Opinión

Comodidad, tecnología y economía, ¿enemigos o aliados del mundo natural?

La problemática ambiental que aqueja actualmente a nuestro planeta propone nuevos retos al estilo de vida que los seres humanos adoptamos en las décadas finales del siglo XX y que continuamos con ellas en las primeras décadas de éste, debido a que ha sido arrasador y devastador de amplias zonas naturales. Esto se debe a que los métodos de extracción y explotación de los recursos naturales para producir nuestros actuales bienes de consumo (alimentación, vestimenta, vivienda, energía, transportación, etc.) sobrepasan la capacidad que tiene nuestro planeta para proporcionarnos la enorme cantidad de objetos y recursos energéticos que utilizamos cotidianamente.

Ahora más que nunca se hace explícitamente un llamado a la colaboración, activa y responsable, de todos los seres humanos para poder salvaguardar los bienes naturales que aún quedan en nuestro planeta; sin embargo, la respuesta es lenta, por no decir nula, porque los seres humanos optamos y nos empeñamos por tener un vida cada vez más cómoda.

¿Qué significa vivir cómodamente? Significa tener disponible y cerca de nosotros todo aquello que haga más fácil nuestra vida: agua, alimentos, energía, transporte, diversión, etc. Esto no siempre fue así, pues alcanzar una vida confortable implicó un importante desarrollo tecnológico. La tecnología en todas sus ramas (civil, industrial, informática) desarrolló materiales, métodos, máquinas y programas cada vez más eficientes para explotar la naturaleza dejándose guiar por la idea del progreso.

Por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XX nadie cuestionó éticamente el impacto ambiental del progreso científico-tecnológico, pues todo invento y/o experimento estaban excluidos de cualquier enjuiciamiento moral o ético, ya que de acuerdo con León Olivé gozaban de neutralidad valorativa1. La fascinación por el progreso alcanzado mediante el desarrollo de una ciencia y la tecnología neutral cegó a los seres humanos del impacto ambiental que su carrera frenética hacia un desmesurado e incontrolado desarrollo tenía en la naturaleza; pues, simultáneamente con éste, vinieron los graves problemas ambientales de contaminación del aire, el suelo y el agua, deforestación, erosión de suelos, extinción de especies y desaparición de la diversidad biológica, lluvia ácida, adelgazamiento de la capa de ozono, calentamiento global, todos como consecuencia de la explotación desmedida de los recursos naturales, así como del vertimiento de un creciente número de sustancias y residuos tóxicos en el ambiente.

No obstante, en las últimas tres décadas del siglo pasado y la primera de éste, empezó a cuestionarse la reducida visión moral que se tenía de la idea de progreso y desarrollo tecnológico, con las que sólo se juzgaba tradicionalmente cómo éstas beneficiaban a la especie humana, pero se hacía caso omiso del daño que el desarrollo tecnológico provocaba en otros seres vivos y la naturaleza en general, ya que la relación hombre-naturaleza era completamente neutral y amoral, por tanto no existía ninguna razón para juzgarla éticamente.

Con la intención de modificar este tipo de prácticas y conductas, a partir de la década de 1970 los gobiernos y diversos organismos internacionales empezaron a solicitar estudios a prestigiosas universidades acerca de la problemática ambiental y sus repercusiones futuras, además comenzaron a reunirse con la intención de crear y asumir compromisos globales para revertir los daños que el desarrollo industrial estaba ocasionando. Fue así que el 22 de abril de 1970 se celebra por primera vez “El día de la tierra”, ese mismo año se solicita a un grupo de investigadores del Massachusetts Institute Technology (Conocido como Club de Roma) un estudio sobre las tendencias y los problemas económicos que amenazan a la sociedad global, el cual fue publicado en 1972 con el título Los límites del crecimiento. En ese año se celebró la primera Conferencia Internacional sobre el Medio Ambiente en Estocolmo; en 1987 la Comisión Brundtland entregó al Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) el estudio intitulado Nuestro Futuro Común. En mayo de 1992 se adoptó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) cuyos objetivos fueron: reforzar la conciencia pública, a escala mundial, de los problemas relacionados con el cambio climático. En junio de ese mismo año se llevó a cabo en Río de Janeiro la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, conocida también como Cumbre de la Tierra, donde se elaboró y aprobó un programa global (conocido como la Agenda 21) para dar institucionalidad y legitimidad a las políticas del desarrollo sostenible. En 1997 los gobiernos acuerdan incorporar una adición al tratado sobre Cambio Climático conocido con el nombre de Protocolo de Kyoto, que tiene como objetivo reducir las emisiones de seis gases que provocan el efecto invernadero responsables del calentamiento global. En 2002 se renovaron los acuerdos tomados en Río en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo sostenible, celebrada en Johanesburgo, donde se estableció un Plan de Implementación para alcanzar los objetivos del desarrollo sostenible. Estas fueron las primeras cumbres internacionales que se realizaron y las que marcaron el rumbo ambiental que se supone debería seguirse. La última cumbre ambiental se realizó el año pasado en Katowice, Polonia, en la que se revisaron los acuerdos y avances alcanzados.

Este breve recuento nos muestra que existe una preocupación por lo que le estamos haciendo al planeta; sin embargo, no parece que haya ningún acuerdo claro hasta el momento, pues las discrepancias acerca de los riesgos ambientales no parecen unificar criterios, antes bien, cada país defiende sus propios intereses. Lo que está en disputa es, por una parte, el derecho de los países subdesarrollados a alcanzar un desarrollo económico y un estilo de vida semejante al alcanzado y sostenido por los países desarrollados, para lo cual es necesario que hagan uso de una mayor cantidad de recursos naturales, además de generar un mayor índice de contaminación. Por otra parte, algunos de los países más desarrollados se niegan a reducir sus índices de contaminación para que no se vea afectado su desarrollo económico. La tensión esencial entre estas posturas resulta de la imposibilidad de realizar conjuntamente dos tipos de valores: el desarrollo económico y la conservación del medio ambiente. Parece evidente que el desarrollo económico tiene que tener límites, pues el bienestar de las personas no consiste únicamente -como se nos ha hecho creer- en la posesión de bienes materiales, si no también en contar con un medio ambiente que permita vivir en condiciones aceptables, es decir, tener un aire limpio, agua potable, áreas verdes para el esparcimiento, biodiversidad, espacios libres de basura, etc. Pero, también es evidente que los seres humanos necesitamos continuar y conservar parte del desarrollo que se ha alcanzado, frente a lo cual se propone que éste se asiente en valores sustentables.

Las soluciones para generar un desarrollo sustentable están actualmente enmarcadas en tres líneas básicas. Una es la propuesta neoliberal que deposita su confianza en la regulación mercantil, lo que implica internalizar o incorporar los costos ambientales de la producción de los bienes de consumo en los precios de tales bienes, es decir, poner precio a los recursos naturales mediante una incorporación de estos al mercado de manera que se garantice la preservación adecuada del medio ambiente (un ejemplo de ello son las concesiones que se dan a particulares para la distribución del agua). Otra propuesta es dejar en manos de los gobiernos la solución de los problemas ambientales y que éstos sean los que se encarguen de crear instituciones que elaboren leyes y reglamentos, así como impuestos, multas y sanciones que estimulen a empresarios y ciudadanos a conservar el ambiente. Por último, está la propuesta de grupos ecologistas que abogan porque los seres humanos llevemos vidas más austeras y que deje de valorarse el crecimiento de las naciones sólo en términos económicos, pues debe incluirse también el valor de los bienes naturales, promover sus reservas y su crecimiento, pues de nada servirá a ningún país tener todo el dinero y el oro del mundo si no cuenta con recursos naturales propios y agota los de otras naciones, como ha venido ocurriendo a lo largo de la historia.

En suma, tenemos el compromiso de hacer que nuestra comodidad, el desarrollo tecnológico y económico se consigan de manera ética y sustentable, es decir, que dejen de ser enemigos del naturaleza y hacerlos aliados de la protección de ésta.

  1. Olivé, Leon y Ruy Pérez Tamayo, 2011, Temas de ética y epistemología de la ciencia. Diálogos entre un filósofo y un científico, F.C.E., México, p. 45.

 

vhsalaza@gmail.com

 

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Victor Hugo Salazar Ortiz

Victor Hugo Salazar Ortiz

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