Opinión

Inventario / La escuela de los opiliones

Letrero: “cerrado por inventario”. Unos muchachos caminan los pasillos para registrar lo que hay y lo que ya se acabó. Pequeños dioses de espacios reducidos. Bibliotecarios del consumo, usan los códigos de barras y los escaneadores para documentar la vida de los objetos. No muy distinto a, un día, crear un archivo de excel para hacer tu primera base de datos de lo trivial: los zapatos, las camisas, las herramientas, las tazas. Algunas veces me fascina la sencillez de estas tareas tediosas. Siento que cuando las preguntas se han terminado, cuando son muy difíciles o las respuestas son imposibles de conseguir, abandonarse a la tarea de inventariar es uno de infinitos propósitos posibles para descansar la mollera.

Cangurera: cuando era pequeño me compraron una cangurera verde militar. La tela era muy resistente. La usé durante años. Adentro guardaba mis plumas, mis lápices de colores, mis navajas para pelar los lápices y, en casos desesperados, amenazar a los psicópatas buleadores. Ya no las hacen así: las cangureras han modificado sus formas a favor de los celulares de pantallas grandes y las compulsiones de una vida sana. Los señores amarillo pikachu dictan las reglas del mercado. Me pregunto qué habrá sido de ella, he llegado a extrañarla porque soy un hombre práctico antes que, ja, ser un papacito de estilo. Quizás yo también soy un señor amarillo pikachu y debo admitir que me hacen falta algunos bolsillos cuando salgo a correr. Algunos objetos desaparecen de tu vida, pareces olvidar su destino. La gente cree que los objetos guardan la energía de sus dueños y aunque eso es tonto, es suficiente para hacerse de amuletos, maldiciones, mensajeros metafísicos. Los lentes de mi abuelo me permitirán ver como él, los vestidos de mi abuela me moverán a bailar como ella. Ah, la cangurera, tal vez se perdió o alguien más se lo llevó (¿qué pasa cuando un objeto se carga de dos energías? ¿El objeto vive confundido?). Tal vez lo tiré a la basura después de los primeros parches.

Reloj de cadena: unos tíos me regalaron un reloj de cadena durante la adolescencia. Había poesía facilona en buscar el reloj en el bolsillo y jalar la cadena del tiempo cuando alguien pedía la hora. El reloj es el esclavo, el tiempo encarcelado, pero los prisioneros somos nosotros; ya saben, el tren de pensamiento que nos conduce por toda el sistema digestivo de Cronos cual si fuera un calabozo de Zelda. Todavía conservo el mecanismo en algún lugar (¿el reloj deja de ser reloj cuando deja de funcionar?, ¿ha perdido su propósito?, ¿se convierte en la distorsión del amuleto?). El reloj perdió su dorado artificial de tanto uso y detuvo las manecillas unos cinco o seis años después, pero ahí sigue, en algún cajón, pensando en tiempos mejores y en aquel muchacho que no tenía por qué usar un reloj de cadena. A veces, después de más de veinte años, me detengo a preguntarme: ¿por qué me lo regalaron? Quizás el amuleto no tiene la energía del tiempo, pero del enigma, el misterio. Quizás es la llave para abrir las puertas ocultas en una cueva en una isla en un país imaginario.

Joysticks: por alguna extraña razón pienso que no tengo suficientes joysticks, o gamepads, o controles para la consola de videojuegos, escójase la mejor acepción a gusto de lector conocedor o chascarrillo. A la primera oportunidad, me compro alguno para conectarlo a mi computadora de videojuegos y ver qué tal funciona con el videojuego en turno; cuento al menos seis gamepads de distintas marcas. Tengo los controles aunque no tengo las consolas, para qué, si una buena computadora ha desplazado cualquier necesidad de tenerse un atari y un nintendo y una family. Me gusta tomar nota del tacto y la sencillez de estos aparatejos, pero tengo tantos de ellos que no podría marcar un preferido, no tengo un joystick guardián entre todos ellos. Claro, me divierte más joystick por lo del palito de la felicidad y del gozo. Esas palancas que mueven el placer y el mundo, mira, al menos el día de hoy tuve una revelación: quizás esas son mis preferidas. Letrero: “hay juegos que nunca habrán de acabarse”.

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Agustin Fest

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