Opinión

Sobre la autocracia / Memoria de espejos rotos

Ain’t gonna let nobody turn me around

Turn me around, turn me around

Ain’t gonna let nobody turn me around

Keep on a-walkin’, keep on a-talkin’

Gonna build a brand new world…

Ain’t gonna let nobody turn me around 

The Freedom Singers

 

En el ejercicio del poder político, podemos concebir a la autocracia como la antípoda de la democracia. Mientras que la segunda demanda contrapesos, división de Poderes, capacidad electiva popular, construcción de ciudadanía, medios informativos y de comunicación que sean críticos, y una fuerte civilidad participativa; la primera sólo demanda dos cosas: un liderazgo autoritativo carismático impositivo, y una sociedad que no ofrezca contrapesos ni participación crítica activa.

 

Ambas son incompatibles y mutuamente excluyentes. En este sentido, el avance de la autocracia como forma de ejercicio político, significa -por necesidad- el detrimento de la democracia. Esto, en sí mismo, entraña riesgos para la coexistencia social y para la manutención del Estado moderno. Los riesgos van desde la imposición unilateral de la política, hasta la exclusión sistemática de las voces disidentes, por la vía mediática o -incluso- violenta.

Las autocracias aparecen en sociedades desencantadas de las democracias, ya sea por la corrupción, por la inequitativa distribución de la riqueza propia del capitalismo, por la desesperanza de la gente, por el magnético carisma de los caudillos, por la erosión de las instituciones, por la percepción generalizada de la necesidad de un cambio, o por la suma de las anteriores. Ahí, en ese caldo de cultivo, los liderazgos autoritativos, carismáticos e impositivos, cunden con facilidad y tienden a la polarización social.

Sin embargo, la autocracia no es un sustituto de la democracia. Por el contrario, es el germen de su destrucción. Las autocracias necesitan el monopolio de la voz popular, el manejo de los medios informativos, la esquizofrénica noción de que el autócrata es un salvador ante la catástrofe o la guerra, la idea de que sólo hay dos posiciones: apoyar al autócrata o -de facto- estar contra él. Como el autócrata simboliza “lo que es bueno”, cuestionar sus decisiones es -en automático- estar “a favor del mal”. El autócrata busca la “erradicación del mal”; por ende, la erradicación de la disidencia.

El autócrata se valdrá de todos los medios simbólicos para acentuar su apostolado salvador. Si las autocracias cunden en sociedades damnificadas por el fracaso de la educación y del pensamiento crítico, es justo porque la desigualdad ha sido el arado de la inopia y la apatía popular. Los ciudadanos no se consideran parte activa del poder y por eso dejan de informarse críticamente, de actuar en consecuencia, y comienzan a delegar lo público a las personalísimas concepciones que el autócrata tiene sobre el poder.

Así, el autócrata se convierte en la voz de un pueblo desposeído. Habla por éste. Los designios del autócrata se hacen pasar por “la voz del pueblo”. En ese agudo filo de navaja, comienzan a correr riesgo los derechos; primero, los de conciencia y libre expresión de las ideas; luego, los de manifestación; se confunde libertad de reunión con sedición, conspiración, complot. Se confunde crítica con ataque. Se confunde disidente con enemigo. Y quien es enemigo del autócrata, lo es también del pueblo. Entonces, los juicios son sumarios. Los hechos objetivos pierden validez ante la narrativa del autócrata. La post verdad tiene una función política que construye realidades por decreto. El huevo de la serpiente se ha incubado para abrir la puerta a totalitarismos mayores.

¿Cómo combatir a la autocracia? De entrada, no dejándola emerger, mediante el fortalecimiento institucional, la funcionalidad de los contrapesos políticos, la responsabilidad ética de las fuerzas de oposición organizada en partidos, la certidumbre en el sistema electoral, y -sobre todo- en la construcción ciudadana. Pero, si ya emergió, resta impulsar la crítica, la disidencia, la noción de la sana coexistencia entre las opiniones diversas, no ceder ante la erosión de las libertades civiles y los derechos ciudadanos; informarnos, participar, ser activos en la democracia entendiéndola no sólo como el ejercicio de votar, promover la discusión pública basada en hechos, buscar los hechos, respaldar al periodismo independiente, no dejándonos avasallar por el poderío de los fieles al autócrata. Es como predicar en el desierto, pero no importa.

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Alan Santacruz Farfán

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