Opinión

Un apunte sobre el piso parejo, la desigualdad y los lujos / Disenso

Hace algunos años en Nueva York se impulsó un programa que pretendía llevar espectáculos y actividades culturales de manera gratuita para la población. Un objetivo claro de la política era que quienes normalmente no tenían acceso a este tipo de programas en una ciudad famosa por su rica vida cultural, pudieran asistir a ellos de manera gratuita. Pronto, se formó un mercado de personas que se ofrecían a apartar lugar, dada la alta demanda, a cambio de una tarifa. El resultado fue que aquellos que en primer lugar podían pagar, volvieron a ser lo beneficiarios de este programa. No se vendía el espectáculo, por supuesto, ni siquiera un boleto, sino un servicio. Este dilema, como muchos otros, plantea la pregunta sobre si todo puede comerciarse. Aquí podría a primera vista parecer inocua la consecuencia (no para mí, que dedico mi vida a la gestión cultural y a la lucha por reducir las brechas con estas actividades), pero a poco que pensemos la pendiente se extiende hasta llegar a casi cualquier cosa. ¿Puede todo convertirse en una transacción privada?

Mi Estado ideal -sé que esto generará amplia polémica- debería considerar poner un pequeño grupo de servicios casi en la rama de lo estrictamente público, a saber: la salud, la educación, la seguridad y, parcialmente, el esparcimiento. Todo estado debería garantizar que TODAS y TODOS sus ciudadanos tuvieran acceso a ellos. Subo la apuesta: deberíamos caminar a que desaparecieran las modalidades privadas de algunos de ellos. En mi visión ideal de Estado no deberían existir las modalidades de salud, educación y seguridad privadas en lo absoluto. Según creo, hay varias razones para ello. La primera es la metáfora del piloto: el piloto de un avión tiene grandes incentivos para lograr un vuelo perfecto: que su propio bienestar está comprometido en ello. La mayoría de los encargados en todo el mundo de la salud, la educación y la seguridad no viajan en el mismo “avión” que la inmensa mayoría de la población. Por el lado contrario, aquellos países donde los gobernantes se atienden en clínicas públicas, por ejemplo, tienen sistemas de salud más robustos. ¿Serían lo mismo las escuelas si los hijos de los más ricos tuvieran que asistir al mismo sistema que el resto? 

La otra cosa evidente es la retroalimentación de la desigualdad (con la que estoy perfectamente reconciliado, como he señalado en otras columnas, con la excepción de estos rubros -se verá por qué-): quienes pueden asistir a las mejores universidades privadas por criterios meramente económicos generan redes de trabajo a futuro que hace que la clase privilegiada mantenga sus espacios hegemónicos, mientras que las y los más desaventajados tienen encima la condena de la inmovilidad social. La desigualdad económica no es preocupante mientras todas y todos tengan un piso parejo para una vida digna. Una vida digna no es una vida de lujos. Si cualquiera pudiera tener asegurada su salud, su educación, su seguridad y una opción de esparcimiento, daría igual que su vecino del residencial VIP pueda viajar tres veces a Europa al año (eso es un mero lujo). 

La única forma de caminar a una verdadera meritocracia es el piso parejo: para ello, debemos empezar a considerar la posibilidad de establecerlo de manera real y contundente. Los mejores médicos, por ejemplo, tienen el estímulo constante de irse al sector privado. Incluso quienes arguyen que las condiciones sindicales de los sistemas públicos los retienen, pueden preguntar sobre los constantes casos de aquellos médicos que, en plena consulta en el sector, son capaces de recomendar a sus pacientes juntar un “poco” de dinero y atenderse con él mismo en una clínica, porque será más rápido y seguro. Habría que ser ingenuo o estar muy despegado de la realidad para no ver esto. 

Otra ventaja de esta imaginaria realidad sería la posibilidad de una recaudación realmente agresiva: por ejemplo, que mientras la clínica y el cuerpo médico son los mismos, alguien pudiera pagar un precio específico -y elevado- por tener una habitación más amplia y con pantalla plana y sonido surround. En la educación pública las escuelas podrían vender menús gourmet, por ejemplo. Ambos casos son accesorios para el servicio fundamental. Ahí es justo donde la desigualdad es accesoria y podemos encontrar en ella reconciliación. Así como nada en la primera clase garantiza mayor seguridad para los viajeros: sus lujos no son determinantes para la supervivencia.

Encuentro sorpresivo que las políticas de la actual administración federal no se encaminen siquiera de manera tangencial a esto. En un momento en donde claramente se requiere mayor recurso económico para los programas sociales, aquellas cosas que son meros lujos deberían representar un espacio clarísimo para la recaudación, por ello una reforma fiscal es altamente deseable: cigarros, productos ajenos a la canasta básica (con tarifas diferenciadas), alcohol, tenencia, la misma gasolina. He dicho muchas veces que los subsidios como el de la gasolina terminan siendo regresivos, y lo que deberíamos buscar es una recaudación progresiva. ¿Quién podría reclamar que se recaudara a través de un agresivo subidón de los productos que mantienen nuestros vicios? ¿Quién, en un país con más de la mitad de su población por debajo de la línea de bienestar, a un impuesto altísimo a transportes privados? ¿Quién a un impuesto ridículo por derecho a escoltas? Parece clara la primera intuición: la clase política no lo hace porque perderían el favor y voto de los ricos, su influencia en la toma de decisiones. Esto no es sino la ignición de un proceso virtuoso: la clase rica exigirá con más claridad mejor seguridad, mejor educación, mejor transporte. 

La única forma de garantizar un piso parejo es emparejando el piso. Eso no quiere decir que no se sigan construyendo rascacielos, aunque abajo, algunos debamos subir por las escaleras. La igualdad no se construye luchando contra la riqueza, sino haciendo de los lujos justamente eso: un accesorio del que no depende la supervivencia. Y en un país como el nuestro, la supervivencia, en cambio, sigue siendo un lujo.

 

/aguascalientesplural | @alexvzuniga | CIENCIA APLICADA

 

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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