Opinión

¡Víctima! / Cocina Política

¡Necesitaba mucho ese trabajo! Estaba recién casada y mi marido ganaba poco; pagaba créditos contraídos para satisfacer las necesidades de su propia y abusiva madre (sí, hay madres abusivas). De mi salario dependía casi en su totalidad nuestra vida en pareja y no podía ni pensar en perderlo.

Mi jefe era un funcionario en ascenso en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal; se estaba en medio del proceso de desafuero del jefe capitalino y “Abogados por la Democracia” a los que pertenecía mi jefe, eran los responsables jurídicos de evitar tal desafuero.

Mi cargo era de confianza y ganaba bien. Un día, en una de las acostumbradas largas jornadas de trabajo, cuando sólo quedábamos mi jefe y yo, él se puso de espaldas a mí y me abrazó, al tiempo que intentaba besarme el cuello. Con firmeza, sin violencia y sin alterarme, le dije que yo lo admiraba, que le estaba agradecida por la confianza laboral, pero que sólo era eso; nada más. Él no lo tomó bien, se molestó y me hizo notar que yo le había enviado “señales”, lo cual objeté por supuesto de forma tan amable como me fue posible.

En los días siguientes al incidente, llegaron a mí comentarios sobre el incidente nocturno con mi jefe; sólo que en versión contraria pues, era yo la que me había insinuado y quien había buscado contacto físico. Dejé pasar los rumores ya que mi conducta hablaba por mí, así que no le concedí más importancia al asunto.

No bien había pasado una semana del incidente nocturno, cuando en recursos humanos me pidieron renunciar al cargo de confianza que tenía y me ofrecían a cambio un puesto base con una remuneración mucho menor a la que tenía. Entendí que no tenía opción pues, como antes dije, no podía perder mi trabajo. No paró ahí, unos siete meses después, al llegar a mi lugar de trabajo, no pude abrir la oficina; todas mis pertenencias, así como los documentos a mi cargo, se habían removido y estaban en posesión de mi jefe inmediato superior, un funcionario menor, incondicional del frustrado jefe seductor. Bajo la excusa de un supuesto error, me invitaban a firmar una renuncia; ahora al cargo menor que tenía, salvo amenaza de iniciar contra mí un procedimiento administrativo por el supuesto error.

Hablo de dos décadas atrás. No encontré mecanismos legales, ni organizaciones, ni espacios para hacerme escuchar por ese hecho, ni para obtener justicia; sin embargo, tuve el valor de denunciar legalmente al jefe seductor y a su aliado, por el delito de despojo y por despido injustificado, pues no se contaba entonces con todo el andamiaje que, si bien está en ciernes, hoy se tiene para solicitar justicia; ni con la cada vez creciente empatía de hombres y mujeres cuando una mujer enfrenta violencia en razón de su propio género.

Sí ¡Yo también! Me too y, sin embargo, veinte años después no puedo entender en qué ventaja nos pone a las mujeres, lanzar señalamientos en las voraces redes sociales hacia supuestos agresores. No lo entiendo porque las mujeres que acusan no tienen rostro; no tienen nombre; ni época, ni detalles; ni una memoria clara debido al tiempo transcurrido; no tienen puntos de referencia comunes que permitan encuadrar una conducta; no tienen valores uniformes que permitan estandarizar lo que es tolerable para unas e inaceptable para otras. No tienen, no tienen, carecen.

Los supuestos agresores señalados en redes sociales, sí tienen. Tienen nombre y apellido; tienen familia, tienen amigos; tienen trabajo; tienen grupos de afinidad. Se les acusa de violencia contra la mujer, sea del tipo que fuere. Se les señala en tiempo presente, sin importar cuándo ocurrió el supuesto evento violento. Se les considera culpables pues al no existir formalmente la parte acusadora, no se pueden investigar los hechos. Se les condena de manera inmediata, pues los señalamientos no se asumen como posibles, se escriben y publicitan como ciertos, sin que se ofrezcan pruebas ya que el anonimato no lo permite.

Actualmente formo parte de un pequeño grupo de mujeres que acompañamos a otras mujeres en sus procesos para demandar justicia por diferentes violencias. Somos muy pocas, pero muy decididas a no dejar solas a las víctimas, pues la revictimización a que somete un torpe y deficiente sistema judicial es aún más terrible que la violencia original vivida.

¡Siempre estaremos con las víctimas! Y es el caso de las que ya comienza a generar, la polémica práctica de señalar anónimamente supuestos agresores en redes sociales. Estaremos con los hombres que comienzan a caer por esos señalamientos y no por los hechos que se les imputan. Estas nacientes víctimas lo son por linchamiento cibernético colectivo, sin que tengan opciones de defensa. ¿Son o no, culpables de lo que se les acusa? Nunca lo sabremos; el oscuro mecanismo no permite dilucidarlo; pero sí son víctimas inmediatas de uno o varios señalamientos, pues lo mismo da si son una o diez las que acusan, ante el colosal número de vistas.

La revictimización de las mujeres en un proceso legal para obtener justicia la genera el propio sistema en su deficiente funcionamiento. La victimización de hombres en oscuros mecanismos como Me too y similares, la genera la falta de condiciones para acceder a la verdad.

La víctima, motivo de nuestros afanes, siempre es víctima: no puede defenderse de manera suficiente, somatiza el dolor que le causa la incomprensión, sufre de frustración ante la falta de credibilidad de quienes debieran apoyarle y oscila entre la ira y la depresión ante la pingue justicia que puede obtener, si es que obtiene alguna.

¡Yo también! Fui una víctima y eso no me legitima para hacer víctimas a otr@s. No existe denuncia sin rostro, se reduce a mero señalamiento. La presunción de inocencia no puede quedar sujeta a la exposición de hechos subjetivos y anónimos.

Comprendo perfectamente la frustración que vivimos a diario las mujeres ante un sistema legal que apenas se reorganiza para garantizarnos una vida libre de violencia, pero me pregunto si el linchamiento mediático es una forma eficaz para lograr justicia y para ganar empatía a nuestras causas justas. Queda claro que para muchas mujeres, son útiles los mecanismos de linchamiento mediático para lograr equilibrio en relación con los hombres; que a mí no me agrade el instrumento no hará mella en su uso exponencial. También queda claro que a partir de ello se está generando violencia, descalificación y hasta odio hacia un movimiento legítimo.

Un nombre ha sido mencionado en esas redes sociales que pretenden reivindicar el silencio desde el anonimato: el de Edilberto Aldán, director editorial de esta casa. Obviamente no podremos saber si es o no, responsable del hecho narrado en el señalamiento. Lo que sí sabemos es que el tsunami mediático ya lo exhibió, que es ya una de las primeras víctimas de la acusación pública convertida en masiva.

Acompañamos en este proceso sin reglas, a que se obligó a Edilberto. En esta Cocina estamos con la víctima, y sea o no culpable, a él ya lo subieron en la vorágine cibernética sin que pueda defenderse y sin que pueda evitarlo. Seguro por acompañarlo nos meterán en la red de agresiones, pero estamos acostumbradas y no lo dejaremos solo.

 

socorroramirez11@gmail.com

 

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Socorro Ramírez

Socorro Ramírez

1 Comment

  1. Mich
    03/04/2019 at 23:38 — Responder

    Que buena lectura, desgraciadamente es lo que pasa en nuestro México. Ojalá y llegará esto a cientos de Miles que pudieran juntarse y todos tengan las herramientas necesarias para combatir esta clase de actos repugnantes y abusivos.
    Me pasaré más seguido a esta sección, no la había leído antes!

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