Opinión

Las verdades del ocio / Opciones y decisiones

Asumámoslo con filosofía, políticamente hablando, estamos en un “dolce far niente” (un dulce no hacer nada). Y, por tanto, aprovechando el tiempo de ocio, que nos ha dejado la duración expandida a toda su perezosa laxitud la selección de los candidatos a las alcaldías de Aguascalientes, considero oportuno reeditar algunas notas gramaticales y sintácticas acerca del por qué, en Español, no es necesario enfatizar la diferenciación de género entre la terminación “-e” y la antigramatical “-a”, de los participios activos en tiempo presente. Tomemos una bocanada de oxígeno y repasemos estas características desinenciales (de la palabra latina: “desinencia”/o final de una palabra).

Con la advertencia de que recurrimos al ocio creador, en que nos ha instalado el tiempo de precampañas políticas 2019, orquestado por los partidos políticos contendientes que, apenas una semana antes de redoblar los tambores de la batalla, han finalmente completado sus nóminas de candidatos. Perdiendo con ello miserablemente el tiempo oportuno para discutir públicamente sus plataformas electorales, que hasta hoy no tenemos el gusto de conocer, y habremos quizá de enterarnos de ellas ya en el fragor de la guerra mediática; asumiendo –ellos- que electoralmente no pasa nada. Pues bien, comencemos.

Las reglas de la Gramática española refiriéndose a las palabras que derivan de participios activos de un verbo, como son los indicados por las terminaciones: -ante, -ente, -iente, -eunte; describen una acción en desarrollo, por lo que resulta obvio que, con muy escasas excepciones, estas palabras expresan la acción de un verbo en activo, y no requieren de diferenciación de género para comportar con precisión y claridad su significado, puesto que su fuerza significante está en indicar el tipo de acción a la que se refieren, independientemente del género o sexo del sujeto que las ejecuta, decimos: caminante, cantante, silente, sonriente, transeúnte, debutante, etc. En cambio, las palabras que representan la acción de un verbo pasivo, y cuyas terminaciones son del tipo: “-ado”, “ido”… Sí requieren la diferenciación de género, para comprender si el sujeto que recibe la acción es hombre (masculino) o mujer (femenino); tal es el caso de: adoradaado, amadoada, afligidoida, sentidoida, etc. Y todo ello en razón necesaria de la concordancia de género con el sujeto paciente de la acción.

Si las predicciones no fallan, en Aguascalientes, para los próximos tres años tendremos seguramente que referirnos a la reelección de una Presidente Municipal, que no una “presidenta”; al igual que una mujer está sonriente aunque esté silente y no, cacofónicamente “sonrienta/silenta”. Do you get it?/ ¿Si lo captas?

Recapitulemos. El asunto en cuestión, si nos remontamos a las raíces latinas de la palabra original: “presidente”/”presidenta”, tenemos que la versión española de este semema (término portador de significado) proviene del Latín: “praeses –sidis” – <sentándose delante, protegiendo>. Como sustantivo <un protector-a>; también <un jefe, un regente, un/una presidente> (Fuente: Latin Lexicon); término español que deriva del participio activo “praesidens-presidentis”, que se usa de manera sustantivada de la tercera declinación y toma su raíz del caso genitivo (que indica propiedad o posesión), y sigue el patrón de la palabra: “leo-leonis” (león), cuya declinación no establece diferencia desinencial (terminal…) para un género u otro, sino que su terminación es idéntica para ambos géneros y, en todo caso, su diferenciación se hace mediante los pronombres, masculinos o femeninos, según convenga.

Lo que por lógica nos lleva a la conclusión de que la forma de diferenciación de género, para un participio activo como el que nos ocupa, se lleva a cabo mediante el pronombre que corresponda: “un” o “una”, “el” o “la”, “ese” o “esa”, “aquel” o “aquella”, sin tener que modificar la desinencia -“-e” de la raíz participial. Hasta aquí la ortodoxia lexicográfica, dado que la Real Academia Española, aunque aplica de manera formal la palabra “presidente” también para la mujer que preside, acepta el término coloquial “presidenta” para igual significado, aunque se dice comúnmente de la mujer del presidente. Finalmente, así, creo todos quedamos felices.

Desde luego que al remitirnos al ocio no se trata de exaltar la pereza, madre de todos los vicios, sino alentar el recurso al espacio creador, allí donde el escape de la vida del negocio, permite instalarnos precisamente en la vida “ociosa”/Lat. vita Otia-ae, como tiempo dedicado al juego, a la creación, a la imaginación, y así darnos el permiso de ser nosotros mismos, volcarnos al campo de la ensoñación y la imaginación del futuro. En este sentido, el recurso que acabo de hacer al desglose de la figura principal del que preside y cómo se verbaliza su expresión lingüística, es un recurso creativo del ocio, al que desafortunadamente somos, en general, poco afectos. Y me remite a una anécdota vivida en la academia. Me recuerda mis inicios en la lengua francesa por allá de los años 1978-1979 en la ciudad de Quebec, en que un enérgico maestro de Francés a nivel de bachillerato, nos repetía con sonriente autoridad que “la Grammaire c’est la Grand-mére” (literalmente, la gramática es la “gran-madre”) –juego de palabras que asocia a la Gramática, no muchas veces tan querida, con la abuela, que sí es querida-, y bajo esa consigna nos hizo leer de cabo a rabo lo que para él era el libro fundamental del espíritu Quebecquoi: “Menaud, mâitre draveur” (Menaud, el maestro conductor de troncos flotantes, leñador) de Félix Antoine Savard, 1937. Una novela fundacional en rescate del patrimonio ancestral del pueblo francés migrado allí, de recios leñadores que conducían rio abajo los corpulentos troncos de añosos árboles tumbados de los bosques y echados a flotar, haciéndolos avanzar como una increíble alfombra de madera sobre las aguas rápidas que desembocaban en las riadas que finalmente conducen a los aserraderos y al mar. De manera que, parafraseando, aunque parezca ocioso, la gramática es como la querida abuela que nos enseña el significado de las cosas de la vida.

Y, regresando al asunto del negocio político, sobre aquello que los partidos políticos en la extensa laxitud del tiempo que han ocupado para designar a sus candidatos contendientes, han omitido decirnos algo substancial: ¿qué pretenden con su solicitud a ser votados?

Yo me permito dejar como un mero apunte, aquella transición político-electoral que se dio en el año 2013, cuando acabada la gestión de una alcaldesa, Lorena Martínez Rodríguez, se concluía una etapa consecutiva de dos trienios priístas. Ésta que había sucedió a doce años de dominio panista, conquistados a su vez en una primera instancia, al filo de la vasta era de predominio del partido tricolor.

Fue la población electoral la que determinó aquel vuelco político, después de transitar por dos sexenios con magros logros tanto en lo económico como en los componentes duros de los índices del desarrollo humano y social de sus habitantes; ya no digamos en materia de seguridad, en que nuestra ciudad vivió días aciagos, tanto en vidas de personas, como en secuestros y daños al patrimonio de familias que impulsaron el éxodo de connotados personajes de la vida económica y política, para emigrar allende la frontera norte.

En ese contexto se había dado el retorno del PRI, coaligado al gobierno municipal. Dos administraciones trianuales con impacto y aportaciones diferenciadas, a lo mejor variopintas, pero que lograron re-encauzar los derroteros de Aguascalientes hacia mejores indicadores de calidad de vida –desde luego que aquí incluyo una valoración personal que se sostiene con la numeralia de los resultados alcanzados-, amparados también bajo una percepción ciudadana de seguridad más aceptable, y una distribución de los beneficios sociales aparejados a un desarrollo gradual más equitativo y sustentable, al menos así fue percibido por las encuestas del tiempo. Todo esto fruto de un diagnóstico demográfico, urbano y de infraestructura vigente, a la mejor crudo, pero sin rodeos en la detección de los puntos más críticos y vulnerables dentro de la condición histórica, física y geopolítica de la entidad.

A seis años de distancia, aquellos resultados quedan ya atrás de otro par de periodos trianuales de gobiernos municipales panistas, y es lógico que el punto de vista interesado de este partido albiceleste pudiera frasearse en términos mayormente impugnativos de los resultados de aquellas dos gestiones de alternancia política.

Lo que se entiende como simple sobrevivencia política del que ha salido triunfante; pero ante todo para reeditar su poder adquirido. En el periodo transicional presente es posible observar una especie de cruzada de redención de la población, bajo supuestas causas partidistas que reclaman objetividad y una prevalencia que  sea técnicamente viable, por no decir benéfica al final del día, para la población en general.

En este interim, a lo que no parece un relevo de poder político municipal, ya estamos presenciando en la arenga pública un muy probable cruce de fuego –amigo… anote las divisiones internas, y enemigo- que haga  crecer la percepción ciudadana positiva, hacia el candidato que resulte más probablemente triunfante. Por el contrario notaremos el esfuerzo por disminuir sus propios saldos negativos ante la opinión pública, formada o informada. En ello, lo sabemos de sobra, ni el espíritu de verdad, ni la objetividad, ni la rectitud moral son los criterios rectores. En las campañas políticas, está visto, una estratagema fríamente calculada de “guerra sucia” es altamente redituable en preferencias electorales. ¿Qué será del agua potable concesionada?

Hoy, aquella “Nueva Política”, de la alcaldesa Lorena Martínez, que dio forma e indicios ciertos de un robusto fondo político, y cuajó en la planeación estratégica del Plan Municipal de Desarrollo 2011-2013 mediante tres ejes rectores: a) La Ciudad con Gobernanza; b) la Ciudad Competitiva; y c) La Ciudad Equitativa, ya no aparece en el escenario electoral; y sin embargo sobrevive en algunos programas institucionales, que contribuyeron a la seguridad pública y la convivencia ciudadana. Hoy, ¿cuál es el legado de Lorena Martínez a Teresa Jiménez? Cumplido el tiempo de ocio, tenemos el derecho de saberlo.

 

franvier2013@gmail.com.

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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