Opinión

Discurso de odio y Not all men / Memoria de espejos rotos

The exodus is here

The happy ones are near

Let’s get together, before we get much older…



Teenage wasteland. The Who

 

Luego de las múltiples protestas y manifestaciones públicas en repudio a la violencia de género, se ha logrado el suficiente eco mediático para poner el tema en el primer plano de la agenda pública. A pesar de que en medios masivos y redes sociales se habla más que antes de las violaciones, el acoso, los feminicidios, y demás agresiones de género; y que se ha puesto sobre la mesa el tema de la resistencia civil y la acción pública para visibilizar e influir en el poder político en favor de las víctimas pasadas, presentes, y potenciales; siguen los asesinatos y las vejaciones motivadas por la dominación sobre las mujeres y sus cuerpos. Nada más los medios nacionales han contabilizado -desde el viernes pasado que fue la ola de protestas- al día de esta publicación una veintena de mujeres asesinadas en presunción de feminicidio.

Una veintena de mujeres muertas que se suman a las más de mil cien que han perecido a manos de victimarios feminicidas en lo que va de 2019. Más de mil cien mujeres asesinadas, en lo que va del año, en condiciones de vejación sexual y de odio de género. Para poner una escala comparativa, en 50 años que duró la guerrilla del Euskadi Ta Askatasuna, la violenta ETA del País Vasco en España, el total de muertes imputables a la guerrilla durante medio siglo es de 854 víctimas fallecidas en atentados terroristas y asesinatos políticos, de acuerdo a la base de datos del diario El País, actualizada al 26 de marzo de 2018. Así, México rebasa prácticamente en más del 30% con muertes por feminicidio, sólo en ocho meses de 2019, que las muertes la ETA en toda su historia. Vergonzoso.

Esas cifras de escándalo crecen, así como crece su visibilización en redes sociales y medios de comunicación. Este repunte en la exhibición del problema ha propiciado dos cosas: por un lado, la presión social hacia las esferas de autoridad para reconocer sus falencias y omisiones en el tema; pero, por otro lado, el recrudecimiento de los discursos de odio entre quienes padecen de machismos interiorizados que les impiden ver de qué se trata este proceso de concientización sobre la equidad de género y los entornos libres de violencia.

De este modo, en las charlas cotidianas, en las redes sociales, y en los medios de comunicación, las personas se han manifestado a su mejor entender sobre este fenómeno. Lastimosamente, su mejor entender no suele ser el más empático, ni el más solidario, ni el más colaborativo ante un mal que nos afecta a todos. Por el contrario, a medida que se pone en evidencia el problema, se radicaliza en discurso de odio contra las manifestaciones feministas, y con una gala vergonzante se exhiben la misoginia y la ignorancia.

Ante un escenario así, debemos explorar las alternativas para modificar la formación ideológica de nuestro entorno hacia una cultura de paz, en la que no tenga cabida ninguna vulneración motivada por la condición de género. Si bien las feministas (o un ala de éstas, que no es un movimiento monolítico) pueden rechazar el “reeducar a los machitos”, entre hombres sí podemos -y debemos- poner nuestro privilegio para que otros hombres entiendan la gravedad y la trascendencia del problema, así como las maneras públicas y privadas que tenemos a la mano para corregirlo o, al menos, aminorarlo en nuestros entornos inmediatos.

No es sencillo, porque -de inicio- eso demanda la revisión de nuestros privilegios y la concientización de nuestro aporte (consciente o inconsciente) a que este problema haya cundido. Luego de la revisión y de la toma de conciencia, viene la acción, porque no es lo mismo darse cuenta que hacerse cargo. No es sencillo, pero tampoco imposible. Frenar el discurso de odio misógino de los hombres hacia las mujeres es un deber ineludible entre los mismos hombres, si aspiramos a la equidad, y si -de verdad- enarbolamos la bandera del #NotAllMen.

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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