Opinión

La tríada estratégica / Taktika

Bocharov Ruchei, Federación Rusa. 13 de mayo de 2019. El presidente Vladimir Putin saluda, con su típica sonrisa socarrona, al ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi. El líder ruso diserta: “Sé que el principal objetivo de tu visita hoy es coordinar los parámetros básicos del evento principal en las relaciones bilaterales. Me refiero a la visita de Estado del Presidente de la República Popular de China Xi Jinping a Rusia”.

Horas antes, al recibir a su contraparte china, el canciller ruso Serguéi Lavrov había comentado que la “cooperación China-Rusia es uno de los factores clave en el mantenimiento de la estabilidad y la seguridad internacional, el establecimiento de un mundo multipolar, y la democratización de los mecanismos de gobernanza global, y asegurar el derecho internacional”.

Simultáneamente, China anuncia que, en represalia al aumento de los aranceles a sus productos destinados al mercado estadounidense, impondrá una valoración del 25 por ciento a más de 5 mil artículos estadounidenses consignados al mercado chino. Lo cual equivale a 60 mil millones de dólares.

Las escenas arriba descritas sirven como prefacio al presente artículo, el cual pretender explicar por qué la interacción entre los miembros de la tríada estratégica -China, los Estados Unidos y Rusia- determina el devenir de la agenda internacional-.

Desde su época de precandidato, Donald Trump mostró ser un crítico acre de la política comercial de su país con respecto a China. Para el magnate neoyorquino, el país asiático “no es un aliado o un amigo; ellos quieren vencernos y poseer nuestro país”. Por ello, Trump, ya como presidente electo, conformó un bloque conformado por aprensivos del libre comercio: el secretario de Comercio, Wilbur Ross; el representante comercial, Robert Lighthizer; y el asesor en política comercial internacional, Peter Navarro. El objetivo del triunvirato era reducir el déficit comercial con China -el cual ascendió a 375 mil millones de dólares en 2017-.

La primera andanada ocurrió en marzo de 2018 cuando Trump signó un memorándum que contenía las siguientes directivas: presentar un caso ante la Organización Mundial de Comercio (OMC) contra China por prácticas de licenciamiento discriminatorias; restringir la inversión en sectores de tecnología clave; e imponer aranceles a los productos de la industria aeroespacial, telecomunicaciones y maquinaria. Por último, la Unión Americana aplicó un arancel del 25 por ciento a las importaciones de acero chino y una tarifa del 10 por ciento al aluminio proveniente de ese país.

El 2 de abril de 2018, China impuso aranceles a 128 productos estadounidenses -aluminio reciclado, carne de cerdo, frutas, tubos de acero y vino-. Esta medida como respuesta a la implementación de valoraciones al acero y aluminio provenientes de China. A continuación, Beijing y Washington acordaron negociar para evitar el estallido de una guerra comercial.

Las negociaciones, sin embargo, fracasaron y el 6 de julio de 2018 la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos comenzó a cobrar un arancel de 25 por cierto a una lista de productos provenientes de China. Esta enumeración había sido publicada el 15 de junio del año en curso. De esta manera, inició oficialmente la guerra comercial.

Al mismo tiempo que la guerra comercial estallaba, Trump autorizó el incremento de armas a Taiwán -país considerado por China como “una provincia rebelde”-. Asimismo, Trump reveló los colmillos cuando ordenó a la armada estadounidense “mostrar la bandera” en el estrecho de Taiwán y en el mar de la China meridional.

Mientras China y la Unión Americana se enzarzaban en la guerra comercial, la relación bilateral Rusia-Estados Unidos se mostraba tirante, pues asuntos como: el caso Skripal; la guerra en Siria, y la tensión en Ucrania tensaban los ánimos en Washington y Moscú.

Diciembre de 2018 presenció un acontecimiento clave entre los miembros de la tríada: en el marco de la Reunión del G-20 en Buenos Aires, Argentina, los mandatarios Donald Trump y Xi Jinping acordaron una tregua de 90 días -hasta el 1 de marzo de 2019. Durante la pausa, ninguno de los bandos incrementaría o impondría nuevos aranceles-.

Asimismo, en enero de 2019, se abrió otro punto de conflicto: Venezuela, debido a que el líder de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, se autoproclamó, con el apoyo de Estados Unidos, presidente encargado. Inmediatamente, China y Rusia se convirtieron en los valedores de Nicolás Maduro.

A principios del mes en curso, tras semanas de dimes y diretes, Trump tomó la iniciativa y habló con Putin. La temática fue amplia: Corea del Norte, Ucrania y Venezuela. Asimismo, ambos acordaron que el mandatario ruso recibiría, el 14 de mayo, al secretario de Estado, Mike Pompeo, en la ciudad de Sochi.

Por su parte, el viceprimer ministro de China, Liu He, viajó a Washington para negociar el fin de la guerra comercial. El 10 de mayo, sin embargo, las pláticas colapsaron. Ante el hecho, los estadounidenses anunciaron la aplicación de aranceles por 200 mil millones de dólares.

El cónclave entre Lavrov y Pompeo terminó. ¿La conclusión? Rusia y los Estados Unidos acordaron cooperar en el control de las armas nucleares, pero exhibieron sus diferencias respecto a Venezuela. A continuación, siguió el encuentro de Pompeo con el genio de la geopolítica: Vladimir Putin. El jefe de Estado ruso dijo al diplomático estadounidense que “tenía la impresión de que el presidente (Trump) está inclinado en restablecer las relaciones y contactos ruso-americanos para resolver juntos los asuntos que son de interés mutuo”1.

El escribano concluye: la prolongación de la guerra comercial sino-estadounidense puede causar una recesión a escala global; la belicosidad estadounidense ha fortalecido la alianza entre China y Rusia, la cual proporciona un cachito de estabilidad estratégica; la reunión de Putin con la cúpula del complejo militar-industrial y su visita a un centro de pruebas aeroespacial, previa al encuentro con Pompeo, son un mensaje directo a Washington de que Rusia considera a su arsenal hipersónico como una garantía de la “balanza estratégica del poder”2;  y, finalmente, la visita de Pompeo tiene doble finalidad: sondear a los rusos con respecto a  Corea del Norte, Irán y Venezuela e intentar meter una cuña entre chinos y rusos.

Aide-Mémoire.– Los halagos de Donald Trump al primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, por su política migratoria, equivalen a adular un espectáculo grotesco y repugnante.

 

1.- It´s time to restore US-Russia ties, Putin tells Pompeo, https://bit.ly/2HjGRpw.

2.- Meeting with senior Defence Ministry Officals and defence industry CEOs, https://bit.ly/2VAHi7X.

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Soren de Velasco Galván

Soren de Velasco Galván

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