Opinión

Groenlandia: El sueño inmobiliario de Donald Trump / Taktika

Nueva Jersey, Unión Americana. 18 de agosto de 2019. Fiel a su naturaleza locuaz, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, encara, antes de abordar el Air Force One, a la prensa con respecto a su última ocurrencia, Groenlandia: “Esencialmente, Dinamarca la posee. Somos muy buenos aliados de Dinamarca. Protegemos a Dinamarca como protegemos grandes porciones del mundo”. Luego, el antiguo desarrollador inmobiliario agrega: “Bien un montón de cosas pueden ser hechas. Esencialmente es un gran negocio de bienes raíces”. 

Ese mismo día, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, responde al neoyorquino logorreico: “Groenlandia no está a la venta. Groenlandia no es danesa. Groenlandia pertenece a Groenlandia. Espero que esto no sea algo serio”.

Las escenas arriba descritas sirven como prólogo al presente artículo el cual pretende explicar cuáles territorios estadounidenses fueron adquiridos mediantes acciones de compra-venta y cuál es el trasfondo detrás del sueño inmobiliario de Donald Trump.

En octubre de 1800, el rey de España, Carlos IV, alarmado por las victorias francesas en el norte de Italia, ofreció a Napoleón Bonaparte ceder la provincia de Luisiana a cambio de salvaguardar el reino de la Toscana. Tras varios meses de negociaciones, en marzo de 1801, España cedió los territorios de la Luisiana a Francia. 

Animado por esta victoria diplomática, el Primer Cónsul envió una fuerza expedicionaria a Haití para retomar el control de la isla. Asimismo, Bonaparte que las autoridades del puerto de Nueva Orleans bloquearan el tráfico de mercancías estadounidenses en el río Misisipi. El mensaje del Gran Corso era claro: restablecer el imperio colonial francés en América del Norte.

Sorprendido por las acciones francesas, el presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, sopesó con detenimiento la situación, debido a que la cesión de la Luisiana a Francia “amenazaba con el desmembramiento temprano de una gran porción de nuestro país; más inmediatamente la seguridad de todos los estados sureños; y remotamente la independencia de toda la unión”1 porque los británicos patrullaban el Golfo de México y, a la primera señal de hostilidades con Francia, se apoderarían de Nueva Orleans y, por lo tanto, controlarían el río Misisipi partiendo en dos el sueño estadounidenses de ser una potencia continental.

Jefferson, percibiendo que la guerra entre Francia y el Reino Unido era sólo cuestión de tiempo, reaccionó con alacridad: el antiguo gobernador de Virginia, James Monroe, fue enviado, en marzo de 1803, a París para negociar la venta del territorio de la Luisiana. En la capital francesa, el virginiano se unió al embajador estadounidense, Robert Livingston. 

El 2 de mayo, Monroe, Livingston y el representante francés, François de Barbè-Marbois, rubricaron el tratado. Ambas partes estaban felices: Francia no había cedido la Toscana, la cual había prometido a España, a cambio ganaba 15 millones de dólares para gastarlos en la guerra contra el Reino Unido, la cual estalló dos semanas después de la firma del convenio; los Estados Unidos adquirían partes o la totalidad de Arkansas, Colorado, Iowa, Kansas, Luisiana, Minnesota, Missouri, Nebraska, las dos Dakota y Wyoming.   

Jefferson recibió, el 4 de julio, la noticia de la compra. El 20 de octubre, el Senado ratificó el acuerdo por 24 votos a 7. El Partido Federalista estaba molesto, debido a que pensaba que sólo habían comprado un enorme territorio en donde moraban “lobos e indios vagabundos”. Sin embargo, el senador por Massachusetts, John Quincy Adams, tenía otra visión: “La adquisición de la Luisiana agrega una inmensa fuerza”2 pues hará de los estadounidenses “el pueblo más poderoso y poblado”3

Creyendo que la América rusa (Alaska) era un riesgo financiero y una debilidad militar, el zar Alejandro II de Rusia ordenó, en diciembre de 1866, a su ministro en Washington, Eduard von Stoeckl, entrar en negociaciones con el presidente Andrew Johnson. El mandatario designó a su secretario de Estado, William H. Seward, para llevar a cabo la negociación. 

El diplomático estadounidense era un viejo zorro del ajedrez geopolítico: durante la Guerra de Secesión había luchado para evitar el reconocimiento por parte de Francia y el Reino Unido de la Confederación esclavista. Asimismo, había apoyado, con matices, al gobierno de Benito Juárez en su lucha contra Napoleón III y su títere austríaco, Maximiliano de Habsburgo. 

Seward vio la oportunidad de extender la Unión Americana y no lo pensó dos veces: ofreció a los rusos 7.2 millones de dólares por Alaska, un territorio con una extensión territorial de 1.5 millones de kilómetros cuadrados. El 30 de marzo de 1867, Seward y Von Stoeckl signaron el acuerdo4. Inmediatamente, la prensa estadounidense calificó el acto como “la locura de Seward”. Por último, el 30 de octubre, la bandera con el águila bicéfala fue arriada y el pendón de las barras y las estrellas fue izado al son de las salvas de artillería.

Tras haber analizado las compras de la Luisiana y de Alaska, se analizará el caso de Groenlandia. El interés estadounidense por esta isla no es nuevo: en 1867, tras negociar la compra de la América rusa, Seward expresó su deseo de adquirirla. Sin embargo, el Congreso estadounidense se opuso a la transacción.

El deseo de Washington, sin embargo, no feneció: en abril de 1941, los estadounidenses ocuparon Groenlandia para evitar una posible invasión germana. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, Dinamarca permitió que los estadounidenses establecieran una base aérea para monitorear a los aviones de la Rusia soviética. No obstante, Copenhague rechazó la oferta del entonces presidente Harry Truman de comprar la isla. 

El escribano concluye que Trump desea comprar Groenlandia para: cimentar su lugar al lado de Thomas Jefferson y Andrew Johnson como mandatarios que ampliaron pacíficamente los límites de la Unión Americana; poseer las vastas reservas de minerales de tierras raras -disprosio, neodimio, praseodimio y terbio-, así como uranio y zinc; controlar el Paso de Noroeste; y disputar la supremacía en el Ártico a Rusia.

Aide-Mémoire.– El presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha declarado que se necesita una nueva arquitectura “de seguridad y de confianza” en Europa, la cual abarque desde “Lisboa a Vladivostok”. Esto implica incluir a la Rusia liderada por Vladimir Putin.

 

1.- Stanton, Fredrik. Great Negotiations: Agreements that Changed the Modern World. Yardley, Westholme, 2010, p. 23.

2.- Edel, Charles N. Nation Builder: John Quincy Adams and the Grand Strategy of the Republic. Cambridge, Harvard University Press, 2014, p. 59.

3.- Unger, Harlow Giles. John Quincy Adams. Boston, Da Capo Press, 2013, p. 109.

4.- Montefiore, Simon Sebag. The Romanovs: 1613-1918. New York, Alfred A. Knopf, 2016, p. 407.

 

 

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Soren de Velasco Galván

Soren de Velasco Galván

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