Opinión

La justicia y la virtud; la ley y la desgracia / Disenso

“La ley es para las mujeres y para los hombres, no los hombres y las mujeres para la ley. La justicia está por encima de todo, la justicia. Si hay que optar entre la ley y la justicia, no lo piensen mucho, decidan en favor de la justicia”. Andrés Manuel López Obrador, el presidente de México, profirió hace unos días estas palabras en su conferencia mañanera. Otro día “decretó”, a través de un memorándum, que la mal llamada reforma educativa (toda la razón en eso) quedaba derogada, sin esperar a seguir el camino legislativo que -para debilidad de la pluralidad democrática- tiene controlado.

Estas palabras y ese acto no pueden pasar desapercibidas de la vida pública, porque pintan de cuerpo entero a un presidente que realmente (y acaso incluso por razones genuinas -no niego el posible virtuosismo del que él parece estar seguro-) cree poder estar por encima de la ley. No hay que ser experto en lógica ni en argumentación, ni rastrear todo el contexto para ver la relación incluso en un análisis austero que estas palabras y este acto implican: nuestro presidente está convencido que él es justo, que él representa la justicia y por tanto que cuando la ley no es justa él tiene derecho a estar por encima de la ley.

Esta discusión no es menor. Ya en la filosofía y en la teología se ha hecho el ejercicio con la idea de dios y su bondad. La bondad de dios es uno de los atributos que la mayoría de los teólogos le ha asignado de manera casi inherente. Pero surge, de ello, una pregunta harto interesante: dios es bueno porque elije el bien o el bien es lo que dios elige. Parece una pregunta de doble implicación, pero no es necesariamente así. Miremos: dios podría elegir el bien siempre, en cuyo caso, el bien existe independientemente de que dios lo elija o no; o bien todo lo que elija dios, es por definición bondadoso: en uno, las acciones de dios emanan de una decisión virtuosa, en otro, toda virtud emana por definición de dios.

Más allá de que efectivamente muchos seguidores de nuestro presidente tienen con él una relación sectaria y han decidido apoyarlo e interpretarlo con la misma pasión que los exégetas medievales literalistas, es importante analizar el fenómeno análogo: ¿realmente la justicia es superior a la ley? De manera estrictamente lógica parece evidente que sí, sencillamente por identidad: mientras podemos imaginar una ley injusta no podemos imaginar una justicia injusta. Así que evidentemente hay más casos donde la ley puede ser injusta que los casos donde la justicia puede ser injusta (por definición, ninguno). Pero las palabras del presidente no entrañan simplemente esto, lo que él pretende decir es que él elegirá lo justo antes que la ley. El asunto entonces es: ¿cómo se define lo justo?

Aristóteles, para evitar una regresión al infinito provocada por el proceso de deliberación, optó por una suerte de determinismo: los hombres justos elegirán lo justo. Los hombres virtuosos actuarán justamente y los viciosos de manera injusta. Yo estoy convencido de que las leyes deben acatarse y cuando sean injustas modificarse: en ese sentido suscribo la visión del presidente: la ley no está escrita con letras de oro si dependemos de ella. No podemos ser rehenes de la ley. Muchas leyes han cambiado para hacer de este mundo un mundo mejor. Pero esto es: han cambiado. No se genera justicia incumpliendo la ley sino modificándola. Y el presidente tiene todo para lograrlo. Temo, sin embargo, que en muchos aspectos la motivación del cambio no sea sobre una reflexión experta sino sobre la poderosa intuición que tiene el presidente acerca de su propio virtuosismo. En una famosa entrevista con Ciro Gómez Leyva aseguró que a partir del 2 de diciembre NADIE IBA A ROBAR pues el país entraría en una convocatoria ineludible ante el hecho de que por fin teníamos un presidente honesto. No sucedió así: no pararon los crímenes, los robos, los asesinatos. Acabamos de asistir al trimestre más violento del que se tenga noticia en nuestro país. López Obrador se equivoca al pensar que su virtud emanará por ósmosis o decreto: necesitamos mecanismos estructurales. Se equivoca también si piensa que estos cambios pueden hacerse sin el acompañamiento estricto de expertos en cada materia: necesitamos una estrategia robusta para combatir la injusticia; porque la virtud no alcanza. El presidente culpa al periodo neoliberal, pero antes no dijo eso: genuinamente estaba convencido de que la moral bastaba. Y no basta. El brazo de la justicia SIEMPRE DEBE SER LA LEY. Ignorarlo podría, como decía Aristóteles, hacer que hombres justos cometan injusticias. No por ser injustos, sino por estar equivocados. A estos hombres les llamaba desgraciados. Y en este momento México vive, sin dudas, en una desgracia que urge corregir.

 

@alexvzuniga | TT Ciencia Aplicada | /aguascalientesplural

 

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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