Opinión

200 años de Walt Whitman / Café Fausto

Al hablar del poeta Walt Whitman, casi siempre nos lleva a la memoria la imagen de un anciano de mirada tierna y barba blanca como la de un Santa Claus vaquero como posó en esa legendaria fotografía tomada en 1887. Sin embargo, al poeta autor del emblemático libro “Hojas de hierba” del que tengo especial predilección por “Canto de mí mismo” prefiero imaginarlo como el hombre de unos cuarenta y tres años dedicado a ser enfermero voluntario durante la Guerra de Secesión estadounidense muy cerca de la ciudad de Washington, apoyando al ejército del Norte, denominado de “La Unión” con una postura claramente liberal en contra de la esclavitud y admirador de Abraham Lincoln.

Apenas ayer viernes se cumplieron 200 años de su natalicio sucedido en West Hills, Nueva York en el año de 1819. Desde temprano llegaron a mi memoria varios de sus poemas, algunos autores que lo mencionaron como una influencia importante, pero sobre todo tuve en mi recuerdo el entrañable libro “Diario de la Guerra Civil” que escribió luego de su experiencia como enfermero en 1962.

Pienso que sin duda detrás del poeta siempre está el hombre común que desde su vida cotidiana busca retratar a su entorno o a lo más íntimo de sí mismo comprometido con su honestidad y con la belleza. Ese hombre que es en gran medida resultado de su tiempo, por eso al pensar en sus poemas profundamente humanos de Walt Whitman veo a alguien caminando en medio de la tragedia de la guerra, solidarizado con los enfermos, consolando moribundos como lo describe en su libro.

Una coincidencia extraña es que Whitman había comenzado a escribir su libro de poemas “Hojas de hierba” en 1950, el mismo año en que viviendo a Nueva York empezó a visitar los hospitales de esa ciudad para consolar a sus amigos conductores de tranvías que sufrían frecuentes lesiones de trabajo, ese fue tal vez su primer antecedente a su labor de enfermero de guerra y el comienzo de lo más recordado de su obra literaria. No recuerdo dónde leí que fue el único poeta que estuvo en el funeral de Edgar Allan Poe apenas un año atrás.

Su libro “Hojas de Hierba” lo publicó en 1855 en una edición de autor en el que se definía a sí mismo como “Walt Whitman, americano, uno de los duros, un cosmos, desordenado, carnal y sensual, no sentimental, no por encima de hombres o mujeres o aparte de ellos, no más modesto que inmodesto” y aunque fue bien difundido y recibido, el libro fue duramente criticado por considerarlo obsceno y de ser un joven pretencioso. Cinco años después se haría una siguiente edición del que se recibieron muy buenos comentarios.

Whitman es un poeta que hace vibrar porque sus poemas son vida y son canto, son un himno al ser humano y a su entorno al decirnos “Me celebro a mí mismo y a mí mismo me canto, / y cuanto yo asumo también lo asumirás / porque cada átomo que me pertenece también te pertenece. / Vagabundeo ocioso e invito a mi alma, / me recuesto y vago a mis anchas observando una brizna de hierba del estío”.

El poeta se hizo enfermero voluntario luego de conseguir un empleo en una oficina del ejército en Washington y al tener tiempo libre se ofreció de apoyo. De esos días surgió primero su texto “El gran ejército de la enfermedad”, publicado en un diario de Nueva York en 1863 y doce años más tarde nació su libro “Diario de la Guerra Civil” en el que describe sus días apoyando en los hospitales.

“Afuera al pie de un árbol, a menos de diez yardas de la fachada de la casa, veo una pila de amputados pies, piernas, brazos, manos, etcétera, carga suficiente para un carro de caballos. Cerca yacen varios muertos, todos cubiertos con sendas cobijas de lana parda. En el patio trasero de la casa, frente a la ribera, se encuentran las tumbas recientes, casi todas oficiales, con su nombre escrito en las duelas de barril o pedazos de tablas hinchados en la tierra”, señala en un texto del diario fechado el 21 de diciembre de 1862.

Después de una azarosa vida entre el periodismo y como funcionario menor del gobierno, minado de su salud se trasladó a vivir a Nueva Jersey, hizo varias versiones modificadas de “Hojas de hierba”, y en ese periodo ya sedentario fue visitado por el escritor Oscar Wilde. De esa visita se conserva la nota de aviso en la que el escritor irlandés expresa “debo verte antes de dejar América. No hay nadie en este extenso y enorme mundo de América que ame y admire tanto. Con cálido afecto y suma admiración. Oscar Wilde”.

El poeta estadounidense murió a los 72 años de edad en Nueva Jersey, al parecer por complicaciones de una afección pulmonar.

Muchos poetas de ayer y de ahora le deben mucho a Walt Whitman, al que le llaman el poeta de la democracia estadounidense al cantar a la esencia y lo más profundo de su pueblo. De todos esos poetas me quedo con Pablo Neruda que en sus memorias “Confieso que he vivido” es muy claro en su deuda al decir que “yo tenía que ser yo mismo, esforzándome por extenderme como las propias tierras en donde me tocó nacer. Otro poeta de este mismo continente me ayudó en este camino. Me refiero a Walt Whitman, mi compañero de Manhattan”.

Leer a Walt Whitman nunca fue más actual como respiro para la reflexión sobre lo mejor de la esencia del pueblo estadounidense tan diferente y lejano a ese rostro vil e imperialista que tanto daño le ha hecho a Nuestra América.

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