Opinión

¿Por qué voto? / Opciones y decisiones

Remitámonos a esta cuestión primordial. La opción original por la que yo decidí escribir semanalmente en estas páginas, se presentó como aparentemente surgen las oportunidades en la marcha de nuestra vida, como algo atrayente e inesperado. Yo me encontraba en un proceso de plena convalecencia, a causa de la enfermedad más grave que hubiera padecido en el trayecto de mi vida. Una peritonitis generalizada que me mostró sus terribles colmillos aquel 1º de julio de ese año en curso, 2008. Estábamos hacia fines de noviembre, cuando ya se había anunciado el lanzamiento de La Jornada Aguascalientes para el 1 de diciembre. Entonces recibí la invitación a colaborar con este nuevo diario en el espacio de nuestro estado. Me atrajo y apasionó de inmediato la idea de escribir una columna, después de la efímera y fallida aparición de otro predecesor, Altiplano; se concretaba la posibilidad de formar parte de un proyecto editorial alternativo. Y no quedaba tiempo para pensarlo demasiado, había que decidir sobre qué iba a escribir y qué nombre ponerle a este espacio editorial.

Tenía que ser algo que me identificara como un autor de opinión, entre varios colegas, con el mismo espíritu de emprendimiento, de ánimo fundacional y coraje competitivo, como en el que estábamos emplazados. Interpelados sin duda por la realidad social y cultural de nuestra ciudad, que era prevaleciente en este tiempo preciso –no olvidemos ese septiembre negro que derrumbó el mercado financiero global de Nueva York-. El diario nació “porque alguien tiene que decirlo”… un lema que llama al compromiso con la sociedad y a darle voz a “los sin voz”. Mi columna tenía que sintonizar con ese nuevo lanzamiento periodístico.

Me tomó algunas caminatas vespertinas, casi a la hora incomparable y mágica de las puestas de sol sobre ese emblema natural de Aguascalientes, en pleno terreno poniente, que es el Cerro del Muerto, para elegir el nombre. A ritmo de pasos cadenciosos hacia su horizonte, siempre más allá de mi alcance, comencé a ver dibujado el título de mi nueva columna… Opciones y decisiones.

En efecto, venía de una intensa experiencia en la toma de decisiones. Mi situación médico-clínica me ancló junto con mi familia y el equipo quirúrgico y hospitalario que me atendía, en una maciza escollera para capotear el vaivén incesante de alternativas a escoger… qué vía, qué tratamiento, por cuánto tiempo, en qué dosis, el manejo del dolor y del estrés traumático, el fortalecimiento de la plataforma respiratoria, el tipo de nutrición, la salud cardíaca, etcétera. Así se optó, desde el inicio, de no cerrar la herida de la primera cirugía exploratoria, de contener los órganos abdominales en una “bolsa de Bogotá”, dejándolos expuestos a la inmediata observación médica; no hacer recisión alguna de la parte afectada del colon; inducir una colostomía en forma de asa, y todo ello sometido a una rigurosa y casi militar serie de medidas de tratamiento clínico. Asepsia total. Nueve días intubado, en terapia intensiva, canalizaciones de todo tipo, incluyendo la nasogástrica; alimentación parenteral, sin poder deglutir ni gota de agua…sedación leve, situación de semiconciencia, períodos oníricos intermitentes, imaginaciones de ensueño, monitoreo implacable de signos vitales.

Desde luego que dicha experiencia me aleccionó intensivamente en el proceso de toma de decisiones. Se imponía de forma imperativa explorar las mejores alternativas, y luego elegir la más razonable, la más plausible. Lo que implica a la vez descartar todo un otro conjunto de medidas. Optar y decidir, allí estaba el reto, de ello dependía el fracaso -agravamiento del mal-, o bien, el éxito -la reconquista de la salud-. Tal escenario no permitía contemplaciones. Había siempre que optar entre una baraja de posibilidades, y elegir la que era adecuada. De su acierto dependía la posibilidad, la opción vital, sobrevivir. Gracias a ese ejercicio metódico, de día con día, hora tras hora, recuperé mi salud, mi equilibrio físico y emocional, lo que define la medicina como mi silencio orgánico. O como dice Carl Rogers: mi vuelta a la plenitud de funcionamiento.

El proceso vital de un sistema político, mutatis mutandis, depende de muy similares procedimientos. Para renovarse cíclicamente, según el derecho positivo que lo constituye, debe reconstruir la estructura y el funcionamiento de su cuerpo público. Estamos hoy, en vísperas, de elegir al nuevo equipo de funcionarios municipales que habrán de conducir y operar los ayuntamientos de nuestra entidad federativa, optando entre una nómina selecta de nombres alternativos, de entre diversos partidos políticos contendientes, que supuestamente invocan un conjunto alternativo de opciones, bienes y valores políticos con los que habrán de construir el entramado funcional de los nuevos gobiernos locales.

La jornada electoral no es otra cosa que la oportunidad de optar entre una baraja de nóminas partidistas, y elegir aquella que cada votante -en la intimidad de su libertad y conciencia- considera la más adecuada, para las condiciones y circunstancias de aquella demarcación municipal en la que vive y desarrolla la plenitud de sus tareas civiles y ciudadanas, buscando siempre la mejor opción de crecimiento y desarrollo para su célula familiar y, por extensión, a su comunidad humana de pertenencia.

De manera que la salud pública, ese complejo conjunto de condiciones físicas, higiénicas, biotecnológicas, laborales, de movilidad, educativas, culturales, de salud y de convivencialidad queden garantizadas en un armonioso y silencioso funcionamiento. Silencioso en tanto que, al no presentar ruidos o alarmas, transcurre con fluidez, eficacia y productividad. Si esto es así, encontramos el sereno equilibrio de una paz social y de una seguridad ciudadana. Pero, recordemos, esto no es producto de la casualidad o del azar simple y llano, es el producto esperado de una elección sabia y sensata de entre las mejores opciones posibles.

Entonces, todo queda en que para lograr la salud del todo social, debemos participar activamente y cada uno en optar y decidir con sensatez y debido conocimiento, sobre la que creemos ser la mejor opción posible. Esto, políticamente dicho es votar. Esto reside en dos poderes fundamentales del ser humano: su voluntad y su inteligencia. Cuyo asiento está en una realidad dual: la mente y la materia.

Sabemos que absolutamente todo en el universo se resuelve mediante la función vital de mente y materia. Ésta, entendida como anclaje de innumerables opciones posibles; y aquella como fuerza inteligente que elige a una de entre ellas. Y al hacerlo, la fija en la existencia. El resto de posibilidades se desvanece, pero la elegida se hace presente en el tiempo y en el espacio, tiene historia, vive.

Bajo estos supuestos, opciones y decisiones son las alternativas y los modos concretos con que construimos nuestra vida. En la dimensión más propia del ser humano, que es la dimensión social, optar y decidir son las energías creadoras por antonomasia, son el motor y el dinamismo con que construimos desde el tejido social vivo hasta los más sublimes símbolos o íconos del espíritu que así se encarna en la Tierra.

Para la función vital de mente y materia, nada les es ajeno: se hacen visibles y palpables en la política, la economía, el mercado, la cultura, la ciencia, el cuidado de la salud, la tecnología, la religión, todo ello se va estructurando de manera precisa y detallada en casos particulares de opciones y decisiones. Aunque también la destrucción de todo ello tiene su origen en opciones y decisiones que niegan el ser, que siegan la vida, porque se concretan como efectivas armas ideológicas de la muerte.

De ahí que el dilema humano y social no consiste entre pensar y no pensar, sino en pensar correcta y objetivamente, para decidir recta y justamente. Así es como las crisis del tipo que sean se convierten en posibilidades o bien para construir la vida, o bien para destruirla.

En conclusión, pensar/optar y decidir se generan bio-física-químicamente en el cerebro, pero su naturaleza inteligente-espiritual proviene del espíritu humano, cuya dignidad consiste en trascender el tiempo y el espacio cósmico, y por ello nos referimos al “tiempo intensivo” (que es inteligencia y emoción) de la decisión, con sede en la mente, único poder del universo que al imaginar crea las realidades de este mundo. Por ello, yo opino, que votar no es algo trivial, y sí un imperativo moral y social.

 

franvier2013@gmail.com

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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