Opinión

Información y procesos penales / Sobre hombros de gigantes

 

  • Eloy Morales Brand

 

En la actualidad, al romperse las barreras de la información, las personas recibimos una gran cantidad de mensajes a través de la radio, internet, televisión, medios impresos, que regularmente traen una misma línea de sentido, algunas veces clara, otras no tanto; pero a final de cuentas, esa comunicación sin límites, y emitida casi en vivo y en directo, ayuda a una persona a imaginar una visión del mundo, que a finalmente es la que vive, la que desarrolla y conforme a la que reacciona.

Ahora bien, uno de los derechos esenciales que protegen los sistemas de investigación y juzgamiento de un delito, es el trato humano y digno de las personas involucradas en los hechos. En este sentido, toda persona deberá ser tratada como ser humano sujeto de derechos, respetando su dignidad, seguridad e integridad física, psíquica y moral. El respeto a la intimidad y la privacidad es para lograr el libre desarrollo de la personalidad, permitiendo una parte personal de la cual el ser humano es único dueño y ninguna persona o entidad tiene la posibilidad de invadir esa esfera personal de desarrollo individual y de vida.

Por lo anterior, entre varias situaciones, no está permitido exhibir a las personas como culpables o víctimas; divulgar datos sensibles o información personal de los involucrados; o intervenir su domicilio, comunicaciones privadas y su cuerpo, salvo que exista autorización constitucional y judicial para ello.

Y es ahí donde hay que tener cuidado en la forma como se difunde información respecto de la eficacia del sistema de justicia penal, y las personas que son señaladas como “delincuentes” o “víctimas”, así como la estigmatización pública de personas por el sólo hecho de ser diferentes, y etiquetar a sectores sociales por no adecuarse a los que unos pocos consideran que es la normalización o lo natural.

Si las personas que intervienen en un supuesto delito (supuesto agresor y afectado) son exhibidas ante los medios de comunicación como culpable o víctima respectivamente, con datos sensibles de identificación y ubicación de los hechos (imagen, nombre, apellidos, domicilio, direcciones, etc.), esto no ayudará a impartir justicia. Por el contrario, generará un efecto corruptor del proceso de investigación y juzgamiento del delito, no solamente por la violación directa a la presunción de inocencia del acusado y la presunción victimal del afectado, al ser presentados como culpable o víctima de un hecho delictivo, sino también por la posible contaminación previa de los jueces que conozcan del caso, con lo cual lleguen influidos a emitir su resolución tanto por la información recibida, como por la presión social y el temor a las represalias; además, un efecto corruptor por la invalidez de los medios de prueba que se presenten, al provocar condiciones sugestivas, principalmente en los testigos, que lleven a su falta de confiabilidad, pues carecen de imparcialidad y objetividad, al inducirlos a reconocer a una persona o declarar contra ella, gracias a la información previamente difundida a través de las redes de comunicación.

Si los jueces observan estas circunstancias, no podrá pronunciarse sobre la culpabilidad del acusado, pues la sugestión en su persona o el resultado de la prueba, vicia el procedimiento y sus consecuencias.

Las víctimas no sólo son afectadas por los autores de los delitos, sino también por los procesos penales y la propia sociedad, al exponerlas y vulnerarlas en su imagen, reputación, honor, sentimientos; y así también los supuestos autores, que son juzgados popularmente y condenados a ser culpables, cuando ni siquiera ha iniciado un proceso con pruebas que lo demuestren. Existen casos de acusación a inocentes, cuyas vidas son destruidas, al igual que a las víctimas a las que se les hace creer que el autor del hecho está siendo castigado. Y de todo esto, somos responsables por un manejo de información que no incita a un debate democrático.

Insisto, si reformar las leyes resolviera el problema de la delincuencia para “neutralizar” a todos “los delincuentes”, hace siglos que no tendríamos este problema. Pero es más sencillo creer que con reformas de leyes se resuelven los problemas, en vez de invertir en la satisfacción de necesidades. ¿Eso es lo que queremos? ¿Así lograremos la justicia que buscamos?

Debemos tener cuidado y no aceptar de entrada toda la información que nos llega, sino que hay que dudar para constatar la veracidad de esa información. No vaya a ser que nos demos cuenta que hemos vivido, y vivimos, en una mentira; o, parafraseando a García Márquez, la vida no es lo que se vive, sino lo que se platica: “Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso-, quiere decir lo que quiero que diga, ni más ni menos. La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. La cuestión -dijo Humpty Dumpty-, es saber quién es el que manda… eso es todo”. Lewis Carroll, en A través del espejo y lo que Alicia encontró ahí.

 



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José Luis Eloy Morales Brand

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