Opinión

La ciudad y su héroe mítico/ A lomo de palabra

“Las fiestas en honor de Teseo en Atenas, las Teseas,

son totalmente comparables a las fiestas en honor de Atenas.

Y se espera de los héroes lo que se espera de los dioses…”



Louise Bruit Zaidman y Pauline Schmitt-Pantel, La religión griega en la polis de la época clásica

 

El héroe principal de Atenas ni es plenamente histórico ni totalmente mítico. ¿De dónde salió?

Cuenta Apolondro -un autor quimérico, un pseudo-Apolondro- que, hallándose tremendamente atribulado por carencia de prole, Egeo acudió a Delfos. Había intentado procrear con Meta y después con Calcíope…, pero nada, nada más allá del solaz. El hombre fungía como rey de Atenas, y la situación comprometía la continuidad de su estirpe. Desasosegado, “fue a consultar a la Pitia cómo lograría descendencia”. La respuesta a mí me parece bastante clara, casi procaz, pero para él resultó un galimatías.

El cuello que sobresale del odre…

no lo desates antes de llegar a las alturas de Atenas.

Confundido, “emprendió el regreso a Atenas. Al pasar por Trecén fue hospedado por Piteo…, que interpretando el oráculo embriagó a Egeo y lo acostó con su hija Etra”. Deberíamos pasar ahora al celebérrimo producto del susodicho ayuntamiento, pero si uno recuerda un mapa de la Hélade, ¿cómo continuar sin preguntarse qué diantres andaba haciendo Egeo de paso por aquellos lares…? Usted ha de saber que Delfos se ubica en la meseta meridional del monte Parnaso, en Grecia central -de hecho, en el ombligo del mundo, justo donde las águilas de Zeus, liberadas en las antípodas, se toparon para dejar caer el ónfalo-, 150 kilómetros al noroeste de Atenas, mientras que Trecén está en el Peloponeso, ¡al sur del Ática!, del otro lado del golfo Sarónico… Así que de paso, lo que se dice de paso, Trecén no le quedaba… En fin, por el desvío y la maquinación de Piteo, Egeo copuló con Etra, quien, efectivamente, quedó encinta. ¿Consiguió por fin un heredero con la hija del rey de Trecén? Juzgue usted la ambigüedad del caso: sucedió que “en la misma noche también Poseidón yació con ella”. El ateniense o no supo o no le importó el acoplamiento del dios del mar con la dama; se sabe que le encargó “que si daba a luz un varón lo criase sin decir quién era; dejó su espada y sus sandalias debajo de una roca y le pidió que cuando el niño fuese capaz de remover la piedra y coger tales objetos se lo enviara con ellos” (Biblioteca; III-15, 6-7). Y sí, nació Teseo, ¿pero quién era, qué era? Plutarco tampoco disipa el enigma: “Etra tuvo siempre oculto el verdadero origen de Teseo, y Piteo había esparcido la voz de que Poseidón la había hecho madre” (Vidas paralelas; I).

Igual que Pseudo-Apolondro -su Biblioteca data de finales del siglo I d. C.-, Plutarco (c. 45-120) recopiló diversas leyendas de Teseo más de mil años después de su supuesto reinado (en torno al 1250 a. C., según la Crónica de Paros), y unos quinientos años después de que el mito fuera revitalizado para convertir al hijo de Egeo/Poseidón en el héroe político de la polis griega por excelencia. Entre las fuentes más arcaicas que tenemos sobre el personaje, está, claro, Homero, quien lo menciona un par de veces (Odisea; XI-322 y XI-63). Aristóteles reporta la existencia de una Teseida, pero la epopeya se perdió (Poética, 145). Ya mucho más próximo, Baquílides de Ceos compuso (c. 478 a. C.) algunos ditirambos en los que loa las peripecias de Teseo. Empero, lo que mantuvo vivo a lo largo de tanto tiempo el ciclo heroico fue sobre todo la tradición oral, hasta que en el siglo V a. C. fue reconfigurado, e incluso los trágicos lo engrandecieron. Enseguida, un condensado:

Humano cabal o híbrido, Teseo creció en Trecén. Ya desarrollado, levantó la roca, y con la espada y las sandalias de Egeo, se encaminó a Atenas. A su paso, fue despejando el camino, matando malosos: a Perifetes, quien tenía la maña romperles la crisma a los viajeros; a Sinis, de técnica homicida arbórea -“obligaba a los que pasaban a doblar pinos”, y cuando no podían sostenerlos “eran lanzados al aire por los árboles”-; a la cerda Fea; a Escirón, “quien obligaba a los transeúntes a lavarle los pies y mientras lo hacían los precipitaba al abismo”; al asesino Cerción; a Damastes, quien “tenía dos lechos, uno corto y otro largo, e invitaba a los caminantes a descansar, y a los de baja estatura los acostaba en el largo, dándoles martillazos hasta igualarlos al lecho, y a los altos los acostaba en el corto y les serraba las partes del cuerpo que sobresalían”. Llegó a Atenas. Ahí, la esposa en turno de Egeo, Medea, intrigó contra él: logró que el rey lo mandara a enfrentarse al temible toro de Maratón.… Teseo fue y mató a la bestia. De regreso, Medea convenció al viejo rey de que envenenara al muchacho. A punto de beber el brebaje: ¡anagnórisis!, Teseo mostró la espada y Egeo lo reconoció y, arrepentido, lo salvó. Luego, la aventura en Creta, a donde Teseo, a puñetazos, matará al Minotauro, enamorará a la princesa Ariadna, hija del rey Minos, y logrará escapar del laberinto. Un descuido causará una confusión: Egeo creerá que su hijo ha perecido en Creta y se suicidará. Teseo entonces se convierte en rey de Atenas: y “cuantos se le opusieron, murieron a sus manos, y él solo obtuvo todo el poder” (Pseudo-Apolondro. Biblioteca; III, 16; Epítome, I, 1-11). Vendrán más aventuras, por ejemplo su lucha contra las amazonas al lado de Heracles, y contra los centauros junto a Piritoo, con quien incluso irá al Hades… Finalmente, traicionado, Teseo morirá en la isla de Esciro.

Él es el héroe mítico que los atenienses, en los albores de su máximo esplendor histórico, recuperaran para convertirlo en su héroe político…

 

@gcastroibarra

 

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Germán Castro

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