Opinión

La luz del mundo II / Memoria de espejos rotos

I caught the darkness, it was drinking from your cup

I caught the darkness, drinking from your cup

I said is this contagious?

You said just drink it up…

Darkness. Leonard Cohen

 

El poder implícito que tiene un líder religioso sobre sus creyentes es un poder poco regulado por el derecho, ya que impacta en la franja de las libertades de culto y de expresión. Sin embargo, es un poder que -de facto- se ejerce mediante la persuasión, el adoctrinamiento, la manipulación, la franca coerción, o la sutil orientación de la conducta de quienes deciden entregar su credulidad a cambio de cierto bálsamo espiritual, emocional, psicológico, o de pertenencia grupal.

Este poder, pero sobre todo la poca regulación efectiva para su ejercicio, ha propiciado el abuso en todas sus expresiones, desde el económico hasta el sexual, pasando eminentemente por el político. De este modo, líderes religiosos de todas las confesiones han cometido fraudes, violaciones, delitos electorales, vejaciones físicas y psicológicas de todo tipo. Efectivamente urge llenar ese hueco regulatorio en torno a la actividad específica de los liderazgos de credo religioso para quienes se ha normalizado que el ejercicio del poder implica la imposición del dominio sexual, entre otras formas de vulneración.

Ejemplos sobran. La iglesia católica tiene un amplio historial de crímenes de cualquier índole, una evidente y escandalosa casuística de abusos sexuales contra niñas, niños, mujeres y jóvenes. Pero eso no es privativo de los católicos; las distintas confesiones del cisma cristiano tienen también una amplia documentación de sus abusos, e -incluso- líderes de credos que podrían considerarse más “amigables”, como el budismo, el taoísmo, las religiones chamánicas, o el coctel de creencias New Age, se han visto envueltos en violaciones a las leyes, muchas de carácter sexual.

Así en este contexto, Naasón Joaquín García, líder del instituto de credo La Luz del Mundo, fue detenido este martes en California, EEUU, para que respondiera ante el Tribunal Superior del Condado de Los Ángeles por 26 denuncias derivadas de su comisión de delitos como: trata de personas, producción de pornografía infantil, violación forzosa de un menor, y otros delitos igualmente graves que habrían sido cometidos por el líder entre 2015 y 2018, en un periodo en el que Naasón “oficiaba” su culto en ese estado de la Unión Americana.

El hecho en sí mismo no sorprende. Que un timador de esa calaña (vamos, afirmarse como reencarnación de un carpintero que presuntamente existió hace unos dos mil años es -a todas luces- un timo) se haya enriquecido económicamente a costa de las necesidades psicológicas de la gente, y que haya abusado sexualmente de quienes le han obsequiado su fe, no es para nada sorprendente.

Lo que sí es sorprendente del caso es que el sistema judicial y de procuración de justicia de EEUU haya sido expedito y funcional, mientras que en México no se han dado a conocer públicamente denuncias contra el personaje de marras. Esto tiene tres explicaciones: o en México no cometió abusos, o en México pudo acallar a sus víctimas, o sus víctimas fueron también violentadas por la impunidad del sistema judicial y de procuración de justicia de nuestro país.

De estas tres explicaciones, la primera es harto endeble, aunque posible; la segunda (si nos atenemos al patrón seguido en los mismos casos por -digamos- la iglesia católica) es muy probable; mientras que la tercera se sustenta por sí misma al repasar la historia de ese instituto de credo.

Los vínculos y la red de relaciones que La Luz del Mundo ha tejido con la clase política mexicana son evidentes. Más allá del homenaje que no fue homenaje, que el estado mexicano consintió obsequiarle a Naasón Joaquín en el Palacio de Bellas Artes; la forma en la que este instituto logró la urbanización de una franja importante en Guadalajara, Jalisco, consintiendo la edificación de un gueto alrededor de su templo sede (un palacio del ostento y del mal gusto); la manera en la que el Sistema de Administración Tributaria ha sido omiso en el cuestionable enriquecimiento de los liderazgos de esa iglesia; la manera en la que la Secretaría de Gobernación (a través de la Dirección de Asociaciones Religiosas) ha desestimado el peso electoral y de riesgo de gobernabilidad de un instituto con ese número de miembros y ese nivel de adoctrinamiento; o la forma en la que las fiscalías de la PGR afirmen que no hay denuncias contra esa iglesia o contra sus líderes, son muy ilustrativas del cobijo institucional que ese club ha tenido desde hace décadas.

El líder de fe tiene poder. Un poder que se ejerce. Un poder al que es difícil contravenir por parte de sus fieles cuando éstos, por su escasa edad, su inmadurez psicosocial, o sus taras emocionales expresadas en fervor religioso, son sometidos al abuso. Un poder que abate a cualquier víctima cuando el argumento para vulnerarla es que “esa es la voluntad de dios”. Qué mierda de dios y qué mierda de representantes en la tierra. Por eso, en aras de la laicidad del estado, del imperio de la ley, y de la estricta protección de los derechos humanos, los líderes religiosos deben ser regulados en el ejercicio del poder que la fe de las personas les ha conferido. Y deben responder por ello.

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Alan Santacruz Farfán

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