viril. Hombre opuesto a lo que los hombres esperan de “ser un hombre”.

Ha habido largos y nutritivos debates sobre si las personas con pene, cisgénero y heterosexuales, que son afines a la abolición del sistema de opresiones basadas en la imposición normativa del heteropatriarcado, pueden (o deben) llamarse Feministas. En la necesidad masculina de saberse nominado han pululado términos, desde aquellos amables, como Aliado (que refiere a los “hombres” con expresión de género “masculina”, pero que son capaces de empatizar con la equidad ante las mujeres y las expresiones no binarias del género), Deconstruido (para referir al tipo de “hombre” que revisa la construcción de su masculinidad, y actúa en consecuencia para entablar relaciones sanas con los demás, y consigo mismo); hasta los motes críticos, como Macho progre (para referirse a los “hombres” de pensamiento liberal en distintos aspectos ideológicos, pero con taras conservadoras y machistas en cuestiones de género), o Feministo (peyorativo ganado a pulso por los “hombres” que utilizan al feminismo como “táctica” para relacionarse con mujeres, “ganarse” su confianza, y repetir patrones misóginos). Cómo se nominen las distintas realidades es menos importante que el hecho de que se hable de ellas.

Hace menos de una década estos neologismos no figuraban en la cultura popular. El cambio del lenguaje obedece, por necesidad, al cambio en la realidad. En esta realidad, las mujeres continúan como víctimas dominadas por los hombres, pero -al menos- hay nombres acuñados para describir una realidad y hacerla visible, a fin de que los hombres comiencen (comencemos) a ver el papel activo del género en esta relación de dominación y las posibilidades que tienen (tenemos) de cambiar esa situación negativa para todas y todos, por horizontes de coexistencia más sanos.

Los procesos de revisión y deconstrucción de la masculinidad tóxica no son algo acabado, ni algo sencillo. Pero tampoco son imposibles, y sí muy deseables. Siempre será preferible que un “hombre” entre en crisis al ser consciente de su masculinidad tóxica, que el seguir siendo cómplice de la inequidad y la dominación de género. Con todo, no existe aún el hombre totalmente deconstruido. Los “hombres” estamos llenos de sesgos y falencias que es difícil, pero necesario, erradicar. Faltan varias generaciones de personas con pene educadas en la equidad para que eso suceda. Todas las personas cisgénero que nacimos con pene, reposamos sobre un atroz andamiaje político, cultural, económico, religioso, y doméstico, que normaliza la inequidad y la dominación.


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Por otro lado, la deconstrucción tampoco es algo que se haga sólo con buena fe y las mejores intenciones; hay que replantearse con seriedad el papel que se ocupa en el mundo; muchas veces requerirá tomar terapia psicológica, acudir a talleres, profundizar en bibliografía, charlar entre hombres, escuchar a las mujeres, pero -sobre todo- tomar consciencia de todos los privilegios sociales añadidos de manera fortuita, por el sólo hecho de tener pene, y renunciar a éstos; o, si no, al menos utilizarlos para que la necesidad de equidad y respeto empático en cuestión de género se propague entre otros hombres. La salud mental y las relaciones sanas son un premio lo bastante atractivo para tomar este camino; por no abundar en la ética que implica no ser cómplices del machismo.

Ante el avance de los movimientos de derechos humanos, se ha visto una reacción conservadora que recrudece los debates y polariza las posiciones en detrimento del diálogo empático. En este escenario, a los hombres no nos debe bastar con sólo “no ser machistas”; lo ético es ser descaradamente anti machistas, y hacerlo palpable en nuestras relaciones y en nuestra praxis. Frente a los argumentos del feminismo, los hombres no deberíamos levantar la mano para decir “Hey, no todos los hombres”, eso deberíamos decirlo a los otros hombres: los misóginos, los que hacen chistes sexistas, los que “se pasan el pack”, los que vulneran y se mofan. Ha habido largos y nutritivos debates sobre si las personas con pene, cisgénero y heterosexuales, que tenemos afinidad con la equidad de género, podemos (o debemos) llamarnos Feministas. Me parece que con no llamarnos cretinos debería bastar, aunque Mangina tampoco suena mal.

alan.santacruz@gmail.com | @_alan_santacruz | /alan.santacruz.9


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8 thoughts on “Mangina / Memoria de espejos rotos

  1. MANGINA es un hombre demasculinizado que se subyuga y provee a las mujeres, no tiene el valor de decirle “NO” a la mujeres. Adoctrinado por las enseñanzas feministas, se siente apenado de su sexualidad y a menudo condena a otros hombres en nombre de las mujeres. Es el mayor producto del ginocentrismo, el hombre dominado por una vagina.

    1. No tiene idea de lo equivocado que está. Es la prueba perfecta de lo que resulta cuando un hombre cree ciegamente en el feminismo, y se traga su discurso al pie de la letra, aun cuando hay una evidente discrepancia entre dicho discurso y la realidad. Una lástima que un tipo inteligente y educado sea efectivamente un mangina

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