Opinión

¡Vas en sentido contrario!

  • Movimiento Ambiental de Aguascalientes, A.C.

 

Hace un par de días mientras regresaba a mi casa, pedaleando en mi bicicleta, avance un par de metros en sentido contrario al de la circulación de los vehículos y un taxista me gritó muy molesto: ¡Vas en sentido contrario! Quiero aclarar que no me le atravesé, ni obstruí su paso, ni hice nada que lo pusiera a él o a mí en riesgo. Supongo que su grito tampoco fue para alertarme de algún peligro o para que me diera cuenta de que yo iba en sentido contrario. Creo que solamente lo hizo por molestar, pues como todo representante del transporte público que se creen los dueños de las calles, él quiso hacerlo valer. A pesar de todo tengo que agradecer que su grito me hizo tomar conciencia de algo: yo, yendo en mi bicicleta, ¿voy en sentido contrario?

Esta semana que concluye la Universidad Autónoma de Aguascalientes fue sede del Tercer Seminario de Decrecimiento y Ética Ambiental: interseccionalidades entre injusticias de género y ambientales, organizado por Movimiento Ambiental de Aguascalientes A. C., el Departamento de Filosofía y la Universidad de Texas El Paso. Como el nombre lo indica, se abordó el tema del decrecimiento desde la óptica de género y las injusticias que se dan a partir de la exclusión de raza, género, nivel económico, de estudio, etc. Las injusticias ambientales son resultado de dos cosas: primero, las industrias suelen poner sus vertederos en zonas colindantes a poblaciones de gente considerada racialmente inferior (negra, latina, asiática o indígena) y en la mayoría de los casos, las empresas más contaminantes del mundo, cuyos dueños generalmente son estadunidenses o europeos, las instalan en la parte sur del planeta, es decir, América Latina, África y Sudeste Asiático, provocando con ello graves daños ambientales y a la salud de las personas. En segundo lugar, la injusticia ambiental se da porque, a pesar de que los importantes consorcios internacionales se enriquecen con la explotación de los recursos naturales y humanos de los sitios donde se instalan, no comparten sus ganancias y beneficios con las personas a las que les arrebatan sus bienes naturales y su salud, por el contrario, las llevan a hundirse en una miseria de la que les resulta imposible salir. En ambos casos las mujeres resultan ser las más vulnerables y las que terminan siendo las más gravemente afectadas, debido a que estas industrias les arrebatan sus recursos y modos tradicionales de sustento, viéndose obligadas a trabajar jornadas extenuantes y mal pagadas, sin que esto las exima de cumplir con sus compromisos del hogar (cocinar, lavar, limpiar su casa, atender a sus hijos y al marido, en caso de tenerlo). Además, en varias partes del mundo, son las mujeres las primeras en descubrir que el aire y agua que respiran y beben sus hijos les afecta de tal manera que contraen enfermedades cancerígenas.

El decrecimiento es una postura que nos pide ir en sentido contrario, que dejemos de creer que es posible crecer hasta el infinito y más allá, ya que eso implica seguir arrasando con la naturaleza y contaminándola hasta que ya no quede un solo espacio libre de este daño. Lo único que vamos a ocasionar si seguimos pensando en que nuestra economía debe crecer, será acabar con la vida en nuestro planeta, tanto humana como la otras especies. Decrecer significa ir en sentido contrario, abandonar el modelo que mide el crecimiento exclusivamente en términos económicos, dejar de creer que crecer es tener más dinero, acumular cosas y presumir opulencia (tener autos, ropa, aparatos y dispositivos electrónicos, comer en restaurantes, etc.). Para mí resulta incomprensible ver en nuestra ciudad el aumento de fábricas, distribuidores de autos, más centros comerciales, más restaurantes, más cotos residenciales, y por contraparte, cada día menor calidad de aire, menor calidad de agua y menor calidad de vida.

Si ir en sentido contrario implica dejar el auto y subir a una bici, prefiero ir en sentido contrario; si ir en sentido contrario implica cambiar mi dieta carnívora por una vegetariana, elijo ir en sentido contrario; si ir en sentido contrario implica dejar de ir a plazas comerciales a ver en qué gasto mi dinero, prefiero no visitarlos e ir en sentido contrario. Nos urge ir en sentido contrario si queremos un mundo mejor, no importa que desde la comodidad de un auto, un edificio o un restaurante griten: ¡Van en sentido contrario! Tal como están las cosas, los que van en sentido contrario son los que siguen creyendo que el crecimiento económico es el camino correcto.

 

vhsalaza@gmail.com

 

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Victor Hugo Salazar Ortiz

Victor Hugo Salazar Ortiz

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