Opinión

No dictarán nuestra rebeldía / Mareas Lejanas

  • Aranza Cortés Karam 

 

A partir de las recientes manifestaciones feministas, consignas, valores y disputas en contra del orden patriarcal pintan la Ciudad de México, encabezan los medios, inundan las redes y protagonizan las sobremesas. Pero cuando cantamos que el patriarcado se va a caer, ¿de qué realmente estamos hablando? ¿Qué es el orden patriarcal y cómo se expresa? Específicamente, me gustaría hablar de algunas expresiones que ha tenido en relación con lo sucedido a partir del 3 de agosto, cuando una mujer menor de edad denunció haber sido violada por cuatro policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México camino a su casa en Azcapotzalco. Tras un muy cuestionable manejo del caso, procesos irregulares, filtración de información, la pérdida de las pruebas genéticas, y el fallo de la procuraduría que dictaminó que no hubo violación, los policías señalados continúan sus labores, pues -en palabras del Secretario de Seguridad Ciudadana de la CDMX, Jesús Orta- no hay una imputación oficial y no se puede atentar contra sus derechos laborales. 

Ante este caso de violación, aún impune y sumado al hartazgo milenario producto de la opresión machista patriarcal, mujeres en México han tomado las calles y hecho un llamado a la consciencia social, cuyo fin primordial es la justicia, las reacciones se han hecho saber. 



¿Por qué lo sucedido en las protestas del 12 y 16 de agosto ha generado tanta controversia? Las respuestas rebasan a las palabras, así que no es mi intención ni mi papel como individua contestar esto. Sin embargo, me atrevo a pensar que tiene que ver con que el movimiento feminista, ese que se vive como una fuerza de rebeldía por el amor a la vida, ese instinto de supervivencia y dignidad que resiste a la opresión en todas sus caras, no pertenece ni existe en función del orden patriarcal. 

La relevancia de esta coyuntura no radica en la revelación de la bien sabida traición de aquellos en el poder, más bien, nos permite observar y vivir de forma directa el rechazo a toda expresión disidente, la negación a toda búsqueda por una realidad distinta. El Estado no nos cuida y sí nos amenaza, histórica y personalmente, ya lo sabemos. Sin embargo, las posturas de personas de instituciones como el Estado, los medios hegemónicos, la academia, y parte de la sociedad civil, frente a las manifestaciones feministas, sobre todo con respecto a las intervenciones al espacio público y a la moralización de ‘las formas de manifestarse’, muestran de manera transparente discursos del orden patriarcal, cuya naturaleza es vertical, opresora, represora, antifeminista y misógina. 

En México, la violencia en contra de las mujeres va a la alza, muy pocas veces es denunciada y en la gran mayoría de los casos los violentadores quedan impunes y las víctimas revictimizadas, expuestas y más violentadas. Sin embargo, algunas posturas anti-impunidad parecen estar más en pos de las piedras labradas que de las personas. 

Ser feminista implica replantear los límites. Nosotras no nos restringimos a pensar que lo que desde el orden patriarcal llaman patrimonio y patria no nos pertenece. Parte de nuestro quehacer personal político es resignificar lo que entendemos como orden e historia. Intervenir el espacio público, que también es nuestro, es una expresión natural de ello. 

Las mujeres despertamos y dormimos conscientes de la amenaza permanente de morir a manos de un feminicida, de ser violadas, de someternos a abortos clandestinos, de ser despedidas o no contratadas, de ser agredidas en el andar de un día cualquiera. Por ello, aunque estas protestan se enfocan explícitamente en el abuso policiaco, la complicidad e indiferencia de las autoridades, y el ambiente de impunidad social y legal, no debe olvidarse, ni por un momento, que el señalamiento se extiende a todos aquellos que pactan en contra nuestra, a novios, exnovios, padres, abuelos, tíos, primos, maestros, compañeros, colegas, amigos y desconocidos que de una o mil formas nos violenten. 

Estamos educados a no reconocer al patriarcado como un orden opresor que permea casi toda acción y palabra. Parte de su aparente omnipresencia se debe a su invisibilidad desnuda, por eso puede resultar difícil distinguirlo en ocasiones, pero aunque se autodenomine aliado, o sea cubra de diamantina, o nos hable en feministo, hay que tener mucho cuidado para no confundirlo con lo que no es, verlo donde aparentemente no está, y sobre todo para no reproducirlo sin consciencia. 

A su vez, es importante reconocer cuando este orden es puesto en práctica de forma deliberada, por ejemplo: que los medios envíen reporteros hombres a manifestaciones feministas, aún cuando se les ha explicado un sinfín de veces que son eventos separatistas, es un claro ejemplo de cómo eligen no respetar nuestras reglas en nuestros propios espacios. Es también una evidente muestra de cómo prefieren retar, provocar o evadir un límite antes que contratar o tomar en cuenta a una compañera periodista que por supuesto está en una mejor posición que cualquier hombre para cubrir dichos eventos. Esto es el orden patriarcal, encarnado, completo en su ciclo de violencia disfrazada de indiferencia. 

Por su parte, los comunicados oficiales del gobierno, así como los comentarios de funcionarios públicos y académicas simpatizantes con el poder como Marta Lamas y Elena Poniatowska, construyen y reproducen discursos que intentan deslegitimar la lucha feminista. La actitud calificativa, la selectividad con que se ha apoyado o rechazado las formas de expresión, el haber dicho que se dialogaría únicamente con las manifestantes que lo hicieran de formas que el Estado elige reconocer y aceptar, es otro claro ejemplo del orden patriarcal. 

Apelar a una institucionalización del feminismo es como querer meter ríos en una caja de cartón, es querer darle la forma de aquello que reniega, es calzar la lucha en contra de la opresión a la medida de quien la ejerce. Si al Estado y a la policía no les parece correcto que se incendien estaciones, se pinten monumentos, y se llenen las calles de mensajes, es precisamente porque estas acciones en ningún momento están concebidas para complacerles. 

No es sorpresa que una marcha en contra de la violencia machista no sea bien recibida en un país que asesina a sus mujeres, muchas veces en vida y muchas veces hasta la completa muerte. Las manifestaciones no tienen como fin mantener la paz, menos cuando ésta es negada en todo tiempo y espacio. Las reacciones feministas no apelan al orden patriarcal, no buscan mantener la verticalidad, no hablan de abajo para arriba, no se alimentan de narrativas donde a la violencia se le responde con flores o poniendo la otra mejilla. Las feministas no buscamos ser las mujeres que quieren que seamos, nos sabemos rechazadas porque nos sabemos nuestras y para eso renunciamos diario a los mandatos que nos imponen, dispuestas a mantenernos en pie de lucha frente a la tormenta aún cuando tenemos infinitas razones para tener miedo.

Por eso, no buscamos ni necesitamos legitimación institucional. Sabemos que nuestros opresores no están contentos. El orden patriarcal, sus instituciones, las mujeres y los hombres que lo encarnan, jamás estarán de nuestro lado, jamás serán nuestros amigos, no importa cómo se presenten, qué tanto se transformen o flexibilicen. 

No nos dirán cómo manifestarnos, porque no dictarán nuestra rebeldía, porque lo que les parece sinsentido es nuestro camino a la dignidad inquebrantable. 

 

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Aranza Cortés Karam

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