Opinión

Nintendario / La escuela de los opiliones

Pokéwalker: hace algunos años, las versiones de Pokémon HeartGold y SoulSilver incluían un podómetro con el que podías sacar a pasear a uno de los pokémones de tu juego (pido perdón al dios de la gramática por los acentos institucionales; pero quien sirve a dos amos). Hace unos días desempolvé el juego, junto con el pokéwalker, y todo funciona maravillosamente, como si no hubieran pasado los años. Son tremendos pedazos de ingeniería que sobrevivirán las bombas. Cazo pokémones y los subo de nivel mientras algún otro pasea en una isla monocromática de leds. Las rutas tienen descripciones breves y ambiguas: campo refrescante, cueva ruidosa, jungla de asfalto. Entre más pasos andas en la vida real, puedes desbloquear más cosas, más sorpresas y trasladarlas a tu juego. Paso horas en silencio, aprovecho minutos de tedio para abrir el aparato y dar algunas vueltas (avatar digital y persona se entremezclan), como se aprovecha para leerse los párrafos de algún libro de poco seso o algún poema que ya grabamos en la cabeza y los lugares a dónde puede llevarnos son reconocidos. Hago cuentas de los valores de esfuerzo, imagino los valores ocultos, abro un excel para anotar sobre las naturaleza de los animales y quiero creer que nos acompañaremos toda la vida. Pokémon es un bestiario digital perfecto, despierta al coleccionista obsesivo que vive en mi espíritu. Mi esposa preguntó por qué no lo desempolvé durante los viajes y las quimioterapias. Suspendí un segundo el placer para responderle con sinceridad: “no quería arruinarme esto, no esto también”.

 

Personal Trainer Walking: la idea del pokéwalker nació por iniciativa de otro ingeniero. Leí una entrevista que le hicieron sobre esto. Un japonés loquillo, mientras jugaba con su Nintendo DS y miraba a sus compatriotas encerrados en sus estaciones de metro o caminando apretujados para atravesar los semáforos de sus esquinas colosales, pensó: “debería de haber una manera de motivarnos a caminar más, y más, y no estar tristes mirando pantallas, no quiero que mis jugadores sean gentes deprimidas y sedentarias”. El espíritu del japonés está en sus piernas: caminas bajo el bosque, te detienes a rezar en el templo, una lluvia de cerezos; dicen que eso rejuvenece y cura más gastritis que el omeprazol. Así inventó el primer podómetro para Nintendo, según he leído, uno de los más precisos del mercado. A través de frecuencias de sonido, emite los datos al cartucho y una versión Mii de ti mismo camina en un mundo tridimensional. Era un juego hermoso porque podías ver en uno de sus menús cuánta gente estaba caminando en el mundo (claro, con el juego) y sumaba los pasos de todos nosotros para llegar, por ejemplo, a la Luna, a Marte y a Júpiter. Recuerdo la emoción cuando llegamos a algún planeta. Por otra parte, podías ponerle uno de los podómetros a tu mascota. Así me enteré, por ejemplo, que mi perrito blanco (el Killer en-paz-descanse) caminaba seis veces lo que caminaba yo en algún paseo y por eso terminaba exhausto. Gracias a este aparatejo Nintendo se decidió a poner podómetros en cualquier cosa. Los japoneses inventaron las métricas de lo trivial.

 

Wii Fit: eres un MII que no sabe correr pero sabe dar pasitos en su casa. Prendes el juego, perdón, el guía de ejercicio y guardas el control en el pantalón previa advertencia de que no lo avientes por ahí o podrías romper la pantalla, o la cabeza de tu pareja; miras a la pantalla y de pasito en pasito en tu lugar, un avatar de consola recorre la isla de los Miis. Cuenta pasos y calorías, y si tienes curiosidad, si te pones alguno de los podómetros previamente mencionados, notarás que la cantidad es prácticamente la misma. Parece una tontería, pero aún cuando estás en la comodidad de tu hogar, el paisaje es extrañamente evocador. Una experiencia estética formidable. Quizás son los sonidos, o los colores, la distribución de las cosas. Quizás la idea de ver a los Miis que has descargado corriendo junto a ti, entre ellos tus amigos y tus familiares, y algunos de los personajes de ficción que más admiras, andando los mismos pasos que tú en un mundo programado es el inicio de una droga interesante, potente.

 

???: no sabemos cuántas métricas ha compartido Niantic con Nintendo y viceversa. Pokémon Go es el discreto avistamiento de un futuro extraño. Leí por ahí que alguien copió el alma de unos gusanos a una simulación y estos “vivieron” allá adentro. El cerebro de un cerdo vivió parcialmente en una simulación que extendió su vida. Qué angustia. ¿Podré copiar el alma de mi perro a un pokémon? ¿Qué sucede con las almas de los animales que son inmortales? ¿Los datos de una bestia digital son suficientes para desarrollar una especie de vida artificial? Es decir, todos esos pokemones que he acumulado en sus respectivos cartuchos, ¿pueden florecer? ¿Superar su mundo para atravesar el nuestro? ¿Bestias holográficas caminarán a nuestro lado para motivarnos no sólo a hacer ejercicio, pero para tolerar el día a día, para crear objetivos comunes con extraños en todo el mundo como, por ejemplo, llegar paso a pasito a la Luna? Recuerdo la noveleta de Ted Chiang: The Lifecycle of Software Objects. Cuánto tiempo más para que nuestras caminatas sean pobladas con la presencia de objetos irreales, tal vez aberrantes. Los periódicos anuncian la siguiente extinción masiva de los animales pero algún cerebro enloquecido, prudente, en este momento se encuentra copiando el alma de un jaguar a su primer vulpix. Mueren unos animales pero están naciendo otros, animales impuros e inmortales.

 

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Agustin Fest

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