Opinión

Las percepciones de nuestra inseguridad / Sobre hombros de gigantes

La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del primer trimestre de 2019, muestra resultados de percepciones de la realidad en materia de seguridad y delincuencia, construidas a través de la comunicación y el contacto externo. Si bien algunas de las respuestas se basan en vivencias y otras tantas en creencias, los resultados que van en aumento, y sobre todo la percepción de que la inseguridad se verá incrementada en los próximos meses, preocupa ante un escenario donde los recursos presupuestales destinados a la prevención, la justicia y otras áreas estratégicas, constantemente es recortado y destinado sólo a funciones de reacción violenta, y no de prevención efectiva.

En este contexto, es importante señalar que una percepción proviene de la realidad, mientras que una creencia existe en la mente o en el corazón. La realidad se construye mediante el entendimiento de las personas a través del lenguaje, por lo que la comunicación juega un papel significativo en el proceso de construcción social de la realidad. El ser humano recibe un estímulo, y con ese inicio construye la interpretación de una situación en base a la cual va a actuar. Así, el ser humano construye su realidad con base a conceptos que se le transmiten para moldear una personalidad acorde a determinados intereses.

Entonces, ¿para construir políticas públicas de satisfacción de necesidades, se requieren percepciones o creencias? Naturalmente percepciones, pues de observar la realidad objetiva, pueden detectarse los problemas, plantearse soluciones y generar las acciones concretas que las hagan efectivas. Pero en las encuestas sobre inseguridad ¿detectamos percepciones o creencias sobre delitos, inseguridad y corrupción? Vamos a un ejemplo: varias autoridades constantemente lanzan el mensaje de que el sistema de justicia penal en México no funciona, genera impunidad y libera a delincuentes; lo cual no es del todo cierto, ya que las leyes no generan problemas de inseguridad y delincuencia; y son unos pocos operadores quienes no aplican debidamente las reglas del sistema, y en ocasiones genera impunidad; pero ante esto, es más sencillo llenar de culpas a un sistema normativo que a una realidad social que no cumple con la satisfacción de necesidades de sus ciudadanos.

Lo preocupante entonces son las consecuencias de esas percepciones que se proyectan a la falta de confianza a algunas autoridades, pues constantemente se sigue desinformando a la población sobre las diferencias entre las instancias de prevención, procuración y administración de justicia, en la presentación de personas como delincuentes declarados, cuando ni siquiera han sido procesados, generando conciencias colectivas de pánico y de temor a su liberación, que provocan atarle las manos a las autoridades que deben procurar y administrar justicia. Pero también es cierto que las condiciones críticas de pobreza y carencia de satisfactores, provocan aumento de la delincuencia y, en consecuencia, incremento de la potencialidad de ser víctima de un delito.

No hay que sufrir el síndrome de la ranita que se cocina a fuego lento (Olivier Clerc): en una cacerola con agua fría, se encontraba nadando plácidamente una rana; de repente se enciende un fuego lento bajo la cacerola, y empieza a calentar un poco el agua; la ranita encuentra una temperatura tibia y agradable por lo que sigue nadando alegremente. La temperatura va subiendo, la rana sigue nadando, hasta que ya no es tan agradable el agua, pero la rana no se asusta y sigue ahí. Llega un punto en que el agua está muy caliente, pero la rana está tan débil que no puede hacer nada, por lo que soporta la temperatura. La temperatura aumenta, hasta que la rana simplemente se cocina y muere. Si esta misma rana hubiera sido lanzada a la cacerola cuando el agua ya estuviera hirviendo, de un solo movimiento habría saltado hacia afuera del recipiente. La alegoría tiene relación con las circunstancias que nos rodean, si las toleramos lentamente, si hacemos caso omiso de lo que pasa, la situación empieza a escapar de la consciencia, y no hay reacción ni oposición. La indiferencia nos convierte en víctimas inconscientes, pero permisivas. Nos cocinamos a fuego lento y sicológicamente nos preparamos para vivir “normalmente” en algo que nos hace daño.

Lo que espero es que esta encuesta no se tome como pretexto para fortalecer los discursos del mando militar policial, para dejar a los Estados sin facultades de prevención, o para seguir pugnando por leyes de seguridad nacional, que pretendan militarizar el aparato policial y la prevención del delito (mayor seguridad del Estado ante menor seguridad del individuo). No es con el aumento de policías o de medidas de control violento con lo que puede disminuir la delincuencia, y consecuentemente la victimización y la percepción de inseguridad; es con el trabajo en la satisfacción de necesidades (alimentación, salud, educación, trabajo, salarios, vivienda, espacios públicos, cultura, etc.), y programas de políticas públicas a largo plazo, con lo que podrá disminuirse la delincuencia a un promedio tolerable. Es también con la difusión y comunicación a las víctimas sobre sus derechos, las instancias que pueden ayudarles a resolver alternativamente el conflicto (seguimos sin Comisión Estatal de Víctimas en Aguascalientes, cuando era obligación del Congreso crearla desde el 2016), y con acciones concretas que auxilien a devolverles su dignidad, con lo que la desconfianza en la autoridad irá desapareciendo paulatinamente, y los índices de inseguridad disminuirán evidentemente. Nada mejor que la transparencia y la comunicación clara, para formar nuevas realidades, personalidades y percepciones.

 

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José Luis Eloy Morales Brand

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