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Un libro que nos lleva a observar el profundo miedo que pueden sentir las adolescentes

  • Entrevista a Diana del Ángel, sobre el poemario Barranca
  • La autora es también maestra en Letras Mexicanas por la UNAM y obtuvo mención honorífica del Premio de Poesía Dolores Castro en 2013

 

 

Poesía de evocaciones sencillas, de lenguaje cercano, que nos desborda con un acercamiento a la realidad que cientos, miles de personas conocen. La realidad del barrio, la tranquilidad y el sonido de unas calles de un barrio enclavado en un barranca, como esas que rodean a las grandes ciudades en donde vivimos millones de personas. Poesía que nos acerca a los olores, a los colores, a los sonidos de un espacio que es un hogar, que es una colonia, que es un refugio, pero que también puede ser un espacio en donde las agresiones, y, por consiguiente, el miedo se adueñen de los cuerpos, de las mentes.

Barranca es el más reciente libro de la escritora y traductora mexicana Diana del Ángel, y fue publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA). La autora es también maestra en Letras Mexicanas por la UNAM y obtuvo mención honorífica del Premio de Poesía Dolores Castro en 2013, fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y autora de los libros de poesía Vasija y del libro de crónica Procesos de la noche, que reconstruye el calvario de la familia de Julio César Mondragón, fallecido en la fatídica noche del 26 de septiembre de 2014, en la que 43 compañeros Julio de la Normal de Ayotzinapa fueron secuestrados.

Barranca es un libro profundo, delicado, que nos lleva a observar el profundo miedo que pueden sentir las adolescentes, las mujeres que habitan nuestro país. Un miedo que se cuela por el cuerpo, que duele, un miedo que respira y que nos deja claro que la violencia en contra de las mujeres que se vive en nuestro país. Porque los poemas contenidos en Barranca nos dan cuenta de esa violencia cruel, que las mujeres conocen desde que son muy pequeñas, como nos deja claro poemas como el de “Voces de la niña rota” o “Baldío”:

Yo no sé decir mi cuerpo:

se me quebró una noche

y sus nombres se perdieron.

Sangró por finos cortes,

fue quemado en días ebrios,

pero yo no estuve en él;

no sentí el dolor,

sólo vi su piel con marcas.

Poemas que nos hablan del dolor, del sufrimiento, de la violencia que nos rodea, que está ahí, a la vuelta de la esquina, en las calles de nuestros barrios y colonias, en nuestras propias casas. Porque Barranca nos deja claro que la violencia en contra de las mujeres y niñas de nuestro país es responsabilidad de todos, de cada uno de los ciudadanos.

Pero los poemas nos dejan claro que existe un ardor, que la vida persevera, que la vida se aferra, como las pequeñas flores amarillas que crecen en las barrancas, rodeadas de piedra y cemento. Testigas mudas de que la vida continúa y aún nos ofrece belleza.

“Uno de los temas recurrentes en este libro es el tema de la infancia,  que es una de las cosas que me interesa mucho, y casi todos los poemas están conectados con esa etapa de mi vida”, nos cuenta en entrevista la poeta Diana del Ángel sobre Barranca.

Javier Moro Hernández (JMH): En tus poemas podemos observar, sin embargo, que la infancia no siempre cumple con la idea de lo idílico.

Diana del Ángel (DA): Para mí la infancia fue una etapa que me marcó mucho, como a todos, pero a diferencia de esta visión idílica de la infancia, pues hay situaciones de mucha violencia, etapas muy oscuras, y también otras muy luminosas, pero sí espero que se logré observar que no todo fue negativo.

JMH: En Barranca vemos  una infancia que es cruzada por la violencia, es una infancia que despierta provocada por la violencia, un despertar a la crudeza del mundo, es una violencia que podemos ver cómo va transformando a la voz poética.

DA: Yo creo que esta situación de infancias rotas de alguna manera o de infancias quebradas por desgracia es una situación muy común en nuestro país, y pasa en muchas de las comunidades de nuestro país; entonces es un tema que me parece importante, era un tema que pensé en recuperar porque creo que era importante mostrar cómo las experiencias personales, que a veces sólo creemos que son sólo nuestras, personales, en realidad forman parte de algo más grande, porque son parte de una violencia sistémica, y en este caso son violencias que están muy relacionadas con el hecho de ser mujer, porque la voz poética del libro es la voz de una niña, entonces ve con sus ojos y sufre en su cuerpo esas distintas violencias, que pueden ser desde la hostilidad de la calle pero que pueden llegar a abusos más graves.

JMH: En tu libro podemos encontrar que los entornos son violentos y hostiles, y los niños lo sufren, pero al mismo tiempo tienen que crecer y fortalecerse en ese ambiente.

DA: Sí, justo la crudeza y la rudeza de esos ambientes hostiles para los niños supone una disyuntiva, entre sobrevivir o morir, y por eso en el libro otro tema recurrente es el de la  yerba, las plantas que crecen en entornos hostiles, secos, como el de la ciudad o el de los barrios que crecen en las barrancas, por eso para mí el primer poema del libro es fundamental, pues habla de esta idea de cómo la yerba simboliza de algún modo la necedad de vivir, esa persistencia, esa esperanza en cierto modo, entonces la yerba significa eso, y por otro lado la yerba es de las pocas cosas vegetales que crecen en las barrancas.

JMH: La barranca como símbolo también me parece esencial, pues justo en un ambiente natural, no tocado por el hombre, pero en la Ciudad de México las barrancas son zonas que las personas habitan, y se encuentran aislados pero al mismo tiempo forman parte de la ciudad, sufren las consecuencias de habitar la ciudad.

DA: Digamos que geográficamente la barranca representa las incomodidades de la periferia, yo crecí en una colonia así en el Estado de México, por eso fue mi referencia directa, igual si hubiera nacido y crecido en otro lado tendría otras referencias, pero, a pesar de todo, desde las partes luminosas del libro quería reflejar la esperanza y las referencias a la yerba y a las flores pequeñas que crecen ahí, pero también hay otras referencias como lo son los juegos y los niños, porque, a pesar de todo, los niños a pesar de que estén en una situación violenta o en una situación de riesgo siempre están jugando, tienen esa potencia para estar en la vida, algo que luego se va perdiendo.

JMH: Quería preguntarte sobre el poema de las pequeñas flores amarillas.

DA: Yo pienso el libro como si se tratara de un paseo, que vas haciendo por una barranca, que es al mismo tiempo la historia de la niña y que también es el cuerpo femenino, y aunque se encuentran y van viviendo y viendo con estas cosas rudas, difíciles, también te encuentras con las flores, y de cierta manera quería que fueran poemas breves, algunos son haikus como tal, pero justo buscaba la brevedad para intentar simular la pequeñez de las flores, y hasta cierto punto, la sencillez de las flores, pero también tiene que ver con la observación, porque tienes que ser muy atento para poder verlas, porque son muy pequeñas, y si uno camina muy rápida, pues simplemente ya no las ves.

JMH: Además funcionan como una contraposición de la rudeza de la vida humana en la barranca, con esta naturaleza que persiste y sigue viviendo en estas condiciones.

DA: Lo pensaba también como pequeños momentos de respiro, porque de pronto resulta difícil leer textos, poemas, tan duros y que están contando experiencias difíciles, y en general creo que la vida es así, que aunque estés pasando por situaciones muy duras, hay momentos pequeños, luces pequeñas en la oscuridad, y en este caso, las flores funcionan así, como pequeños momentos de respiro, de descanso, y también mostrar que hay algo bello, incluso en una barranca.

JMH: Poemas como “Voces de la niña rota” son en los que podemos encontrar la violencia y al mismo tiempo la sensación de soledad, de peligro.

DA: Hay una intención de hablar de la vulnerabilidad, por ejemplo, ese poema es uno de los poemas más duros, es un poema que por el tema que toca, el de la violación, es un poema que me costó mucho trabajo escribir, trabajarlo, cuando yo empecé a escribir quería escribir narrativa, quería escribir novela, y este poema fue parte de esa novela que ya no existe, y entonces cuando estaba ya escribiendo Barranca, que originalmente también pensé que se iba a centrar en los motivos de las flores y de los vegetales, me  di cuenta de que entre ese texto y el resto de los poemas que estaba escribiendo había una conexión, entre los textos de la infancia, y retomé ese texto, lo trabajé para que se convirtiera en un poema en prosa, algo que de alguna manera también es significativo, que este poema pueda seguir siendo un poema en prosa y el resto de los poemas sigan siendo poemas más tradicionales.

JMH: Ese poema habla de la violencia de género, que es brutal, pero también están los poemas de “Pensamiento de la muchacha” y el de “Hojalateros” que son poemas que nos hablan de la vulnerabilidad del cuerpo femenino en nuestra sociedad, del peligro en el que viven las mujeres en nuestro país.

DA: Esos dos poemas son de los últimos que escribí, y tienen relación, porque sí está una violencia que se percibe más en lo social, ahí un poco lo que buscaba era complementar y no sólo hablar de la violencia contada por la niña o vivida por la niña, sino la que viven las mujeres en las calles, en sus propios barrios, o en el transporte público, porque al final este es un libro construido en un contexto que se parece al del Estado de México, que tiene un alto índice de feminicidios, y esa sensación de vulnerabilidad es algo que en realidad sí lo sentimos muchas mujeres en este país, porque saber que si te pasa algo en realidad nadie se va a hacer cargo, por toda la impunidad que hay, por toda la revictimización que se hace, y ese poema está conectado con el de “Mariana Lima”, que fue una mujer asesinada por su esposo en Chimalhuacán.

JMH: Me da la impresión de que la poesía mexicana tiene dos vertientes; una que tiene la lengua como eje central de su trabajo, y la otra es muy personal, centrada en los sentimientos, pero pocas veces se habla de lo social, pareciera que nadie hablará del barrio, desde la calle. Este poemario logra retratar la cotidianidad desde una visión infantil.

DA: Fue un proceso natural, fue natural poder hablar de esos temas, porque es parte de lo que constituye mi experiencia vital, así como puedo hablar del miedo de andar en la calle, también tengo que hablar de cómo era la calle en donde yo vivía, y eso me parece importante porque de pronto siento que son historias que no se cuentan mucho, creo que desde cierta perspectiva se puede seguir con la idea de que la poesía mexicana es muy conservadora, pero también hay una poesía social; por ejemplo, Jorge Aguilera ha trabajado mucho el tema de la poesía social, se puede decir que hay una tradición, que tal vez no se estudia en las universidades, pero existe, y en mi caso, en este libro no estaba pensando tanto en la tradición, lo que pensaba era que las dos cosas de las que quería hablar estaban conectadas, eran una cara opuesta, es decir, que las experiencia de la niña, su manera de ver la realidad y el mundo, eran la otra cara de esa violencia y de ese ambiente hostil, el poema de los hojalateros retrata la forma en que algunos hombres ven a las mujeres, pero no la agreden cuando pasa, es decir, la violencia es parte de algo que está en el ambiente, igual que el poema de “Pensamientos de una muchacha”, tiene que ver con una niña que ha tenido que vivir con toda esa violencia, esa hostilidad, sentirá naturalmente esa vulnerabilidad.

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Javier Moro Hernández

Javier Moro Hernández

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