Opinión

La ciudad y los despojos de su héroe/ A lomo de palabra

El rescate de los despojos del héroe mítico de Atenas, Teseo, sucedió poco después de la toma de Bizancio… Este último episodio lo cuenta muy sabroso Plutarco (Vidas paralelas, IV).

Ocurrió en el 476 a. C., es decir, cuatro años después de la victoria de los griegos sobre los invasores persas en Salamina; Atenas se encontraba en plena reconstrucción y la autoestima de los atenienses seguía al alza. Un año antes habían organizado la Liga de Delos, y elegido a Cimón su estratego. A 45 años de que estallara la guerra del Peloponeso, Esparta y Atenas, si bien recelaban entre sí, mantenían su alianza frente la amenaza aqueménida. Fue entonces cuando, al frente de la flota de Delos, Cimón se lanzó a limpiar el mar Egeo de persas y piratas. Imbatible, navegó rumbo norte hasta que terminó metiéndose en el Propontis -el mar de Mármara-, para llegar, en el extremo meridional del Bósforo, a la joven Bizancio -fundada en el 667 a. C. por griegos de Mégara-. El espartano Pausanias, coludido con los persas, estaba en posesión del puerto; efectivamente, había traicionado a Esparta. Cimón reportó la felonía, pero quien habría de acabar con Pausanias sería un espíritu indignado: “… habiendo dado Pausanias orden… de que le trajesen a una doncella de Bizancio, hija de padres nobles, llamada Cleonice, los padres, por el miedo…, la dejaron ir; y como ella hubiese pedido que se quitase la luz… del dormitorio, entre las tinieblas…, al encaminarse al lecho, tropezó… con la lamparilla, y la volcó, y él entonces, hallándose ya dormido, asustado con el estrépito, y echando mano a la espada, como si se viese acometido por un enemigo, hirió… a la doncella. Murió ésta…, y no dejaba reposar a Pausanias…; su sombra se le aparecía de noche entre sueños, pronunciando con furor…: ‘Ven a pagar la pena: que a los hombres / no les trae la lujuria más que males’”.

Total, que entre el acoso fantasmal y el cerco de los atenienses, Pausanias tuvo que huir. Por su lado, Cimón emprendió el retorno. De paso asedió Eyón, hasta que el persa Butes claudicó de fea forma: “traído a la última desesperación, dio fuego a la ciudad y se abrasó en ella con sus amigos y sus riquezas”.

Los heraldos fueron llevando nuevas, así que Cimón ya era esperado en Atenas como un héroe. Al igual que había hecho Teseo en su periplo desde Trecén, Cimón fue despejando la ruta de bárbaros, piratas y demás malosos. Su buena estrella continuaría brillando: luego de conquistar Eyón, Cimón se dirigiría, en persecución de una panda de ladrones dólopes, a Esciro, en el archipiélago de las Espóradas… Esciro, ¿recuerdas?, la isla en donde, según la leyenda, había sido asesinado el gran Teseo. Para cuando la victoriosa flota de la Liga de Delos llegó a la ínsula, los atenienses no sólo sabían que ahí había muerto su mítico rey, hijo de Egeo/Poseidón y Etra, sino que además su estratego ya traía en mente la idea de cumplir la tarea que el oráculo de Delfos había encargado a Atenas: “Después de la Guerra Médica…, consultaron los atenienses el oráculo, y respondió la Pitia que recogieran los huesos de Teseo y los… guardasen con veneración. Había gran dificultad en recogerlos, y aun en descubrir su sepulcro, por la insociabilidad y aspereza de los dólopes, habitantes de la isla; mas habiendo Cimón conquistado la isla…, y teniendo grandes deseos de hacer este hallazgo, sucedió que un águila empezó a escarbar con el pico y revolver con las uñas en un terreno algo elevado; y pensando en ello, como por divino impulso, cavó en el mismo sitio. Encontróse ahí el hueco de un cuerpo más grande de lo ordinario, y a su lado una lanza de bronce y una espada; y conducidas estas cosas por Cimón en su nave, alegres los atenienses, los recibieron con gran pompa y sacrificios, como si el mismo Teseo entrase en la ciudad…” (Vidas paralelas, I).

Y como si fuera el mismo Teseo, Cimón fue aclamado por todos los ciudadanos de Atenas, demócratas y aristócratas, ¡faltaba más!, porque un pasado heroico unifica. En breve llegaría el esplendor ateniense…

Siglos atrás, la misma jugada había sido ejecutada en otra región de la Hélade. Desde los albores del siglo VIII a. C., los lacedemonios se esforzaban por consolidar la relación entre Esparta y el pasado épico narrado por Homero: “Y los que poseían la cóncava Lacedemonia, llena de golfos, Faris, Esparta y Mesa, de numerosas palomas… Los mandaba su hermano [de Agamenón] Menelao, valeroso en el grito de guerra” (Ilíada; II, 581-587).

Desde aquellos ayeres había sido fundado en Terapne, al sur de Esparta, el santuario en donde, se afirmaba, estaban sepultados nada menos que Menelao y Helena (Pausanias, Descripción de Grecia; III, 19.9). Años después, cuenta Heródoto, los espartanos conseguirían por fin vencer a la aguerrida Tegea, gracias a la eficaz asesoría que obtuvieron en Delfos: “La Pitia les respondió que la conseguirían [la victoria] si se hacían con los restos de Orestes, hijo de Agamenón. Pero, como no lograron encontrar la tumba, volvieron a despachar comisionados… para preguntar por el lugar donde yacía…”.

La respuesta del oráculo fue alegórica y oscura… No sería sino mucho después que, Licas, un viejo espartano colmilludo, “merced en parte a una casualidad, en parte a su perspicacia”, logró resolver el misterio, y luego de ciertas peripecias… “exhumó la tumba, reunió los restos [que eran reconocibles por la proverbial altura del difunto] y regresó con ellos a Esparta. A raíz de entonces, siempre que medían sus fuerzas, los lacedemonios lograban en la guerra una neta superioridad; por lo demás, ya tenían sometida por entonces la mayor parte del Peloponeso”. (Historia; I, 67-68).

Los héroes suelen ser más útiles muertos que vivos.

 

@gcastroibarra

 

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