Opinión

Sin ciencia no hay transformación / El peso de las razones

El sábado 4 de mayo se realizó la marcha por la ciencia. Con el lema “Sin ciencia no hay transformación”, ciudadanas y ciudadanos marcharon exigiendo diversas cosas. En primer lugar, un mayor presupuesto para la ciencia y la tecnología en el país. Ante del desastre administrativo que se está llevando a cabo en el Conacyt a cinco meses de la 4T, resultaba acuciante hacerle saber al ejecutivo que algo se está haciendo muy mal al interior de la institución que gestiona los esfuerzos científicos y tecnológicos en México. También resultaba perentorio exigirle al ejecutivo que dejara de atacar a los mujeres y hombres de ciencia del país (“mafia de la ciencia” fue quizá el más grave e ignorante de sus ataques), y que los escuchara: las políticas públicas no deberían estar fundamentadas en ocurrencias y presupuestos, sino en el conocimiento disponible, el cual es generado por las científicas y científicos mexicanos y extranjeros.

No obstante, en esta marcha de la ciencia estuvo ausente otro tema de máxima importancia. Al interior de la 4T existe una confusión profunda sobre la naturaleza de la ciencia y el trabajo científico. La directora del Conacyt busca cambiar el nombre de la institución (incluyendo a las humanidades, con una concepción no naturalista y polémica sobre su naturaleza), busca revitalizar lo que ha llamado “saberes ancestrales” (eufemismo para “ciencia primitiva”), y trata de establecer prioridades en la agenda de investigación a partir de ideas contenciosas sobre los problemas que aquejan a México (sin escuchar lo que científicas y científicos tienen qué decir al respecto) y a partir de una agenda ideológica y de datos objetivos. Quizá como nunca antes hace falta en México un debate profundo sobre el problema de la demarcación entre ciencia y pseudociencia, y las autoridades ni siquiera tienen en mente dicho asunto.

Así, ¿qué constituye un esfuerzo científico genuino, en oposición a los esfuerzos no científicos? Tomar como ejemplo el debate norteamericano puede ser ilustrativo. Al parecer, ciertos tipos de propuestas teóricas, como la opinión religiosamente informada conocida como creacionismo, son, al menos superficialmente, muy parecidas a las teorías científicas. El juez William Overton realizó un famoso fallo cuando estaba tratando de decidir si el creacionismo se podía enseñar en las escuelas financiadas con fondos públicos como una alternativa a la teoría de la evolución. La cuestión clave era si el creacionismo es una teoría científica genuina, o simplemente una visión pseudocientífica. Para resolver este problema, el juez Overton presentó cinco condiciones que la ciencia genuina tenía que satisfacer. Éstas eran:

  1. Está guiada por la ley natural;
  2. Tiene que ser explicativa por referencia a la ley natural;
  3. Podemos someterla a prueba frente al mundo natural;
  4. Sus conclusiones son tentativas (es decir, no son necesariamente la última palabra); y
  5. Es falsable.

El creacionismo, a diferencia de la teoría de la evolución, lucha por satisfacer estas condiciones. Teniendo en cuenta las cinco condiciones del juez Overton sobre la ciencia genuina, se puede realizar una distinción entre buena ciencia, mala ciencia y pseudociencia. Filósofos y filósofas de la ciencia han revitalizado este problema en la actualidad y están buscando clarificar y ampliar estos criterios de demarcación.

Una manera radicalmente diferente de pensar sobre el pensamiento científico fue propuesta por Thomas Kuhn. En esta propuesta, el tipo de cambio científico que tiene lugar cuando ocurren las revoluciones científicas no debe considerarse como un proceso incremental y racional desde una teoría científica antigua a una nueva. En cambio, se considera que la teoría científica revolucionaria es inconmensurable con la vieja teoría, en el sentido de que no hay una similitud significativa entre las dos. En particular, esto significa que las dos teorías no sólo estarán en desacuerdo con lo que demuestra la evidencia científica, sino que también estarán en desacuerdo sobre lo que se considera evidencia científica en primer lugar. Esta concepción del cambio científico desafía una forma tradicional de pensar sobre el conocimiento científico como la acumulación de conocimiento, y también es potencialmente incompatible con algunas de las condiciones del juez Overton para la ciencia genuina.

Aunque este debate renovado está en pleno auge en otras latitudes, hay mucho trabajo por hacer en México. Si deseamos utilizar de manera eficaz el dinero público en ciencia y tecnología no podemos evitarlo. Bien haría Conacyt y el Gobierno Federal en fomentarlo y revitalizarlo.

 

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Mario Gensollen

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