Opinión

Unga bunga / El ardid de escribir a oscuras

Las investigadoras Dee Dee, Brenda y Taffy encuentran al Capitán Cavernícola congelado. A partir de entonces, éste se les une y las acompaña a resolver misterios, incluso se apodera del lugar de privilegio en el título de la caricatura: “Capitán Cavernícola y las Ángeles Adolescentes” -que es una suerte de versión y homenaje de “Las Ángeles de Charly”-. Así, las inteligentes chicas ceden el protagonismo al bruto ancestral capaz de comerse incluso las pruebas clave de los casos en que trabajan.

Dos días he transitado por una de las más nuevas ciclovías de nuestra ciudad -la que va de la UAA al Tec de Monterrey-. Las dos veces me he topado con autos y camiones que la bloquean. Además, no está terminada: hay tramos a medio hacer, sin señalamientos. Lo que está terminado está mal planeado y mal ejecutado. La vía corre al lado de la banqueta, luego se sube a ella, esquiva taquerías y salidas de impetuosos camiones; también rodea lo que debería cruzar, estorba a los automovilistas y protege menos que arriesga a peatones y ciclistas. Y hasta remonta una pendiente irremontable para quienes la utilizan. Para colmo, el trayecto no tiene sentido: nadie va ni viene en bicicleta del Tec a la UAA -excepto yo que lo hago sólo para ver si logro encontrar algo de mérito en el gasto realizado-.

Así son todas nuestras ciclovías: tontas. Y también así son todas: inútiles. Una de las primeras -la de Canal Interceptor- ya ni siquiera lo es, aunque todavía algún señalamiento descuidado lo recuerda. Otra de las pioneras, la que iba de Colosio hasta Jesús María, es ahora suicida: corre por el camellón y te deja vestido y alborotado justo a la puerta del paso a desnivel, de manera que hay que cruzar la avenida, ya sin semáforos, para volver a tomarla unos cuantos metros al lado del arroyo vehicular; después: la selva, pues continúa como una línea borrada e invade uno de los carriles para automóviles. De la de Alameda ni hablemos, es un chiste. La de Gómez Morín es un río cuando llueve y aunque linda, comienza en ningún lado y te deposita en un crucero sacado de Mad Max. La de Madero es una parada para taxistas.

Por todo esto, me sorprende la persistencia de las ciclovías y el fomento al uso de la bicicleta en los discursos de campañas políticas. Una candidatos de todos los colores incluyen en su agenda algo que desconocen y que no les importa. Tales propuestas forman parte de un asunto más amplio y preocupante, del que también hablan, para el que también tienen propuestas y que, por supuesto, también desconocen y que tampoco les importa: el cambio climático. Esta disonancia entre la palabra y el hecho, entre la promesa y la acción, puede explicarse a partir de las ideas de Dan Gardner.

El autor canadiense comenta que en nuestra mente coexisten dos sistemas de pensamiento: el cerebro cavernícola y el cerebro analítico científico. Los seres humanos hemos sido cavernícolas mucho más tiempo que científicos. Aprendimos a temer lo inmediato y a protegernos de lo inminente. El cambio climático es un tema lejano que no nos impele a huir despavoridos. El cerebro analítico es incapaz de convencer al cavernícola, pues éste necesita sentir el miedo y no sólo entender que el peligro existe.

Cuando nuestros candidatos escriben -o les escriben- sus propuestas, lo hacen apelando al cerebro analítico -eso esperamos de ellos, que piensen-. Saben que el cambio climático es real, saben que reforestar es esencial, que cambiar la dinámica de las ciudades es imperativo, que los desechables deben desaparecer, que el transporte público debe imponerse al transporte privado, que la bicicleta es una opción. Saben todo ello, pero no lo sienten -y muchos, sabiéndolo, tampoco lo entienden-.

Una vez logrado el triunfo, los nuevos funcionarios abandonan los disfraces. Si bien en miles de personas el cerebro analítico ha logrado domesticar y educar al de la edad de piedra, así como orientarlo y dedicarlo al ocio y la diversión; la clase política parece exhibir una mayor resistencia evolutiva. Optan siempre por la solución momentánea, la obra de relumbrón y el aplauso fácil. Sus miras no van más allá de los seis años.

No habrá más parques, no habrá mejor transporte público, no habitaremos una ciudad más amable. Seguiremos construyendo túneles y puentes vehiculares que fomentan el uso del automóvil, seguiremos utilizando combustibles fósiles, tiraremos árboles, nos acabaremos el agua. Y todo porque, una y otra vez, como en las caricaturas antiguas, cedemos el protagonismo al Capitán Cavernícola en turno, cuyo pensamiento real no va nunca más allá de “unga bunga”.

 

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Joel Grijalva

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