09/07/2020


Beatriz, personaje de la Divina comedia, era bella en cuerpo y espíritu, pero esta doble virtud no la hizo inmune al tormento de los celos. En su arduo peregrinaje por el Purgatorio, Dante se encuentra con ella en la cima del Paraíso. Luego de oír a las almas plañideras confesar sus pecados, hasta ese momento nos enteramos de qué pie cojea el poeta: es un donjuán. Y digo es, porque como saben los lectores de la Divina comedia, aún corre sangre por sus venas. Beatriz, ni tarda ni perezosa, le hace una acusación pública: “Le sostuve algún tiempo con mi rostro: / mostrándole mis ojos juveniles, / junto a mí le llevaba al buen camino. / Tan pronto como estuve en los umbrales / de mi segunda edad y cambié de vida, / de mí se separó y se entregó a otra”.

Es decir, Dante perdió el interés en su amada y se metió en líos de faldas. Tras la muerte de Beatriz, siguió saciando sus apetitos carnales sin el menor remordimiento. Pero a diferencia de las almas del Purgatorio, aún estaba a tiempo de retomar la senda de la virtud. Al oír este severo reproche, el florentino se quedó sin palabras, entre confundido y temeroso. Da la impresión de que intenta fingir demencia, una táctica típica de los adúlteros sentados en el banquillo de los acusados. Así lo interpreta Beatriz, que impaciente lo interroga, fustigada por unos celos de ultratumba: “¿En qué piensas? / respóndeme, pues las memorias tristes / en ti aún no están borradas por el agua”. O sea, no tiene el pretexto de haber bebido del río Leteo, que produce amnesia. Acorralado, sin el auxilio de su amigo Virgilio, termina por admitir sus yerros y se suelta a llorar como un chiquillo ante los regaños maternales.

Aunque la crítica ha insistido en el carácter puramente simbólico de Beatriz, se dice también que el Dante de carne y hueso conoció a una mujer de ese nombre, cuando apenas era una niña de nueve años, y el flechazo fue instantáneo, pues su hermosura ya despuntaba desde entonces. Pero su relación no trascendió la fase platónica. Según cuenta el poeta en su autobiografía Vida nueva, cuando Beatriz ya había cumplido los 18, intentó seducirla con la táctica de la indiferencia: cortejaba ostensiblemente a otras mujeres, hiriendo su vanidad. Sin embargo, le salió el tiro por la culata y Beatriz le retiró el habla, indicio de que ya le correspondía. Luego falleció en la flor de la juventud, con apenas 23 años, por lo que Dante sólo pudo enmendarse en el terreno de la poesía.

Realidad o ficción, los celos juegan un papel en el mito construido en torno a esta pareja. A sabiendas de que Beatriz también era proclive a esa baja pasión, el poeta la retrató superior en cuerpo y alma al resto de las mujeres. Siglos después, Sor Juana habría de esclarecer esta paradoja en un célebre romance dedicado a los celos. Desafiando un prejuicio muy arraigado, no los representa turbios ni mezquinos, sino tan puros y nobles como el amor, con el que están emparentados en línea directa. Para la Décima Musa, sin ellos no contaríamos con una prueba contundente de su existencia: “¿Hay celos?; luego hay amor / ¿hay amor?, luego habrá celos”. De hecho, pueden ser incluso más sublimes que el amor mismo y que todos los gestos de apariencia virtuosa, pues a diferencia de éstos no se pueden fingir ni calcular. Con una lógica implacable, la hermana jerónima corona con este cuarteto su elogio de los celos:

No son, que dicen, de amor

Bastardos hijos groseros,

Sino legítimos, claros

Sucesores de su imperio

En fechas recientes, otra Beatriz fue presa de su “furor violento”. La esposa del presidente López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, tuvo un exabrupto en el marco del Centenario Luctuoso de Amado Nervo, que se volvió para ella una especie de espíritu chocarrero, desde que pronunció mal su nombre en un programa de televisión. Al percatarse de que una guapa diputada nayarita, Geraldine Ponce, se había acercado mucho a AMLO, con quien hablaba efusivamente, Beatriz reaccionó al instante y le dio un empellón para marcar su territorio. Geraldine guardó la compostura y se hizo de la vista gorda. Pero vivimos en la sociedad del espectáculo y, para la mala fortuna de Beatriz, su arranque de celos fue captado por las cámaras y se viralizó en las redes sociales. Luego se apresuró a componer el desaguisado, ante la avalancha de burlas y de ataques en contra de la diputada, pero el video la desmiente. El mensaje de apoyo que envió a Geraldine a través de FB representa en el fondo un jalón de orejas para los haters, pero también para sí misma: “Muchos no conciben que seas bonita y, además, comprometida con nuestro México”, declaró en un acto de sororidad. Y es que Geraldine, con sólo 25 años, aparte de tener una carrera política y estudios de ingeniería, ha sido coronada en dos ocasiones como reina de belleza.

Cualquiera habría sentido pasos en la azotea y Beatriz no fue la excepción. Ante la pesadilla dantesca de que su marido se convirtiera en un honorable rabo verde, experimentó el “picor del amor” (como define los celos Ramón Gómez de la Serna) y tuvo que rascarse a la vista de todos. Podrían replicar que su conducta fue reprochable porque AMLO no es cualquier persona, sino el presidente de México, y por eso Beatriz debe ser un modelo de conducta en su papel de Primera Dama. Pasarían por alto que los méritos cívicos, en la vida real, pueden coexistir con las flaquezas del alma. Además, aunque las formas pesen bastante en ciertos ámbitos, las pasiones genuinas no pueden ser maniatadas por ninguna investidura, mucho menos la pasión por un hombre y quienes la conocen me darán la razón. Contra el discurso moderno, Beatriz no se devaluó por haber hecho explícitas sus inseguridades. Por el contrario, su amor pasó la prueba de autenticidad de la que nos habla Sor Juana. Mientras no sean llevados a extremos patológicos, los celos enaltecen a los amantes y también los legitiman. Como en el terreno de la política, sólo quien tiene las agallas para defender su reino, se gana también el derecho de gobernarlo.

 


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