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martes, enero 13, 2026

Para quienes el invierno no llegó/ El ardid de escribir a oscuras

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Benioff y Weiss hicieron un piloto de Game of Thrones que no salió al aire. Al final del capítulo, Cersei y Jaime tienen relaciones sexuales, lo cual debería resultar escandaloso -por lo menos para una porción importante de la población- pues se trata de una pareja de hermanos. Sin embargo, ninguno de los invitados a ver el piloto se sintió particularmente incómodo con la escena. Esto porque ni uno solo había entendido el lazo familiar entre los personajes. Es decir, desde un inicio, Benioff y Weiss dieron trazas de lo que podría ocurrir si la historia dependía de ellos y no de George R.R. Martin.

La octava temporada de la serie de HBO resultó, para una abrumadora cantidad de fanáticos, atroz. Arcos resueltos al aventón o violentados, exceso de guiños para agradar -hasta el desagrado- a los aficionados, prisa, injusticia con los personajes. Siete años tirados a la basura. La mejor serie de la historia -para algunos- arruinada por un mal final. Y lo único que puedo pensar es que nos hace falta leer novelas.

El poema y el cuento son pequeñas máquinas de relojería. Engranes innecesarios, un muelle mal colocado, la ausencia de una uñeta y la maquinaria deja de funcionar. Un verso de espanto hace espantoso un poema. Un ripio mínimo infecta todas las estrofas. Dos renglones de digresión y el cuento de desploma. Todo pésimo final de cuento es final de pésimo cuento. La novela es un mamotreto desobediente. No es un reloj, es una Rube Goldberg: una máquina deliberadamente compleja y sofisticada que realiza una tarea simple de manera enredada e indirecta -la vela que corta el hilo que deja caer la pelota que enciende el ventilador que impulsa el avión de papel que toca el interruptor de la luz-. Peor aún, es una Rube Goldberg rebelde para la que ni siquiera la causalidad es obligatoria.

La novela puede fallar. En ocasiones las digresiones se extienden más allá de lo tolerable, como en el “París a vuelo de pájaro” con que cierra el tercer libro de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo. Un personaje puede cambiar abruptamente de nombre, como en El Testigo, de Juan Villoro. A veces sobran detalles -lo cierto es que nada en Tashtego resulta interesante y bien podría no haber existido pues sólo distrae de Queequeg, en Moby Dick-. Las sagas, colecciones, novelas en tomos, obras mixtas de cuentos y novelas, son más fértiles incluso para la imperfección. Sherlock Holmes murió por gracia de Conan Doyle, y resucitó por exigencia del exigente público -no, el “fan service” no es nuevo, no es de este siglo, no es su descubrimiento, vamos, hasta RBD se dio el lujo de tener tres finales-. La monumental En busca del tiempo perdido no es memorable de manera uniforme y contiene segmentos olvidables, y quizá olvidados; tal como les ocurre a la tetralogía de Terramar, de Úrsula K. LeGuin o a la serie de la Fundación, de Asimov.

Y sí, hasta los finales tienen el permiso de la debilidad. Crimen y castigo -objetivamente la mejor novela de la historia; es más, el único conjunto de palabras ordenado que da testimonio de la grandeza del universo- no se destaca por lo agraciado de su desenlace. El arrepentimiento de Raskolnikov y la posibilidad de un feliz final al lado de Sonia no hacen imperfecta la novela, pero tampoco constituyen la fuente de su perfección. Lo mismo ocurre con El Quijote, la Novela -las dos, pues-, excelente de cabo a rabo, excepto en el rabo, que resulta bastante, digamos, debilucho. La derrota a manos del camaleónico Sansón Carrasco precipita la historia hacia un final desabrido, por no llamarle mucho peor -que es lo que se merecería ese méndigo cierre en que don Alonso abjura de su quijotismo-.

Vamos. La digresión de Victor Hugo es bellísima, y ella sola vale como gran literatura. La presencia de Tashtego no resta méritos a Ahab, Moby Dick o el ensayo sobre la blancura. La indeseable resurrección de Sherlock no obsta para que forme parte del olimpo de personajes más influyentes. El momento magdalena-aleph de Proust es una escena inmaculada continente de máculas. Los primeros libros de Terramar y Fundación son tan provocativos que cualquier resbalón posterior, dos o tres tomos más allá, no evita que haya que regresar a ellos con deseable frecuencia. Crimen y castigo y El Quijote no toleran ni la sugerencia de que se les cambie una coma.

Las novelas de verdad enseñan que podríamos olvidar, u odiar, si nos lo propusiéramos, toda La guerra y la paz, pero también demuestran que una sola escena bastaría para que olvido y odio se esfumaran. Mientras Andrei cae herido, en medio de la guerra, mira hacia el cielo y es testigo de la tranquilidad y la paz. Leer novelas, de verdad, hará que quien ha sido feliz con la serie de Game of Thrones, lo siga siendo a pesar de la desaparición de su personaje favorito, del incumplimiento de las promesas, del torpe asesinato de su reina o del desarrollo relampagueante de su locura, de la coronación ridícula, del exilio inexplicable, del invierno que no lo fue.

 

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