Opinión

El arte de Rufino Tamayo / Análisis de lo cotidiano 

El pintor Rufino Tamayo nació en Oaxaca, en esta fecha de hace 120 años. Es considerado como uno de los muralistas emblemáticos del Siglo XX y se le incluye junto a los “Tres Grandes” que fueron Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, aún cuando sus frescos fueron de una temática no revolucionaria y con menor contenido de crítica social. Sus pinturas están en las paredes del Museo del Cine en Dallas, la Universidad de Puerto Rico, el Museo del Hombre en Houston, el Palacio de la Unesco en París, en un paquebote de Israel y uno de los más significativos fue “El día y la noche” que se encuentra en el Museo Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México. En su obra existe la denuncia social, pero más todavía se destaca un elogio a los logros humanos. Su pintura muestra la capacidad del hombre para elevarse muy por arriba de su condición terrestre, ya que abunda en imágenes mitológicas, espirituales y de superación. Orgulloso de sus raíces, en su trabajo también aparecen las figuras prehispánicas de la cultura azteca y maya. Y aún cuando no fue tan combativo y socialista como los otros tres, siempre quiso que su arte cumpliera la función de educar, orientar y motivar a su pueblo. Es más conocido por su pintura de caballete en la cual destacan los cuadros de naturaleza muerta y particularmente se hizo famoso por sus sandías. De niño quedó huérfano y vino a vivir a la Ciudad de México a casa de una tía que se dedicaba a la venta de fruta y el pequeño Rufino ayudó en el comercio hasta que siendo ya un joven pudo vivir de su arte. La historia construye sus propios ciclos. Al inicio del Siglo XXI ya no existen los muralistas mexicanos. Ya no se aprovechan los muros de los edificios públicos para contar nuestra evolución. La pintura ha tomado otros rumbos muy diferentes a la denuncia social, a la recuperación de nuestro orgullo a la elevación del espíritu nacionalista. Incluso los artistas están comenzando a desaparecer de los billetes. Para muchos países fue motivo de admiración que México tuviera un billete con Diego y Frida, otros con poetas como Sor Juana Inés de la Cruz y Netzahualcóyotl. Pero ya se terminó, pronto Diego desaparecerá y su lugar volverá a ser ocupado por el omnipresente Benito Juárez. Nunca alcanzaron a estar en nuestra moneda los pintores Siqueiros, Orozco, O’Gorman o los poetas Octavio Paz, Amado Nervo, Jaime Sabines, Manuel Acuña y muchísimos más. El muralismo es ahora prácticamente inexistente y cuando llega a realizarse suele ser por mandato oficial y se destacan las figuras políticas por encima de las artísticas. Los murales de nuestro Palacio de Gobierno tienen afortunadamente un reflejo de las tradiciones populares, aunque su contenido político es predominante. El mural del Palacio Legislativo es totalmente político y no parece haber futuro para el arte en la obra pública. Todo parece indicar que ya no veremos a los grandes artistas en paredes al alcance de la admiración de nuestra gente. Las grandes obras que en el mercado del arte logran precios estratosféricos solamente podrán ser admiradas en algunos museos o en las residencias de acaudalados empresarios o de acaudalados políticos, como acaba de ocurrir con la exposición de las obras que “pertenecen” a la maestra Gordillo. Así somos.

 

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Héctor Grijalva

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