Opinión

Los dogmas del MeToo / Disenso

Este post apareció a manera de indicaciones para aquellos señalados en la página de MeToo como presuntos acosadores o perpetradores de abuso sexual o por cuestiones de género: ¿Qué hacer si mi nombre sale en el #MeToo #meTooTeatroMX?

  1. Hago un ejercicio de autoanálisis sobre mi conducta presente o pasada.
  2. Si después de esto creo que estoy libre de pecado, vuelvo a hacer un análisis serio, honesto y profundo sobre mi conducta.
  3. Si me considero “aliado del feminismo nuevas masculinidades” VUELVO a hacer un análisis serio.
  4. Reconozco mis privilegios, mis conductas violentas y PIDO DISCULPAS a las personas que pude haber lastimado antes de que fuera aliado feminista (o incluso siéndolo).
  5. NUNCA DIGO “mienten”. Yo no estaba en la piel de la persona que se sintió agredida y a quien seguro le costó un mundo hablar.
  6. Si mi nombre ha salido MÁS DE UNA VEZ, pido disculpas públicas y voy a terapia, porque no importa mi autoanálisis, NO ESTOY LIBRE DE PECADO; si todos los post están relacionados con las palabras “borracho” o “alcohol” también DEJO DE BEBER.
  7. Si mi nombre ha salido relacionado con agresión violenta, violación, y tremendas sociopatías ME VOY A LA CHINGADA PARA SIEMPRE.

Es, por decir lo menos, curioso que no exista en esta postura la mínima posibilidad de inocencia. Para mí el gran error del movimiento MeToo es la actitud dogmática: dar por sentado, de manera automática, la culpabilidad de los señalados. Y es un error porque creo que terminará desacreditando un movimiento que tiene como búsqueda algo ABSOLUTAMENTE NECESARIO y URGENTE: la restauración de justicia para las mujeres que han sido y son víctimas de la estructura machista en la que sin duda vivimos. Es un error porque se busca generar justicia a través del riesgo de cometer otra: no pocas veces he leído “más vale señalar a alguien injustamente que dejar impune a un agresor”. Lo siento, pero no: ese es un principio equivocado, para empezar porque señalar injustamente a alguien genera una injusticia doble, a poco que se vea: se sigue dejando “impune” al agresor. Por otro lado, a pesar de que es perfectamente entendible la desesperación que las mujeres tienen en particular por el ineficiente sistema de justicia (aunque habrá que decir que no es particular del género): según Aristeguinoticias, en un artículo del año pasado, el índice de impunidad supera al 99%. Sí, leyó usted bien: redondeando podemos decir que en nuestro país se castiga UN delito de cada CIEN. Este porcentaje de escándalo nace del hecho de que sólo cinco de cada cien delitos son denunciados de manera formal. Es verdad, sin lugar a dudas, que esta ineptitud de nuestro sistema de justicia genera estrategias paralelas, ante la desconfianza, pero estas estrategias creo, nunca deben, en pro de la justicia, terminar cometiendo injusticias.

Entiendo que para las mujeres que confían en el movimiento no debe ser “tan grave” el public shaming comparado con los abusos que -lo creo y lamento- padecen diariamente. Por ello es normal que repliquen que los hombres no deberían quejarse de ser señalados, que deberían guardar silencio, que a nadie le hace mucho daño la opinión pública, que si reclaman están vertiendo lágrimas de onvre (huelga decir que este señalamiento de escarnio a los sentimientos masculinos poco abona a la urgente de construcción de “lo masculino”). Esto es, en realidad, contradictorio: saben que la vergüenza pública no es del todo inocua o irrelevante, justo por eso la utilizan como un desesperado método de algún asomo de justicia. El problema principal que vislumbro es que un mecanismo de esta naturaleza termina siendo no sólo contradictorio para la búsqueda de justicia (ya que puede provocar injusticias), ni para la lucha contra la violencia (ya que puede generar violencia), sino que es contradictorio para la más importante de las razones: generar mecanismos eficientes para que esta justicia se dé. El MeToo (se ha dicho, tanto por mujeres como por hombres) corre el riesgo de banalizar las conductas violentas: si TODOS los hombres son violentos (según sus preceptos) y el trato es abonando a la generalización, se construye a favor de la terrible normalización. Por supuesto que de entrada no creo que TODOS los hombres sean violentos. Dirán que en algún nivel sí, pero en ese sentido es aplicable para TODAS las personas. Lo cual hace irrelevante entonces ese principio para la lucha.

Generar un lineamiento en donde la inocencia es imposible es tener un comportamiento dogmático: por un lado, no hay forma alguna de que un hombre esté libre de pecado, por otro, no hay forma de que una mujer mienta. Estas premisas además de dogmáticas pueden horadar las bases mismas de la búsqueda de justicia: dado que el mecanismo no es infalible, entonces un hombre podría hacer señalamientos escondido como mujer, desde una cuenta nueva, desde una cuenta falsa, desde una cuenta robada, y contradecir el principio de que no puede haber testimonios falsos. Hay quien dirá que las cuentas se verificaron y que hubo un control estricto. Esto es falso: de hecho, ya sucedió, por ello algunas de las propias cuentas abrieron el derecho de réplica para revisar los casos (algunas también han desactivado la posibilidad de mensajes directos) y han borrado algunos señalamientos luego de revisar el procedimiento.

Hace dos años surgió una curiosa discusión a partir del caso de Yndira Sandoval: la activista que acusó a Claudia Juárez, policía de Guerrero, de haber abusado de ella. La discusión era sobre a cuál de las mujeres debía creérsele. El dilema surgió de que un principio de algunos sectores feministas es creerle a la mujer. En este caso eran dos. Hubo quien señaló sin dudas que a quien debe creerse no es a la mujer por ser mujer, sino por ser víctima. Sin embargo, también había quien discutía sobre la situación precarizada de Claudia Juárez, la policía, madre de tres, y la forma en que fue juzgada a priori dados los privilegios de Yndira. Cuando leía esta discusión sobre “¿a quién debían creerle?” llegué a intervenir: ¿por qué no buscan evidencias para decidir?

Creer o no creer es incluso irrelevante para la justicia. Las evidencias y el debido proceso son la clave para una decisión y su justo castigo. Hablando de esto, no puede haber justicia cuando todos los señalados en MeToo aparecen juzgados bajo la misma mecánica. La justicia debe siempre tomar en cuenta la falta. Poner a todos los señalados en un mismo costal necesariamente implica una injusticia: como sería dar cadena perpetua a quien robó un celular lo mismo que a quien violó; o dar 24 hrs de separo a quien orinó en la calle lo mismo que a quien mató a una familia. La graduación de las culpas y su castigo (aunque en este caso sea sólo una sanción moral) es clave para un sistema de reinserción. A menos, claro, que creamos que esto no es posible.

El movimiento feminista tiene una importancia vital para la tarea civilizatoria de nuestra sociedad. Arriesgarse a las injusticias, a con ellas lastimar también a otras mujeres, parejas, compañeras, madres de alguien señalado injustamente. Es indudable que las condiciones estructurales deben cambiar, que el anonimato es IMPORTANTÍSIMO, que la protección a quien señala es IMPERATIVO, que los protocolos deben afinarse, que debemos todas y todos de contribuir a diario por acabar con la violencia en general y la de género en particular, para ello el diálogo es vital, porque estas estructuras se cambiarán de manera más sencilla en una lucha conjunta y no dividida por dogmas: cerrar la posibilidad de diálogo para quienes no suscriban todas sus premisas (aún si son mujeres) no abonará en el fortalecimiento de una lucha que requiere tantas opiniones y riqueza como sea posible.

 

@alexvazquezzuniga | /aguascalientesplural

 



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Alejandro Vázquez Zuñiga

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