Construcción de ciudades según principios artísticos - LJA Aguascalientes
24/07/2024

Se cumplen 130 años del influyente libro del austriaco Camillo Sitte, Construcción de ciudades según principios artísticos (Der Städtebau nach seinen künstlerischen Grundsätzen), de 1889. Sorprende, quizá, la actualidad con que se puede leer este libro de trece breves capítulos, en el que el autor hace notar la falta de arte en la planificación de las ciudades modernas. Para Sitte, la ciencia del técnico no es suficiente para lograr los objetivos que, de acuerdo con Aristóteles, las ciudades deben cumplir: dar a sus habitantes seguridad y felicidad. En cambio, para ello es necesario añadir el talento del artista.

Sitte inicia su libro analizando las ciudades antiguas y medievales para contrastarlas con las ciudades modernas de Europa. Al hacer un breve recorrido por la belleza de la arquitectura de aquéllas, el autor remarca que no pretende sugerir que se haga una imitación estéril, aunque sí considera que algunos aspectos se podrían adaptar a las condiciones presentes. En particular, Sitte considera que un elemento que se ha perdido, y que las ciudades medievales y renacentistas conservaron de las antiguas, es el caminar de multitudes en espacios públicos, lo cual contribuye a dar esplendor a los edificios y da cuenta de la vida cívica en las ciudades. De hecho, en todo el libro el autor centra su atención en el diseño de las plazas públicas.

En los primeros siete capítulos Sitte desarrolla un análisis de la composición de las plazas y edificios públicos de la antigüedad, así como el rescate que de esos diseños se hizo en las ciudades medievales y renacentistas. De entrada, nos advierte que las ciudades antiguas se construían de manera instintiva, y en buena medida su diseño respondía a cuestiones prácticas. Posteriormente, y como núcleo del libro, el autor describe analíticamente tres elementos de las plazas públicas antiguas: rodeadas de edificios públicos y con espacio libre al interior, para dar cabida a varias actividades cívicas; su carácter cerrado hacia el exterior, para hacer de ellas un espacio cohesivo; y el diseño irregular.

Es una característica común que los centros de las plazas permanecieran libres, pues cualquier estructura, como una estatua, era un estorbo para la circulación de la gente. Las fuentes, pues, tenían una localización con una lógica práctica: en las esquinas de las plazas, en donde la gente podía servirse de agua. Por otro lado, no se dejaba que dos calles se juntaran en las esquinas de la plaza, de manera que se evitaran las intersecciones. Esto permite que desde cualquier parte del espacio interno se distinga una sola salida, maximizando la continuidad de los edificios. Una forma de cerrar las plazas, visualmente, es con pórticos en las calles que ahí terminan. Por último, la irregularidad de las plazas refleja su desarrollo histórico gradual. De hecho, muchas irregularidades se ven en los planos o mapas, pero no en el sitio, donde poco a poco se fueron creando estructuras y espacios equilibrados y artísticos. Un cuarto elemento, no de la plaza pero sí de la configuración del espacio público, es el agrupamiento de dos o más plazas. Es decir, espacios públicos que se conectan por pequeñas calles y que frecuentemente comparten grandes edificios, como iglesias.

Del capítulo 8 en adelante Sitte hace una crítica de lo que él llama planificación moderna, pero también reconoce las limitaciones que hay para tomar como modelo a las ciudades antiguas. Para el autor, el planificador de ciudades modernas sólo puede producir casas alineadas y cuadras monótonas, con lo cual las ciudades quedaron muy cortas en mérito artístico. Además de regulares y uniformes, las plazas y las calles modernas están muy abiertas, por lo que el arreglo urbano no tiene un carácter cohesivo. De acuerdo con el autor austriaco, suprimimos cualquier toque ingenioso que pueda dar una expresión del placer de vivir.

Sobre la planificación moderna europea, Sitte menciona hay tres sistemas dominantes: el sistema rectangular, el sistema radial y el sistema triangular. Y cada uno de ellos tiene un patrón de calles estandarizado. De acuerdo con el autor, es necesario que un planificador que quiera apoyar un diseño artístico tenga en cuenta que las soluciones al tráfico, por ejemplo, no tienen por qué ser rígidas; además de que los requerimientos de la vida moderna no tienen por qué obstruir un desarrollo artístico.

Importa tener presente, al leerlo, que Sitte es consciente de las limitaciones que la vida moderna impone a la planificación, así como las necesidades cambiantes de las sociedades. Señala, por ejemplo, que los periódicos han cambiando la forma de enterarse de la vida pública, que antes se daba en las plazas. Hay tiendas que suplen a los mercados y las fuentes no son más que decorativas. Esto, dice el autor, no puede ni es deseable que sea cambiado. Es inevitable, además, que la población crezca en las ciudades modernas y que nuestra actividad cotidiana esté mucho más regulada que en la antigüedad. El crecimiento de las concentraciones humanas, dice Sitte, significa el incremento del valor del suelo, y ni los individuos ni el gobierno pueden escapar a sus consecuencias: el espacio se ha fraccionado para poder construir calle tras calle y casa tras casa. Para el autor, sin embargo, todo esto se le debe presentar al artista como condiciones iniciales de un problema artístico.

Sitte reconoce, además, los beneficios en saneamiento que da la vida al interior de los edificios modernos, comparados con los antiguos. Por ello, hay una serie de conflictos entre lo artístico y lo práctico que no se pueden resolver. Pero es precisamente por eso que las ciudades antiguas nos deben servir de inspiración para planificar ciudades de acuerdo a nuestras necesidades, no de modelos para hacer copias infructuosas. Aquí es donde el autor regresa a los elementos centrales que analizó al inicio: espacios abiertos al interior, pero cerrados hacia el exterior, así como trazos irregulares. Elementos antiguos interpretados por el artista moderno.

Para Sitte, el objetivo de su libro no es escribir de nuevo ideas antiguas o trilladas, ni condenar la urbanización de su tiempo, sino mostrar que se pueden hacer cosas bellas que valgan la pena. Sitte dice reexaminar elementos de ciudades antiguas, pero ni como crítico ni como historiador. Más bien quiere buscar, como técnico y como artista, los elementos que produjeron efectos tan armoniosos y aquellos que hoy producen efectos sombríos. En este sentido, el autor austriaco cree que hay que encontrar los elementos mediante los cuales se puedan lograr tres requerimientos principales de una construcción práctica de la ciudad: eliminar el sistema moderno de cuadras y las casas alineadas; rescatar lo más que sea posible de las ciudades antiguas; y en adelante tener un enfoque más cercano al ideal de los modelos antiguos.


 

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