Opinión

Pepe Pagés, Rafael Bernal y la Soberanía Nacional (2) / Cátedra

La función de la crítica. Uno de mis grandes maestros en la UNAM fue Rubén Salazar Mallén; pero aprendí más de él en sus artículos periodísticos que en la cátedra. Uno que recorté del diario El Día en 1960, que conservo hasta la fecha y he reproducido en varias ocasiones porque lo considero una obra maestra, fue el que lleva el título con que inicio este párrafo y contiene el significado del pensamiento crítico que debe transmitir la Universidad a todos sus estudiantes en su calidad de futuros ciudadanos, porque ningún profesional -por más títulos que tenga- puede ser verdaderamente universitario si no es, primero, buen ciudadano.

En la conclusión del citado artículo dice: “Los funcionarios a quienes enfurece la crítica, nunca merecieron ser ciudadanos y están traicionando su función”.

Y es que la crítica no solo es un derecho (aún la comúnmente conocida como “negativa”, dice) sino una obligación que el gobernante debe agradecer porque lo acerca al sentir de los ciudadanos que la ejercemos, con la intención de darle a conocer nuestra opinión sobre su ejercicio y contribuir con ello, desde nuestra modesta ubicación, a corregir, defender y en todo caso ponderar sus decisiones, a diferencia de los aduladores que todo lo aplauden para recoger a su paso las migajas del poder.



Hay quienes me han dicho que debería felicitar al presidente por lo que hace bien, pero los recursos con que cuenta el ciudadano son incomparablemente escasos, comparados con los que tiene a su disposición el gobernante para difundir lo que le interesa, que en no pocas ocasiones son banalidades. Y si mi único espacio es éste que me brinda La Jornada Aguascalientes para plantear mis críticas que considero de más utilidad que mis aplausos, procuro aprovecharlo al máximo.

Pero yo no escribo tanto para que el presidente se entere de mis opiniones (posibilidad más remota que probable), sino para que se enteren mis conciudadanos a quienes invito a expresar su verdad al respecto, no importa si lo que digan coincide o no con la mía porque lo que vale, en última instancia, es la suma de voluntades expresadas mediante el voto, que es el tesoro más valioso con que cuenta el ciudadano en una sociedad democrática como la que tenemos y aspiramos a perfeccionar. De ahí la divisa de la Agrupación cívica Jesús Terán “Por la Unidad en la Diversidad”.

Por ello, independientemente de la calificación que merezca quien ejerza la función presidencial, considero que todo ciudadano está obligado a defender el cargo de Presidente de la República que ganó en buena lid por voluntad popular porque la soberanía de la Nación radica en el pueblo, tal como establece el artículo 39 de nuestra Constitución Política. 

Administración pública. En relación con este tema nos referimos más a la forma deficiente y hasta contradictoria con que el presidente López Obrador pretende cumplir algunas de sus promesas o imponer otras opuestas al ideario de su partido, lo cual coloca en grave riesgo la noble intención de corregir un daño o establecer políticas benéficas, deseándole “por el bien de todos” que se dé la oportunidad de meditar sobre el particular y encuentre la manera de actuar con la prudencia necesaria para recuperar el rumbo recomendándole, en todo caso, que se allegue la asesoría de expertos en administración pública, que es el renglón en el que más le urge apoyo por su desigual juicio para seleccionar sus colaboradores -que debe hacerse en función de la capacidad y experiencia del mejor candidato en cada área- organizar su equipo de trabajo y delegar funciones, a fin de alcanzar las condiciones óptimas en el propósito de ejecutar en una forma lógica y ordenada los programas de gobierno.

 

Soberanía. Sin embargo, es en el campo de la doctrina política relativo al tema soberanía en donde está, a mi juicio, el punto más riesgoso y delicado para el futuro de la Nación que se ha presentado en lo que va de su gestión, aunque para él lo sea más el de la proyección histórica de su desempeño que él considera maduro y hasta cumplido en buena parte, pero que apenas está en pañales.

Según el diccionario, soberano es quien “ejerce o posee la autoridad suprema e independiente”, pero utilizaré un ejemplo muy sencillo para explicarlo en forma práctica, comparando al Estado con nuestro hogar.

En los hogares en que vivimos, la soberanía está personificada por dos poderes representados por los progenitores, unidos legalmente por el Estado mediante un contrato de matrimonio; esos poderes representados por el padre y la madre deben trabajar en armonía para cumplir con la responsabilidad de apoyarse mutuamente y, eventualmente, atender todas la necesidades del hogar orientadas a educar adecuadamente a sus hijos en tanto sean menores de edad, para garantizar la permanencia y mejoramiento de la sociedad. Y a menos que falten a sus deberes, nadie más tiene facultades para intervenir en su hogar, que por eso es soberano.

Para evitar que haya monarcas o dictadores que concentren todo el poder, en la república la soberanía está constituida por tres poderes que se equilibran: el poder Legislativo representado por los diputados y senadores encargados de emitir las leyes que nos rigen; el poder Judicial representado por los magistrados y jueces encargados de interpretar esas leyes e impartir justicia; y el poder Ejecutivo encargado de dar cumplimiento puntual a las leyes surgidas del Poder Legislativo y a las sentencias dispuestas por el Poder Judicial.

Al igual que en nuestro hogar, para que nuestra Nación conserve intocada nuestra soberanía es requisito esencial que ningún poder externo intervenga en nuestros asuntos internos; por ello es indispensable, en la debida reciprocidad, que nuestro país se abstenga de intervenir en los asuntos internos de otras naciones. De ahí el origen del apotegma juarista “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Pero así como la soberanía de los hogares se ve continuamente amenazada por fuerzas externas la de las naciones sufre también continuas acechanzas, lo que hace complicado el análisis de la pérdida de soberanía, por lo que es necesario dividirla en soberanía política, soberanía económica y soberanía social, cada una subdividida a su vez en otras categorías tan sutiles que muchas veces pasan desapercibidas.

Con este propósito utilizaré un ejemplo de la soberanía política y otro de la soberanía económica, pero este tema lo tocaré en la próxima entrega.

 

Por la unidad en la diversidad

Aguascalientes, México, América Latina

 

tlacuilo.netz@yahoo.com

 

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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