Opinión

Los costos ocultos del uso del automóvil/ Agenda urbana

Las personas suelen creer que sus decisiones de cómo moverse en una ciudad no producen costos adicionales para la sociedad, sino únicamente algunos de carácter individual como la adquisición de un vehículo o el pago de gasolina y refacciones. La realidad es que nuestras decisiones de movilidad producen costos que paga la sociedad en su conjunto sin importar el modo de transporte que cada quien utiliza. Lo anterior se debe a que en la actualidad no existen los mecanismos suficientes para equilibrar los costos y beneficios que resultan del uso de distintos modos de transporte. En Aguascalientes, por ejemplo, la obra vial suele considerar únicamente costos directos de construcción de infraestructura, pero no los costos sociales que suelen derivar, por ejemplo, de un uso más intensivo del automóvil, como emisiones contaminantes, accidentes o congestión vehicular. Claro está que no por pasar los costos sociales por alto estos desaparecen. Veamos.

Los costos de transporte generalmente se dividen en dos: costos directos que suelen pagar los usuarios, e indirectos que paga la sociedad. Los costos directos incluyen la adquisición de un automóvil o una bicicleta, el gasto en gasolina o refacciones, el pago de pasaje del transporte púbico o el salario de un operador de autobús, entre otros. Los costos indirectos que paga la sociedad se refieren, por ejemplo, al tiempo perdido en el tráfico, accidentes viales, emisiones de dióxido de carbono, disminución del valor de las propiedades por contaminación auditiva, enfermedades respiratorias, entre otros. Las personas suelen considerar algunos de estos últimos costos de manera individual cuando deciden cómo moverse, por ejemplo, al elegir caminar para ahorrar combustible o hacer algo de ejercicio, o al evitar manejar en hora pico para no perder tiempo en el tráfico. Lo que rara vez se considera, sin embargo, es el impacto de nuestras decisiones en los sistemas de movilidad más amplios y en la sociedad en general.

En algunos países los planificadores utilizan métodos para contabilizar los costos directos e indirectos de cada modo de transporte para diseñar mecanismos que aseguren que las personas paguen directamente una parte de los costos ocultos para la sociedad que resultan de sus decisiones de movilidad, lo que a su vez pretende motivar a las personas a considerar su elección de cómo moverse en función de sus costos sociales e individuales. En el caso de los automóviles, estos mecanismos incluyen, por ejemplo, impuestos por emisiones de contaminantes o el cobro por conducir en zonas congestionadas. El argumento es claro: la ausencia de mecanismos compensatorios por los costos o impactos en la sociedad que resultan del modo de transporte que elegimos puede ser injusto e inequitativo. En la actualidad, por ejemplo, ciclistas y peatones asumen el costo en su salud al respirar contaminantes que no emiten; y un usuario de autobús pierde tiempo en el tráfico que no genera. El gran beneficiado es el usuario del automóvil, quien sí produce esos costos sociales, pero no paga una compensación por ellos, o paga de la misma manera que quienes no utilizan el automóvil, y, por lo tanto, no contribuyen a incrementar dichos costos.      



Para demostrar los costos ocultos del automóvil, la organización canadiense Moving Forward (https://bit.ly/2TSrGfc) realizó un análisis cuantitativo que contrasta el monto que un usuario ingresa al sistema de movilidad mediante tarifas, cargos e impuestos, con lo que ese usuario le cuesta al sistema por cada modo de transporte. En Vancouver, por ejemplo, por cada dólar que un automovilista ingresa actualmente al sistema mediante cargos e impuestos, le cuesta 9.20 dólares a la sociedad en la forma de emisiones, infraestructura, contaminación auditiva, congestión vehicular y accidentes. Similarmente, por cada dólar que un usuario de autobús ingresa al sistema, produce un costo social de 1.50 dólares por los mismos conceptos mencionados en el caso anterior; o sea, genera un costo social seis veces menor al del automóvil. Igualmente, por cada dólar que un ciclista ingresa al sistema a través de impuestos en la compra de una bicicleta y mantenimiento, ahorros en salud e incremento de actividad física, genera un costo social de 0.08 dólares por el riesgo de accidentes, es decir, más de cien veces menos que el costo social del automóvil. En el caso de peatones, por cada dólar que ingresan al sistema en la forma de ahorros en salud e incremento de actividad física, producen un costo social de 0.01 dólares mediante el riesgo de accidentes, casi mil veces menos que el automóvil.

¿No deberíamos investigar, reflexionar y debatir más acerca de los costos ocultos del uso del automóvil en un estado como Aguascalientes, donde el tráfico es cada vez peor, al igual que la contaminación y los accidentes?


fernando.granados@alumni.harvard.edu | @fgranadosfranco

 

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Fernando Granados

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