Opinión

La dignidad de la acción: un camino para evitar la tragedia medioambiental

El crecimiento de la población, su concentración en las ciudades así como sus hábitos de consumo y desecho han construido una serie de problemáticas ambientales, entre ellas el incremento de la generación de residuos y el manejo a ellos asociado, lo cual constituye una de las principales dificultades económicas, políticas y de gestión que enfrentan los gobernantes de diferentes ciudades del mundo.

Cuando se piensa en la problemática del manejo de los residuos se alude al incremento en su generación y los desafíos que su recolección impone, a la localización de los medios tecnológicos para favorecer su tratamiento y aprovechamiento y con una adecuada disposición final. Y de esta última tarea como uno de los aspectos más difíciles de resolver, tanto por el rechazo a la localización de sus infraestructuras como por los altos costos que su operación precisa.

Sin embargo, en esta construcción de problema y de su solución es posible advertir que poca responsabilidad recae en el generador de los residuos. Por el contrario, la gestión integral de los residuos se presenta como un sistema en el cual la basura aparece y luego desaparece, se genera y es retirada para ser llevada a un lejano lugar donde no sabemos qué ocurre después. Sobre esta última etapa de la cadena que conforma el manejo de los residuos se elabora esta reflexión.



Hoy en día, el confinamiento en vertederos, tiraderos a cielo abierto y rellenos sanitarios es el método de disposición final más utilizado en la mayoría de los países del mundo (Altabella et al, 2016). Sin embargo, aunque dicha etapa del manejo de los residuos debe garantizar su efectividad técnica y ambiental -para lo cual se han establecido normas técnicas y guías que pautan cómo debe ser su construcción, operación y clausura- la disposición final de residuos es la etapa del manejo de residuos que más pasivos ambientales genera y es una actividad que ha provocado muchos riesgos y desafortunados accidentes.

Por ello considero que vale la pena reflexionar sobre estas situaciones en un país como el nuestro, donde de acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi, 2011), hay 1881 sitios de disposición final de los cuales solo 238 son rellenos sanitarios (una infraestructura cuyo método de ingeniería consiste en la disposición de residuos en capas, su cobertura con tierra y posterior compactación dentro de una celda cuyo suelo fue previamente impermeabilizado con una geomembrana para evitar filtraciones).

Lo anterior significa que más del 87% de los sitios de confinamiento corresponden a tiraderos a cielo abierto o vertederos que no cumplen con los requisitos mínimos de la normatividad correspondiente (la NOM 083-Semarnat-2003), a saber, la de confinar permanentemente los residuos en sitios e instalaciones que permitan prevenir su liberación al ambiente y las consecuentes afectaciones a la salud de la población, a los ecosistemas y sus elementos. Es decir, en la mayoría de los sitios de disposición final en México no hay cobertura de tierra, compactación de residuos ni geomembranas que impidan la filtración de los contaminantes.

Esta situación es grave. Se ha documentado que los sitios de disposición final generan un problema de contaminación no controlada que afecta el aire, el suelo y en muchos casos, los mantos freáticos. Entre las causas principales de la contaminación ambiental de los sitios de disposición final se han señalado al biogás y a los lixiviados (Robles, 2008). El biogás no es otra cosa que el gas metano que se produce por la descomposición de la materia orgánica presente en los residuos y que forma parte de los llamados gases de efecto invernadero, es un gas muy potente, altamente flamable y explosivo, por ello se recomienda que en los sitios de confinamiento se cuente con pozos de venteo para su destrucción controlada o de captura para la posterior generación de energía. Mientras que los lixiviados son los escurrimientos producidos por los residuos, estos “jugos” son altamente tóxicos por la presencia de metales pesados por lo que se recomienda evitar que escapen del sitio a través de la instalación de geomembranas en el interior de las celda y de la construcción de lagunas de lixiviados, desde la cuales se hará la recirculación de los mismos para después someterlos a un tratamiento que facilite su neutralización. Ambas emisiones contaminantes, el biogás y los lixiviados, son poco atendidos en los rellenos sanitarios de México y son prácticamente inexistentes en los tiraderos a cielo abierto.

Bernache (2012) ha apuntado, a partir de una investigación en la región Centro-Occidente de México, que los procesos de disposición final en los municipios urbanos son un punto problemático de origen de contaminación local y regional y que una explicación de esto se debe a la falta de capacidades de los propios municipios para operar correctamente un relleno sanitario. Entre dichas capacidades se encuentran las financieras, principalmente la falta de un presupuesto anual destinado a esta actividad, pero también señala la falta de recursos humanos capacitados profesionalmente con conocimientos y experiencia en esta tarea, así como operadores especializados en maquinarias e infraestructuras; y concluye que es necesario un fuerte compromiso político y social.

Pero además de las afectaciones ambientales que un sitio de confinamiento mal operado genera, también hay otro tipo de afectaciones de las que poco se ha hablado: los accidentes y desastres que la disposición final provoca.

Entre estos desafortunados acontecimientos destacan el terrible derrumbamiento del vertedero Payatas en la ciudad de Manila, en la India, en el año 2000, que cobró la vida de más de un centenar de personas; la avalancha y posterior derrumbe de 2.7 millones de metros cúbicos de basura en el vertedero de Leuwigajah en Bandung, Indonesia, en el año 2005, donde 147 personas de un asentamiento cercano murieron cuando la basura golpeó sus viviendas; los repetidos incidentes en el mal llamado relleno sanitario zona 3 de la municipalidad de Guatemala que ha sufrido incendios, hundimientos de camiones recolectores así como los lastimosos desprendimientos de residuos en 2012 y 2016; aunque los casos son numerosos (por señalar algunos: Atenas Grecia en 2003; Baguio Filipinas en 2011; Hybrovichi Ucrania en 2016; Santa Marta, Chile en 2016; Mozambique en 2018; y en este año en La Paz Bolivia), éstos no están homogéneamente distribuidos en todo el mundo.

Si hay algo que tienen en común estas tragedias es que su ocurrencia es mayor en países en vías de desarrollo, afectan a poblaciones vulnerables y evidencian un problema que no se ha podido resolver.

Cuando se recurre a la teoría de la causalidad para explicar estos desastres y encontrar por qué hay derrumbes, incendios o deslizamientos, se ofrecen explicaciones que tienen que ver con la falta de estabilidad del suelo, con diseños inadecuados a los parámetros regionales y a los propios residuos así como a aspectos naturales como la topografía y la morfología predominantes y hasta fenómenos climáticos como las lluvias torrenciales.

Sin negar que todos estos factores puedan existir y converger en la construcción de riesgos puntuales, y que esto sumado a la falta de capacidades que se expresan en la gestión urbana de los países en desarrollo e incluso a los sistemas de corrupción que los caracterizan, lo cierto es que pocas veces se relaciona a estas tragedias, ambientales y sociales, con el origen mismo de los vertederos que es nuestra forma de consumir y desechar: cada año se generan más residuos y la vida útil de estos sitios se acorta por lo que se requieren nuevos espacios para llenarlos de basura y así se consolida su círculo vicioso.

Hannah Arendt, una de las pensadoras más influyentes del siglo XX, pensaba que el ser humano debe comprender lo que sucede para encontrar el sentido y volver a estar en armonía con el mundo. Escribía entonces frente al horror de la Segunda Guerra Mundial, momento en el que estimaba que la sociedad había perdido su dignidad pues, ante lo sucedido, nadie podría encontrar las razones del Holocausto.

Quizás para algunos parezca excesivo creer que nos encontramos frente a un momento similar a la guerra, pero después del informe de la ONU sobre el estado del Medio Ambiente presentado en Nairobi en marzo pasado y cuyo veredicto apunta que le quedan 30 años de vida a la Humanidad, vemos que quizás hemos perdido la dignidad humana, pues ante la tragedia ambiental no hay razones suficientes para explicar cómo llegamos a este punto.

Del planteamiento de la filósofa judeo-alemana se desprende que el pensamiento es un proceso de búsqueda de sentido para la reconciliación, es decir, partimos de comprender para reconciliar y reconciliar como condición indispensable para comenzar de nuevo. En otras palabras, la autora advierte que la acción es la otra cara de la comprensión, es decir, para Arendt la manifestación del pensar no es el conocimiento: es la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo.

En otras palabras, la manifestación del pensar es actuar, ya que comprender y reconciliar implica también una responsabilidad moral: que aquello que ocurrió no vuelva a ocurrir nunca más. Así veremos que no es exagerado recurrir al planteamiento de la dignidad de la acción como camino para rescatar la dignidad humana, y quizás nuestra sobrevivencia en el planeta.

Los datos que informes como el referido nos ofrecen son agobiantes y los pronósticos fatales, por ello me propongo invitarlos a transitar de los datos y las cifras y conducirnos hacia la generación de procesos comprensivos, reconciliatorios y por lo tanto activos.

Quizás creamos que tenemos poco poder para transformar la realidad medioambiental, ese es el primer obstáculo que debemos derribar. Arendt nos advierte lo dañinos que son que el alejamiento de la realidad y la irreflexión y que el “mal extremo” llega cuando perdemos la capacidad de pensamiento y de juicio.

Les propongo que iniciemos un incesante diálogo con nosotros mismos y nuestros interlocutores inmediatos y empecemos por reconocer la realidad de nuestros residuos: analizar con cuidado nuestro consumo, nuestras compras, la forma en que desechamos (si separamos los residuos o no, si hacemos composta); después observemos las características del sistema de aseo urbano de nuestra ciudad: los trabajadores, los camiones, las infraestructuras para su aprovechamiento, los mecanismos de valorización disponibles, el tipo de sitio de disposición final a donde van a parar nuestros desechos una vez que la bolsa de basura “desaparece” de nuestra vista ¿sabemos a dónde terminan nuestros desechos? ¿Quiénes trabajan ahí? ¿Vive alguien en las inmediaciones?

La intención es que la comprensión de este aspecto “trivial” de nuestras prácticas nos conduzca “naturalmente” hacia un proceso de reconciliación, en este caso a una acción: ¿Cómo puedo hacerlo mejor? ¿Qué puedo evitar generar? ¿Cómo disminuyo mi contribución al problema?

El paso de la comprensión a la acción está mediado por la responsabilidad moral que forma parte de la dignidad humana, esa voz interior que nos susurra (y a veces nos grita) que somos los únicos responsables de la tragedia medioambiental y que también somos los únicos capacitados para revertirla. La invitación es a rescatar a través de la acción nuestra dignidad humana, a encontrar el sentido de nuestra existencia en acciones concretas y armónicas que eviten el colapso ambiental; el llamado es a asumir nuestra responsabilidad moral, a reusarnos a vivir en la “bancarrota de la comprensión”.

Arendt apuntó que “lo terrible se produce cuando no podemos realizar un proceso de comprensión creador de sentido y descubrimos que frente a ciertos hechos hemos perdido nuestros medios para comprender”.

 

njimenez@correo.crim.unam.mx

 

  1. Es doctora en Estudios Urbanos y Ambientales por El Colegio de México y actualmente investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM.

 

Bibliografía

Altabella, Joan Esteban; Szanto Narea, Marcel; Colomer Mendoza, Francisco José; Gallardo Izquierdo, Antonio (2016), “Análisis del deslizamiento del relleno sanitario de Santa Marta, Chile”, Ponencia presentada durante el Congreso Nacional de Medio Ambiente (Conama) 2016, celebrado en Madrid.

Bernache Pérez, Gerardo, (2012) “Riesgo de contaminación por disposición final de residuos: Un estudio de la región centro occidente de México” en Revista Internacional de Contaminación Ambiental, vol.28, pp.99-107.

Inegi (2011). Residuos Sólidos Urbanos. Censo Nacional de Gobiernos Municipales y Delegacionales 2011. Tabulados básicos.

ONU (2019). Global Environment Outlook Geo-6 Healthy planet, healthy people, ONU.

Robles Martínez, Fabián (2008). Generación de biogás y lixiviados en los rellenos sanitarios. Segunda edición. Instituto Politécnico Nacional. México. 115 p.   

 

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Nancy Merary Jiménez Martínez

Nancy Merary Jiménez Martínez

1 Comment

  1. Agustín Bernal
    21/07/2019 at 12:31 — Responder

    Buen artículo Doctora. Trabajé en manejo de residuos sólidos en el Municipio de Aguascalientes y en Gobierno del Estado. Tengo 25 años separando mis residuos y haciendo composta… Pero he llegado a la conclusión que la única solución al colapso ambiental inminente es explicar a niños y niñas que LA REPRODUCCIÓN NO ES OBLIGATORIA y que si nuestra generación se reprodujo fue de forma inconsciente. Afortunadamente, después de los Foros para el Descrecimiento Sereno de Ags. en la UAA (en marzo será el cuarto) vemos que cada vez más jóvenes se practican la vasectomía antes de tener hijos… y aprenden a ser felices y realizarse como varones… A ellos les espera un futuro difícil pero podrán adaptarse mucho mejor y sin estrés a comparación de quienes, dejándose llevar por la inercia social, embarazan a sus parejas en tiempos de cambio climático, sexta extinción masiva e inminente colapso ambiental.

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