Opinión

Nicolás Guillén / Café Fausto

Su oficina no era ni lujosa, ni enorme, esa oficina parecía más la de un director de escuela pública mexicana con un montón de papeles y muchos objetos sencillos que me daban a imaginar que a su dueño le habían sido entrañables recuerdos, adornos y cuadros que decoraban ese espacio que por años había sido su espacio cotidiano de trabajo.

Era la oficina del poeta y periodista cubano Nicolás Guillén a quien tanto admiro, ubicada en el segundo piso de la sede nacional de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) localizada en el Vedado, lugar donde me había citado su nieto Nicolás Hernández Guillén, actual responsable de la Fundación destinada a difundir el legado de su abuelo.

Ubicada en la esquina de las calles 17 y H en el Vedado, las oficinas conformadas por una estancia y dos habitaciones, una de ellas la oficina de Nicolás Guillén, fue por muchos años el lugar desde el que despachaba el poeta hasta 1985. Ahí me esperaban sonrientes y amables Denia García Ronda, una de las más calificadas especialistas en la obra de Guillén y el nieto del escritor para realizarles algunas preguntas como parte de mi estancia académica en Cuba que era parte de mi investigación de la tesis de Doctorado en Humanidades que actualmente estudio.

Mientras converso con ellos trato de observar el lugar en el que había al lado de la puerta un escritorio sencillo, enfrente una mesa redonda para juntas con cuatro sillas que apenas cabía en ese pequeño lugar que fue seguramente fue hace cincuenta años uno de los dormitorios de esa casa que alguna vez fue lujosa.

Denia García me comenta lo que a través de la lectura podemos comprobar, que Nicolás Guillén más que un poeta de la negritud es un poeta de lo mulato, un escritor que nos revela en cada poema ese mestizaje y esencia caribeña existente no solamente en la isla, sino en toda esa región continental. Siempre generosa, a Denia la vería un año después en Guadalajara donde le gestioné que dictara una conferencia en el marco de la Feria Internacional del Libro y con su sencillez aprovechó para asesorarme para un ensayo que escribía sobre el libro Autobiografía de un esclavo de Juan Francisco Manzano.

Por su parte, el nieto del poeta recordó un poco de sus memorias infantiles y juveniles con el abuelo poeta, de sus paseos por las calles de La Habana, de cómo no había tenido oportunidad de tratarlo hasta los siete años de edad ya que Nicolás Guillén estaba en el exilio político regresando a la Isla hasta el triunfo de la Revolución en 1959.

“Era una persona que tenía una relación especial con los niños, una cercanía y sensibilidad a su ternura, era un hombre que le emocionaban las cosas pequeñas y sencillas de la vida como ver a un pollito”, comentó “me llevaba de paseo caminando desde su casa a algunos comercios del centro, íbamos a una librería, le gustaban los bolígrafos, los portaplumas, al ir a la librería una vez ahí me regaló un portaplumas y desde entonces me gustan mucho los portaplumas”.

Hernández Guillén levanta la vista y guarda silencio, luego recuerda cómo su abuelo le permitía que le sacara punta a sus lápices mientras escribía algún texto periodístico en el estudio de su casa. Para el nieto de Nicolás Guillén los mejores recuerdos estaban en la vida sencilla de ese comunista consecuente y comprometido que al regresar a Cuba dedicaba su día entero en apoyar a la transformación social, pero se daba siempre tiempo para ver un poco a sus nietos para disfrutarlos después de los años de ausencia.

Luego comenta de lo duro de la tarde de su muerte en julio de 1989 en que lo vio en el hospital por última vez. Desde hace algunos años Nicolás Hernández Guillén es el responsable de la Fundación con el nombre de su abuelo que realiza actividades académicas, artísticas y culturales, así como la publicación de libros sobre la obra del poeta. Después de la conversación nos despedimos y recorrí a solas la casa imaginando los pasos de Nicolás Guillén por esos pasillos.

Dos días después al andar de regreso del santuario de la Virgen de Regla, por el embarcadero de La Habana me encontré con una escultura de bronce en tamaño natural de Nicolás Guillén. Estaba de pie como mirando al mar en la Alameda de Paula, lo pensé en sus años de tanta energía en la década de los sesenta y setenta caminando por estos lugares, fue como encontrarse con un amigo al que descubrí en sus poemas desde que yo cursaba la secundaria. La izquierda llegó a mi vida más por la poesía que por los textos teóricos, mucho le debo por eso a Nicolás Guillén, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Vladímir Mayakovski, a tantos otros.

Apenas una semana atrás, como parte de mi investigación académica había llegado a Camagüey para reunirme con el escritor e investigador Luis Álvarez, para entrevistarlo sobre el tema de mi tesis y pedirle asesoría, también por supuesto para conocer la casa natal de Nicolás Guillén y contactar con el Centro de Estudios Literarios que lleva su nombre.

Poco antes de conocer la casa de Guillén había recorrido la Casa Museo de mi admirado revolucionario independentista Ignacio Agramonte y Loynáz, conocido como “El Mayor” ubicada muy cerca del templo de la Virgen de La Merced en el centro de esa ciudad. La casa criolla, los muebles, los objetos del héroe y sus retratos me tenían impresionado. Después, caminando llegué a la casa del autor de Motivos de son, un hogar modesto y pequeño del siglo XIX ubicado en la esquina de Hermanos Agüero y Goyo Benítez.

Su máquina de escribir, una gorra que llevó cuando fue a España a apoyar a los republicanos, algunas cartas y muchas fotografías es parte del acervo. Los muebles que decoran la sala son los típicos de una familia de clase media de comienzos de siglo, su patio interior me recordó inevitablemente la casa de mi abuelita materna en la calle cinco de febrero en el Barrio El Encino de esta ciudad. Imaginé al niño Nicolás corriendo por ese patio más largo que ancho, más pasillo que patio por el que podía entrar a varias de las habitaciones que servían de dormitorio hasta llegar al otro patio trasero que más lo imaginé donde alguna vez tendían la ropa recién lavada.

¿Cómo nace el poeta, cómo el periodista?, me pregunto mientras camino por las calles del que fue su barrio. Seguramente en esas calles de Camagüey, en ese lugar donde puede respirarse su infancia, ahí nació el poeta. En la infancia, ese lugar que está en cada uno de nosotros y que Nicolás Guillén compartía con su nieto en La Habana con las cosas sencillas de la vida. Ahí estaba la poesía de ese hombre, entre otros muchos de sus lugares, en su capacidad de observación y asombro, con el profundo amor a su pueblo.

 

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Fabián Muñoz

Fabián Muñoz

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