Opinión

La iglesia y el Estado (nuevamente) / El peso de las razones

En el “Acto de unidad en defensa de la dignidad de México” (sabemos que al presidente le encantan los nombres de eventos e instituciones pomposos y emocionales), llevado a cabo en Tijuana este sábado, tomaron la palabra Arturo Farela, presidente de la cofraternidad nacional de iglesias cristianas evangélicas, y Alejandro Solalinde, sacerdote católico y devoto de la cuarta transformación. A muchos nos sorprendió que Solalinde, antes un trabajador incansable por los derechos humanos de los migrantes centroamericanos en la frontera sur de México, se presentara a un evento en el cual, sobre todo, se celebró el resultado de una negociación que, por lo que sabemos públicamente, México hará parte del trabajo sucio de los Estados Unidos en el tema migratorio (y que, sospecho, tendrá en los migrantes a sus principales afectados).

No obstante, mi intención en este espacio no es hablar de la negociación con el presidente Trump, ni de la tensa relación diplomática que vive México con su vecino del norte. Lo que a mí más me sorprendió del evento sabatino es el cinismo con el que la cuarta transformación ha socavado ya el laicismo mexicano. Ahora no se trató de un evento privado en el que se presta un recinto público para celebrar los 50 años de un autodenominado “profeta”, que resultó más bien un criminal sexual. Mucho había que alegar y contraargumentar en este caso: todos pudieron fingir, con nulo o escaso éxito, ignorancia sobre la naturaleza del evento. Los responsables pudieron, días después, y para esconder sus metidas de pata, señalar que el Palacio de Bellas Artes no se volvería a prestar para eventos privados. El evento en Tijuana, por el contrario, ha mostrado un cinismo pocas veces visto en la relación hipócrita que ha vivido por décadas el gobierno mexicano con las distintas iglesias (en particular, con la católica).

Tanto Farela como Solalinde tomaron el micrófono en un evento público federal, dieron sus opiniones y predicaron (al menos en tono y con torpes analogías) a la audiencia. Detrás de ellos, sentado, el presidente de México esbozaba una sonrisa y aplaudía. ¿Recuerdan las críticas que con justicia se le hicieron a Vicente Fox cuando besó el anillo papal? En México el laicismo a la francesa nos había funcionado bien: había mantenido a raya a las iglesias de su protagonismo político. Cierto es que, por debajo de la mesa, los líderes religiosos siempre han negociado con el gobierno, y también han llevado a cabo movimientos y protestas públicas disfrazadas con un halo de sociedad civil. Pero el laicismo mexicano había bloqueado su presencia pública abierta, lo cual, a su vez, había limitado su injerencia pública. No obstante, la cuarta transformación de la vida pública de México reveló el sábado, sin matices, una de sus aristas principales: el juego público que se pretende dar a las iglesias en la vida pública mexicana. ¿Hay que lamentarse por ello? Pienso que sí.

El presidente de México cada día exhibe de manera más clara su ideología comunitarista (conservadora). Piensa que es necesario, para restablecer el tejido social, coquetear con las iglesias. Ha comprendido bien la nueva lógica que parece dominar en algunas democracias, como la norteamericana: sin hablar de dios y de valores resulta imposible conectar con la gente. Pero el dios de nuestro presidente no es un concepto abstracto como el de nuestro vecino del norte, pues está representado por las diversas iglesias cristianas (la católica incluida), y con preeminencia de las iglesias evangélicas. Lo tiene claro: debe llevarse bien con quienes guían el comportamiento de su base electoral. Hasta ahí, la lógica del presidente se comprende bien.

Sin embargo, veo diversas razones para lamentarnos y preocuparnos. En primer lugar, el coqueteo particular del presidente con las iglesias cristianas puede representar de mala manera al incipiente pluralismo religioso mexicano. ¿Por qué, si debemos dar juego a la religión en la política, no tomaron también el micrófono representantes de la comunidad judía, de la musulmana, etc.? ¿Acaso no también se dejó fuera a la parte de la población que es explícita y manifiestamente atea? Dar juego a los distintos credos y prácticas religiosas en la vida pública siempre termina, tarde o temprano, dejando fuera a algunos.

En segundo lugar, los problemas de equidad se manifiestan más temprano que tarde. ¿Quién debe tomar primero el micrófono? ¿Se debe dar el mismo espacio a todos los credos? ¿Cómo regulamos los espacios públicos para que sean equitativos con la diversidad religiosa? ¿Qué es una religión y cómo saber a qué considerar como tal? La vida pública repleta de manifestaciones religiosas diversas es una caja de Pandora. Por estas razones, el laicismo a la francesa, un modelo de vida pública vacío de manifestaciones religiosas suele ser pragmáticamente mejor que un modelo de vida pública repleto.

En México no hemos encontrado ni promovido vínculos ciudadanos seculares que nos permitan embarcarnos en un proyecto público común. Este fracaso, que antecede por mucho al gobierno actual, es en parte el responsable de que la cuarta transformación busque antiguos menjurjes en el baúl de las malas ideas. Por mi parte creo innecesario que lo hagan: la legitimidad del presidente bastaba para empezar a construir un nuevo proyecto político desde el laicismo. Debemos preocuparnos de la solución que se está buscando, y debemos preocuparnos más de que este gobierno esté tan dispuesto a coquetear tanto con las iglesias como con el ejército. Un poco de perspectiva histórica, no maniquea, basta para que un día de estos nos ataque el insomnio.

 

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Mario Gensollen

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