Opinión

El exterminador/ El ardid de escribir a oscuras

El encargado de realizar la fumigación de mi oficina ha llegado temprano. Tiene que dar la vuelta a la manzana para poder estacionar su camioneta en la cochera, lo cual, extrañamente, le desagrada. Mi hermana y yo preparamos los últimos detalles antes de que el procedimiento comience; cubrir los garrafones de agua, las cafeteras. Imprimo unos documentos de último minuto. Cuando estamos a punto de salir del edificio, el impaciente fumigador comienza su labor, justo a nuestro lado. Lleva cubrebocas, nosotros no. No pregunta, simplemente bombea el veneno y alcanza a salpicarnos en los brazos. No parece amable. Tampoco permite que le mostremos las oficinas, los baños, la sala de espera; sin decir esta boca es mía envenena el ambiente. Salimos de manera apresurada.

Nos alcanza afuera cuando, supongo, ha terminado de fumigar. Le preguntamos si incluyó en su labor la oficina de arriba. No dice nada, nos da la espalda y vuelve a entrar. Sale otra vez. Mi hermana le comenta -y debo hacer notar que mi hermana es de verdad muy amable- que en ocasiones anteriores, empleados de la misma empresa, además del producto que se ha aplicado a todos los espacios, habían utilizado un químico especial para el drenaje. “Qué”, grita. “No sé qué es eso”, sigue gritando”. “Bien, no hay problema, llamo a la empresa y les pregunto”, responde mi hermana. “No, no le hable a la señorita, ésa no sabe nada. Háblele a los técnicos”, sigue gritando el caballero. No, no es amable; es grosero. Mientras mi hermana habla por teléfono y explica la situación, el gritón abre la puerta trasera de su camioneta, toma otro químico y grita -siempre grita- “dígame dónde”. “A ver, ahora el señor me está pidiendo que entre al edificio recién fumigado, sin cubrebocas, ¿puedo hacer eso?”, continúa mi hermana al teléfono. El enojado no espera, entra, algo hace adentro y sale. Suponemos que justamente realizó la tarea que hace unos minutos no sabía en qué consistía.

Y entonces la cosa se torna absurda. Le llaman de la oficina para comentarle lo que recién han hablado con mi hermana. Contesta gritando -por supuesto-, dice que ya hizo lo que no había hecho y que mi hermana dice mentiras. Más enojado aún espeta al teléfono “Bien, ya lo hice pero pues ni modo, lo vuelvo a hacer”. Cuelga, vuelve a tomar el químico que recién ha usado y ladra “A ver, ¿quién me va a decir dónde está el drenaje?” Suficiente. No es amable, es grosero y es un idiota. “Cálmate y bájale a tu actitud, ya”, le digo -está bien, también grito-. “Uy, a mí no me hables así. Mira que soy bien alterado”, responde Trucutú mientras se quita su chaleco y pretende prepararse para pelear. “Bien alterado”, pienso, “¿en serio acaba de decir eso?”. La situación podría parecer terrible; es en realidad patética. Es muy difícil no reírse. Un verdadero pelmazo que ha decidido comenzar su día enojado con el mundo y que grita a la menor provocación hace gala de su virilidad y valentía retando a golpes a su cliente porque éste le habló “feíto”.

Estamos en la cochera. Thundarr el Bárbaro es ya una caricatura de un peleador callejero. No pretendo pelearme con él, desconfío de la efectividad de los golpes para resolver problemas. Y de hecho es improbable que ello ocurra, su bravata es eso, simple bravata. Es un estudiante de secundaria muerto de miedo que saca el pecho para demostrarle a su compañero, con el que nunca ha tenido diferencias, que él es más macho, y todo esto porque durante el día, los demás miembros del grupo decidieron que esos dos pelearan y los estuvieron “cuchileando” hasta llevarlos a una escena de baile, sin golpes finalmente, digna de comedia musical. Es un tonto que se ha pasado el alto y responde con una mentada de madre a quien le suena el claxon, porque “A mí nadie me pita, ni cuando me equivoco”. Es un aficionado al futbol que está dispuesto a defender a su pésimo equipo, cuyos jugadores jamás han escuchado hablar de él, a pedradas. Es, pues, un hombre enojado que cree que el mundo debe saberlo y temerle. Y sí, es un miedoso que no hará nada, que reculará, que agachará la cabeza y que recibirá otra llamada. Ah, porque todo esto sucedió mientras mi hermana estaba de nuevo al teléfono con la gente de la empresa de exterminadores. “Pues, el muchacho que enviaste acaba de retar a golpes a mi hermano, en nuestra cochera”, dice mi hermana. “Que se vaya, es lo que te pido, y que de alguna manera me expliques y arregles esto”, continúa. “No, él no va a terminar el servicio, tiene que irse, y tú tienes que arreglar esto. No entiendo cómo mandas a gente así, de verdad tendrás que arrelgar esto”, cierra la llamada. Suena el teléfono de Atouk, quien por cierto ha estado detrás de la puerta de su camioneta desde que lanzó su desafío, valientemente protegido. “No, no, ahorita ya estoy terminando”; “No es cierto, no es cierto; todavía no acabo”; “Termino y ya me voy”. Concluye, se dispone a fumigar por fuera. “No, no vas a terminar, te vas a ir”, le digo. Gruñe o puja o algo por el estilo. “Que te vas a ir, ahorita”, insisto. “Señor, no va a terminar el trabajo, y se va a ir porque no quiero que esté aquí”, sentencia mi hermana. “¿Y qué, no me va a firmar?”, recuerda el lenguaje y alcanza a decir. “No, te vas”. Y se fue.

Y probablemente siga ahí adentro de sí mismo, enojado con todo, dispuesto a presumir a la primera de cambio que es “bien alterado” y que a él nadie le habla feo.

 

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Joel Grijalva

Joel Grijalva

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