Opinión

Thoughts and prayers / Memoria de espejos rotos

En Facebook, en foros, en Twitter, o por Instagram,

suelo hablar de aquello que no sé:

de cine, de moda, de arte, o política,

es vital mi consideración…

Opino de que. Ojete Calor.

 

Las redes sociales nos han hiperconectado a la las noticias del mundo. En esas noticias, como reflejo de lo que sucede en el planeta, abunda la tragedia. Todos los días ocurren hechos lamentables; muertes, desastres, genocidios, devastación de los diversos tipos de patrimonio: natural, edificado, documental, mueble, histórico, o artístico; crímenes de odio, o violencias de toda índole. Así, en esa hiper conectividad, podemos dar seguimiento en tiempo real a las tragedias del mundo en que vivimos.

Este seguimiento mediático es selectivo. Ese proceso de selección y ponderación lo hacemos nosotros, basados en nuestra formación cultural. Esta formación cultural (al menos del lado del planeta que habitamos) es blanca, occidental, patriarcal, heteronormada, con sesgo de clase y raza, y altamente mediática. Así, esos filtros nos permiten ponderar de manera diferente los diversos tipos de tragedias que ocurren a diario en todo el globo. En esa ponderación, se revela mucho sobre quiénes somos, a partir de la forma en la que nos relacionamos con la tragedia.

Aristóteles, en su obra La Poética al hablar de los géneros dramáticos, afirmaba que la diferencia entre tragedia y comedia se basaba en la distancia: que un hecho mueva a la catarsis emocional del llanto o de la risa depende de qué tan cerca nos toque, en el tiempo, el espacio, o la identidad. Así, ante las tragedias colectivas hay quienes se lamentan, quienes se lamentan de los que se lamentan, quienes se burlan (que, en el intento de hacerse pasar por listillos, sólo exhiben sus carencias de empatía), o hasta quienes usan una presunta superioridad moral para juzgar la presunta superioridad moral de los demás.

En la hiperconectividad que padecemos, a la par del inmenso flujo de información selectiva (y sesgada por nuestros propios filtros culturales y psicográficos), se encuentra nuestra incapacidad para evitar opinar de todo. En ese inmenso flujo de paquetes de información, nuestras opiniones rápidamente dan retroalimentación al sistema comunicativo, convirtiéndose -también- en “paquetes de información”. De este modo, fácilmente dejamos de hablar de la tragedia, desde perspectivas críticas y analíticas, para pasarnos al tema de cómo vivimos y expresamos nuestro sentir ante la tragedia. En esa trivialización patética, no atinamos a entender –y menos resolver o prever- las causales estructurales de los hechos trágicos.

Que la gente sea libre de expresar por los medios a su alcance toda su gama de sentires, es algo necesario y debiera ser irrevocable. Que esas expresiones muestran hacia dónde enfocamos la atención ante las tragedias, es un hecho. Que el enfoque de nuestra atención (y de la selección de temas de agenda que volvemos públicos en los medios digitales) también habla de quienes somos, es innegable. Que muchas veces la hiper conectividad y el inmenso flujo de información han servido para trivializar, y no para volvernos más empáticos, es algo que padecemos con gravedad.

Ante este fenómeno, el comediante Anthony Jeselnik hizo un show titulado Thoughts and Prayers (Pensamientos y Oraciones), dedicado a quienes -para hablar, sea en condolencia o sátira, de una tragedia- hacen que la tragedia trate de sí mismos y de su propia conmiseración. El hecho de que pulule este tipo de expresión en la conformación de la opinión pública y popular, explica mucho sobre por qué estamos como estamos, y cómo nos urge vernos a partir del colectivo, y no desde nuestras precarias individualidades entusiastas, despolitizadas, y demandantes de atención, que terminan por reducir toda catástrofe a un meme.

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El manotazo mediático que dio el titular del ejecutivo federal, al emitir un memorándum “derogando” la reforma educativa, no es más que una parafernalia de oropel con la que nos recuerda cuánto desdén puede tener por la división republicana de poderes. Se tenía que decir, y se dijo (guiño).

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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