Opinión

Poblaciones desplazadas por el incremento en el precio de la vivienda

El sábado 6 de abril miles de activistas marcharon en Berlín, Alemania, exigiendo que se lleve a cabo un referéndum que, de tener éxito, exigiría a la ciudad expropiar departamentos a propietarios que cuenten con más de 3,000 unidades. En total, se expropiarían unas 200,000 viviendas. Ello significaría que se tendrían que emplear aproximadamente 36,000 millones de euros de dinero público para satisfacer parte de la demanda de vivienda de hogares de bajos recursos.

En las elecciones estadounidenses de 2015, en la ciudad de San Francisco, California, se sometieron a votación varias propuestas, entre ellas cinco relacionadas con vivienda. Cuatro de ellas fueron aprobadas: 1) la emisión por parte de la ciudad de 310 millones de dólares en bonos para financiar la construcción, adquisición y preservación de viviendas para hogares de ingresos medios y bajos; 2) incrementar el límite permitido de altura para la edificación de viviendas en un porción del barrio de Mission Bay, pasando de un piso a alrededor de 70 metros, siempre y cuando al menos la tercera parte de las viviendas estén destinadas a las clases medias y bajas; 3) la suspensión de permisos de construcción de cierto tipo de viviendas en Mission District por 18 meses, al tiempo que se obliga a la ciudad a que realice un plan de estabilización de este barrio; 4) permitir a la ciudad expandir el tipo de uso de suelo en terrenos excedentes para incluir casas que puedan pagar hogares con muy bajos ingresos.

El problema de la insuficiencia de ingresos para costear una renta por parte de un hogar puede verse desde varias perspectivas, sin embargo, poco a poco los residentes de algunas ciudades están apuntando a ciertos “enemigos”: las grandes compañías, el turismo y la especulación. En San Francisco, además de las 4 propuestas arriba mencionadas, se sometió a votación otra, que no consiguió su aprobación, y que regularía la operación de aplicaciones para la de renta de vivienda, como Airbnb. Esta empresa, que no posee inmuebles pero que funciona como intermediadora, creció como una opción para que los propietarios pudieran rentar la vivienda en la que habitan, o una parte de ella, por un periodo corto de tiempo, permitiéndoles tener un pequeño ingreso extra. Sin embargo, este modelo resultó en un negocio mayor para los propietarios que el modelo tradicional de renta permanente. El rápido crecimiento de este tipo de aplicaciones fue visto por los residentes de San Francisco como uno de los causantes del incremento del precio de las rentas. La propuesta no aprobada buscaba limitar a 75 el número de días que cada año un propietario podía rentar su vivienda bajo este esquema.



En 2018, en San Francisco, una propuesta más fue aprobada para intentar resolver el problema de las personas sin hogar. Su objetivo es proveer a la ciudad de unos 300 millones de dólares anuales, provenientes de impuestos a compañías cuyos ingresos anuales brutos sean mayores a 50 millones de dólares (unas 400 compañías). El crecimiento de las compañías tecnológicas en el área también ha sido visto como un detonador de alta demanda de viviendas, incrementando con ello la renta.

En 2019, la compañía Amazon renunció a sus planes de establecer su segunda sede en Nueva York, a pesar de que la empresa aseguraba que ofrecería 25,000 nuevos empleos. La decisión se tomó a raíz de la oposición de neoyorkinos que vieron cómo las rentas, ya elevadas, podrían incrementarse drásticamente con la llegada de la compañía. De hecho, a Amazon se le atribuye el incremento del precio de la vivienda en Seattle, su sede actual.

El sentimiento de amenaza de los habitantes de esas ciudades contrasta con la visión de sus autoridades, quienes ven en la llegada de capitales una oportunidad para el desarrollo local. Cada ciudad merece su propio análisis, pero los ejemplos mencionados, entre otros, deben servir para cuestionar la idea de que invertir en la ciudad, o bien sólo invertir en la ciudad sin establecer nuevas reglamentaciones, puede no significar mayor bienestar para sus habitantes.

¿Por qué para unos es evidente el impacto positivo y para otros un riesgo la inversión en una ciudad? En su libro How to Kill a City (¿Cómo matar una ciudad?), Peter Moskowitz, periodista neoyorkino, analiza los casos de Nueva York, San Francisco, Nueva Orleans y Detroit, todos ellos caracterizados por el desplazamiento de parte de poblaciones de bajos recursos. El periodista señala que tanto en Detroit, quebrada a raíz del cierre de empresas automotrices, como en Nueva Orleans, devastada por el huracán Katrina, las autoridades recurrieron a la inversión pública, incluyendo subsidios para la vivienda, y a la promoción de la inversión privada. Sin embargo, para que dicha fórmula tuviera efecto, las inversiones tendrían que ir dirigidas a habitantes que pudieran costear vivir en las ciudades “remodeladas”.

Un proceso que se dio en Nueva York y en Berlín, en décadas anteriores, es que eran ciudades comparativamente baratas para vivir, pero atractivas para diversos grupos, sobre todo profesionistas y artistas. Lo mismo parece estar sucediendo en Nueva Orleans y en Detroit, ciudades cuya historia y cultura, junto con precios de vivienda relativamente bajos, son atractivas para ciertos sectores de otras ciudades.

Visto desde afuera, desde la perspectiva de un turista o un visitante de negocios, o bien de un nuevo residente, la renovación de una ciudad no puede sino ser una buena noticia. Visto desde adentro, sin embargo, algunos hogares de bajos ingresos, que son parte de la ciudad misma y quienes le han dado forma, son forzados a emigrar. Peter Moskowitz señala que en Nueva Orleans el porcentaje de afroamericanos se redujo considerablemente después de Katrina, al tiempo que sus calles se repavimentaban.

La ciudad no es solo sus calles, edificios y espacios públicos, es también, y quizá sobre todo, su gente. Moskowitz responde la pregunta con que titula su libro, ¿Cómo matar una ciudad?: Dejando que los grandes capitales tomen el control de la ciudad con la complicidad (voluntaria o no) de las autoridades. En consecuencia, él mismo sugiere que la única forma de rescatarla es confrontando a esos capitales de manera organizada, como lo han hecho grupos y asociaciones en Berlín, Nueva York, Nueva Orleans, San Francisco y Detroit, por mencionar los ejemplos aquí citados.

 

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Gabriel Ramírez Atisha

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