Opinión

Felices días/ Debate electoral

Dicen que las comparaciones son odiosas. Pero cuántas veces nos ha sucedido que minimizamos nuestras virtudes, hasta en tanto las comparamos con otras externas y es entonces cuando las valoramos a cabalidad. Alguna vez, trabajando ya en materia electoral, nos sucedió que uno de nuestros programas emblemáticos, que es el de elecciones escolares, lo veíamos como un programa rutinario, alcanzando a atender cientos de escuelas a lo largo y ancho del estado. Fue en un encuentro con autoridades de otras entidades cuando escuché que en otro Instituto las escuelas que se habían atendido no pasaban de una decena.

Más allá de las implicaciones de calidad y cantidad, las condiciones socioeconómicas de las entidades y que, si bien en esencia los programas eran similares, seguramente existían diferencias, el ejemplo bien ilustra que en ocasiones es importante establecer comparativos, no sólo para ensalzar nuestras ventajas, sino para enmendar nuestras desventajas.

A quienes nos ha tocado vivir esta etapa de la historia democrática del país, sabemos que es consecuencia del tránsito de un periodo de partido hegemónico que, por circunstancias sociales y económicas, se ha ido perfeccionando en un esquema en el que las instituciones políticas, llámense gobierno, partidos y autoridades, tienden a ejercer mayores y mejores prácticas democráticas. Por supuesto que no estoy afirmando que vivimos en un estado absolutamente democrático (y dudo que exista uno), sino que paso a paso la transformación social que vivimos nos ha hecho partícipes de una mejor calidad de vida.

Sé que algunas personas no estarán de acuerdo con lo que menciono, y sin embargo, me remitiría a mi premisa inicial de esta reflexión. ¿Y si comparamos nuestro status democrático con el de otros países?

Esta semana, ayer jueves 4 y hoy viernes 5, se celebran dos días importantes en naciones con las cuales México posee un vínculo muy especial. El 4 de julio de 1776, en el Segundo Congreso Continental, fue firmada la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, en la que las 13 colonias, génesis de la actual potencia mundial, manifestaban su separación del poder político de Inglaterra. De la misma manera un 5 de julio, pero de 1811, en Venezuela se firma el Acta de la Declaración de la Independencia, donde el naciente país rompía vínculos con la corona española.

Insisto, más allá de las condiciones históricas, demográficas o culturales existentes entre los tres países, ¿Qué tan posible sería comparar nuestra democracia? Estudios realizados han propuesto medir la calidad de la democracia sustentándola en factores como el respeto a los derechos políticos y las libertades civiles, la aptitud del gobierno para responder a las preferencias de los ciudadanos, la participación de los ciudadanos en la elección de su gobierno, la rendición de cuentas y la existencia de un sistema legal que hace posible tanto el respeto a los derechos civiles, como la rendición de cuentas.

La reflexión que ahora se impone es, dentro de ese análisis comparativo, que una democracia firme como la de los Estados Unidos, se encuentra muy por encima de la de México, pero que la inestabilidad política y demás factores actuales, han provocado que, lastimosamente, en Venezuela no se gocen de los privilegios con los que contamos en nuestro país. Ni por eso somos el peor país del mundo, ni nos debe servir de consuelo saber que seguramente habrán decenas de países por debajo de nosotros en el índice de calidad democrática.

Nuestra democracia se encuentra en vías de consolidación a través del trabajo que diariamente se realiza por la ciudadanía de manera individual y por la sociedad civil organizada, además de la labor en los ámbitos de gobierno, en los partidos políticos y por las instituciones administrativas, jurisdiccionales y persecutoras de delitos en materia electoral. No es una democracia de alcurnia histórica como la de los Estados Unidos, pero tampoco ha retrocedido pasos, como sucede en estos momentos en Venezuela.

De que vamos por el buen camino, no cabe duda. La fórmula es simple y a la vez tan compleja como nuestra propia idiosincrasia: mantener las condiciones de respeto a los derechos ciudadanos entre los que se incluye el pleno ejercicio del voto, que provoque al ciudadano a participar para elegir gobierno; que ese gobierno transparente responda con creces a las inquietudes del ciudadano y enarbole un marco legal en el que las controversias que puedan surgir sean resueltas conforme a derecho.

Felices días, como éstos, que además de recordar hechos históricos de la independencia de naciones hermanas, nos permiten reflexionar acerca de la nación que somos y de la que queremos llegar a ser.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

 

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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