Opinión

¿Escritores o académicos? / Favela chic

Ayer, en una reunión de amigos, surgió la polémica trillada y estéril sobre quiénes son mejores: si los escritores o los académicos. Por lo regular, quienes debaten se identifican absolutamente con un solo bando e intentan probar que no sólo su trabajo, sino su estilo de vida en general, valen realmente la pena, mientras que los miembros del bando opuesto no hacen nada de interés y desperdician su tiempo de forma miserable (y de paso, el tiempo de los incautos que atrapan en su telaraña). Suelen ser los escritores de ficción los que defienden esta postura, bajo el supuesto de que los académicos son en realidad artistas frustrados, que vuelcan su rencor sometiendo a juicio “ilegítimo” la creatividad ajena. Ilegítimo en el entendido de que si no son capaces de crear, por ende no tienen derecho a ejercer la crítica literaria, mucho menos si conduce a un dictamen negativo. En su opinión, este rencor se traduce además en una serie de cortapisas para evitar que los escritores sin credenciales ingresen al club de Toby de la academia y gocen de sus bondades.

La polémica me parece estéril por varias razones, en especial por reduccionista. Quienes se enganchan en ella presuponen que los escritores (los “buenos”, los “de verdad”), no han contado con estudios escolarizados, pues su genio está peleado con los programas educativos, los métodos de enseñanza y las dinámicas de evaluación, tolerables únicamente para los squares (o gente anodina y sin pensamiento propio). Como argumento contundente, citan los casos de autodidactas célebres, como Hermann Hesse, pésimo estudiante, que a temprana edad abandonó la escuela y décadas más tarde se convirtió en autor de culto y en Premio Nobel de Literatura. Omiten, tal vez por ignorancia, tal vez deliberadamente, la gran variedad de autores famosos, también distinguidos por la Academia Sueca, que se graduaron de alguna universidad. Tan sólo en la última década, representan la mitad de los premiados: Herta Müller (Filología Germánica y Rumana), Mario Vargas Llosa (Filosofía y Letras), Tomás Tranströmer (Psicología e Historia), Svetlana Aleksiévich (Periodismo) y Kazuo Ishiguro (Inglés y Filosofía).

En la literatura, como en las demás disciplinas artísticas, es inútil abogar por patrones de comportamiento supuestamente infalibles. El solo hecho de truncar los estudios (en cualquiera de sus niveles) no es por fuerza indicio de talento incipiente, como se afirma en discusiones así. Por lo general, obedece a factores socioeconómicos diversos: a la escasez de tiempo, de espacios institucionales, de recursos financieros o de apoyo en el hogar; a un embarazo precoz; o bien, a problemas de carácter, como la indisciplina, la holgazanería o la simple falta de interés. La trayectoria posterior es la que habrá de esclarecer si ese episodio fue una mera deserción o, por el contrario, el inicio de una carrera alternativa y prometedora. Si fue una decisión libre y consciente o el resultado de una fatalidad.

Otro aspecto de la polémica que me resulta chocante, por falso, es el supuesto antagonismo entre los escritores de ficción y los académicos. Desde su perspectiva, por falta de dotes, los segundos tienen vedado el camino de la senda literaria y viceversa. En verdad, llevar una doble vida, desenvolverse en dos mundos, exige un esfuerzo titánico y no cualquiera da el ancho: “El que a dos amos sirve, con uno queda mal”, reza el dicho. Sin embargo, a nuestro alrededor puede haber gente que logre interpretar dos o más papeles incompatibles en apariencia. A sus 31 años, César Cañedo es un atleta, con un doctorado en literatura, que trabaja como profesor de la UNAM y ha publicado tres poemarios: el último, Sigo escondiéndome detrás de mis ojos, ganó en febrero pasado el Premio Aguascalientes de Poesía. Aunque sea doloroso admitirlo, las limitaciones de unos no tienen por qué ser las limitaciones de todos.

Reconozco que la carrera académica, con la que yo sólo he coqueteado hasta ahora, sin ilusionarme demasiado, es intrincada y excluyente, pero no menos que la carrera de escritor o de artista. A nivel profesional, esto se debe a que los espacios para escribir y publicar son tan reducidos como aquellos para estudiar y enseñar. Al tocar las puertas de ambos medios, uno se percata de inmediato de que la demanda sobrepasa por mucho a la oferta. Una larga fila de aspirantes, a la que se van sumando nuevos rostros periódicamente, ya nos aguarda. La dura competencia tiende a crear guetos y mafias que protegen sus intereses. Pero siempre hay personas que se ganan un lugar y lo mantienen por sus propios méritos. En medio de la polémica en aquella reunión de amigos, les hablé de Julieta, una destacada alumna de doctorado, de apenas veintiséis años, que desde hace tiempo se desempeña en la UNAM como profesora de asignatura: “A chicas como ella me refiero cuando hablo de competencia dura”, expliqué.

Uno de mis interlocutores respondió que la vida de Julieta debía de ser la mar de soporífera y por lo tanto no la envidiaba en absoluto. “Si se ha quemado tanto las pestañas es porque no ha vivido y, por lo tanto, no tiene mucho que enseñar”, parecía decir entre líneas. Otro lugar común que nos gusta repetir cuando rivalizamos con los mataditos. En ese momento me vinieron a la mente las imágenes de Julieta en Instagram, donde luce feliz y plena en sus distintas facetas: la de estudiante y académica, la de hija y esposa, la de viajera y cocinera. Siempre con una sonrisa contagiosa. “Si eso no es vivir, entonces ¿qué es vivir?”, pensé. No quise preguntarlo en voz alta, para no entrar una nueva polémica, ociosa y estéril, que demerite a unos y engrandezca a otros. A lo mejor todos cargamos a cuestas con la sombra de un fracaso que no hemos logrado asimilar y necesitamos desahogarnos haciendo trizas al prójimo. Pero en vez de eso les propongo que día con día, frente al espejo, repitamos con serenidad y aceptación las palabras Chesterton: “El hombre que soy saluda al que pude ser”.

 

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Gabriela Lira Rosiles

Gabriela Lira Rosiles

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