Opinión

Arbolario / La escuela de los opiliones

Puebla: me dan un poco de tristeza los árboles de su ciudad y de Cholula. Parecen delgados, a veces apagados. Todavía no he llegado a bosque alguno que me invite a perderme, a olvidarme del lenguaje y la memoria. El bosque es aventura. Estos árboles chatos parece esperan un rave para prenderse y ponerse a bailar. Tal vez son breakdancers que saltarán por la melodía adecuada pero, mientras tanto, se drogan ociosos en las banquetas y miran a la gente pasar. Incluso las jacarandas me dan un poco de lástima, como si hubieran llegado a la tierra equivocada. Los ahuehuetes gordos son tímidos, no dicen mucho y los hules parecen depositados por accidente, como si no tuvieran mucho qué hacer y sus hojas, normalmente pasmosas, son más bien artificiales. Me he preguntado cómo si vivimos a la sombra de la ceniza del volcán los árboles no han crecido más grandes, por qué no se han apropiado de todos los nutrientes. Quizás nos hace falta agua, quizás nos sobra el sol, quizás el hombre ha deteriorado demasiado este pequeño paraíso. Al parecer los árboles también están condenados a soñar con vidas mejores.

Ciudad de México: no sólo fueron mis primeros árboles, los viejos eucaliptos a quienes voy a visitar en la Balbuena y la Narvarte, pero también son los más necios y monstruosos que he conocido. Cuando dicen las cucarachas, no se han detenido a mirar con atención a los árboles de la CDMX. Árboles fractálicos, algunas veces caóticos y desconcertantes, creo que si detienes a mirar sus patrones encontrarás ciertos anuncios de ruina que podrían advertirnos de algún futuro oscuro. Nada ingenuos, a veces chocados por los automóviles, adornados por los chicles o encerrados por el hierro de las rejas, pero verdísimos como tierra olvidada. Son amigos de las navajas porque ya conocen rebien a los chamacos cabrones. En la ciudad caminarás sobre banquetas y raíces, y cuando alces la mirada, la sombra espesa esconderá los rastros de contaminación y el incendio de las llantas. Si el chilango no ha enloquecido es porque sus árboles ya absorbieron toda la locura para ellos. Árboles majestuosos y mutantes, aprendí la paciencia del gandul cuando me recargaba en los troncos gruesos de los ficus descuidados en la colonia del Valle y encendía mi cigarrillo para esperar mi camión.

Tabasco: aunque tienen el tamaño de árboles adultos, en realidad son arbustos y están al principio de sus vidas. Las semillas pueden crecer hasta cubrir el cielo extendido. La vegetación de Villahermosa parece descontrolada y salvaje, follaje de verdes intensos y vibrantes. Todo lo que dejes crecer ahí se apropiará del espacio, llamará a insectos y alimañas para convertirlo en selva. Quizás por eso Pellicer vivía enamorado de la exploración y la búsqueda. Versión de jacarandas de otros colores: rojos y amarillos, por ejemplo, pueblan las calles y justifican las humedades y los calores. Pero son árboles débiles y caprichosos, rara vez uno de ellos hará el esfuerzo por vivir en una ciudad de contaminación o de cenizas. Villahermosa es hogar de algunos árboles milenarios: las ceibas, toda la historia humana contenida en sus troncos tan gruesos como una casa. A una ceiba adulta con la imaginación sólo es posible abrazarla con la imaginación y aun así, la ceiba se robará tu abrazo.

Guadalajara: corrí en el Bosque de Colomos y en el Parque Metropolitano. Caminé bajo la sombra de árboles gruesos y estridentes en Avenida Chapultepec. Caminé sobre un gruesísimo tapete de flor de jacarandas, las cuáles aún parecían vivas, floreadas y también admiré los árboles de lluvia de oro, muy parecidos a los guayacanes o las jacarandas amarillas (not a golden shower reference, boy). ¿Quizás también había arrayanes? Una vez que te fijas en los árboles de una ciudad quieres aprender el lenguaje de los pájaros, igual que Shakespeare conocía a la perfección el lenguaje de los campesinos. La memoria humana está en los nombres. Si confundes tu alma con la de un niño, querrás aprender el nombre de las semillas y los frutos, quizás querrás abrazar la sombra donde los has marcado con una navaja porque la Tierra se ha convertido en parte de tu historia. Los árboles de Guadalajara a veces me abrazan, a veces me intimidan. Me he cuestionado mi nombre en sus hojas más de una vez. Vaya, quizás, perdonen la metáfora fácil, pero las hojas de las árboles son la memoria de la gente, son el libro de su historia. Una novela escrita en clorofila y ósmosis. Espera, ¿a dónde me llevará ese camino bordeado de árboles?

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Agustin Fest

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