Opinión

Todo es irracional, depende de cada persona elegir una historia que soporte su propia realidad | Entrevista a Franco Félix, acerca de su novela Maten a Darwin

  • Entrevista a Franco Félix, acerca de su novela Maten a Darwin
  • Me vuelvo como un tutor de chicos extraños y soy como una nodriza de mil senos que debe alimentarlos hasta que tomen la forma de personajes literarios y así poder echarlos a la calle

 

Platicar con Franco Félix (Sonora, 1981) es prepararse a entrar a una dimensión desconocida. Una dimensión llena de humor, de accidentes de la realidad que pueden desembocar en una aventura divertida, increíble y repleta de elementos literarios. Todo acontecimiento que se vive con Franco Félix puede terminar en un cuento o parte de una novela. Es un viaje estrambótico, onírico, fársico, que no dejará en un estado de aparente normalidad a quien lo escuche.

Franco Félix ganó el Premio Binacional de Novela Joven “Frontera de Palabras/Border of Words” en 2015 con Los gatos de Schrödinger (Tierra Adentro), con lo que su carrera literaria se proyectó en el ámbito nacional. Kafka en traje de baño le hizo merecedor del Premio Concurso de Libro Sonorense en el área de Crónica en 2014, pero se publicaría hasta 2015 bajo el sello editorial de Nitro Press.

En 2017, se publica Mil Monos Muertos (Fomento Editorial BUAP), un libro con historias raras y absurdas, en donde Franco Félix hace un nuevo guiño a David Foster Wallace por la forma tan extraña en la que presenta a sus personajes: historias de personas que transitan por la senda de los caídos.

Maten a Darwin (Caballo de Troya, 2018) es un reto titánico de escritura y de edición. Estamos ante un libro de más de 500 páginas en una época en donde ya no se publican novelas de esa envergadura. Con este libro, Félix redondea su trabajo sobre la literatura del absurdo y nos plantea otro reto a sus lectores: avanzar sobre los rieles de una novela que habla de la evolución, de la enfermedad y de la entropía. En cada uno de los libros de Franco Félix estamos tomando un navío que bien podría ser llamado el barco personal de los locos.

Óscar Alarcón: Parece ser que en Mil monos muertos el absurdo es un tema que recorre el libro, sin embargo, es un libro de ficción en contraste con lo que ocurre en Kafka en traje de baño, ¿qué es lo que te atrae del absurdo para retomarlo y ponerlo al servicio de tus cuentos?

Franco Félix: Creo que ocurre una operación en sentido opuesto, yo estoy al servicio del absurdo, el gran Maestro, y eso se proyecta, en automático, en los cuentos y en toda mi escritura. Qué digo, en toda mi vida. Soy muy serio por eso mismo. Porque cuando hablo sólo digo cosas sin sentido. Los gringos le llaman “awkward”. Eso soy. Cada sonido que sale de mi boca es para provocar una reacción de desconcierto. Por eso soy tan aislado.

No es raro que mis personajes sean así. Todo les parece irracional. Todo me parece tan irracional. Ni siquiera sé cómo articularlo. No veo la salida. Y no tiene por qué haberla. Es sólo un concepto.

Bueno, en pocas palabras, no creo en la racionalidad. Es decir, comprendo las grandes estructuras cognitivas que nos ha producido la razón, incluso, cuando escucho hablar a la gente o cuando escribo, pero sospecho de la famosa progresividad y la idea metafórica del futuro echado hacia delante gracias a la racionalidad. Esto es una idea pura. Y es mi humilde propuesta, mi pequeño grano de arena contra toda ideología. Parece que entre más “inteligentes” somos, la pala con que cavamos nuestra tumba es más grande.

ÓA: Aunque sabemos que el cuento no es el entrenamiento para la novela, parece ser que tanto en tus crónicas como en tus cuentos ya estabas preparando lo que tratarías en Maten a Darwin, como si fuera una obra total, ¿cuáles consideras que son los hilos conductores que unen a tus libros?

FF: Totalmente. Hay, incluso, personajes en Maten a Darwin que provienen de Los gatos de Schrödinger o de otros cuentos sueltos que aparecen una y otra vez en distintos libros. Me parece que, al final, estoy escribiendo una mitología propia porque soy muy aprensivo con todos estos sujetos que aparecen en mis relatos o mis novelas. La soledad es un tema recurrente en mi escritura y pienso que esta naturaleza narrativa de intercambiarlos entre los textos me permite construir un universo en el que pueda convivir todos ellos. A veces imagino, por ejemplo, a Pat de Maten a Darwin, esa geniecilla con Síndrome de Down, charlando con Rábano de Los gatos de Schrödinger, ese pequeño ignorante con la partida en dos por un hilo de sangre. Y a veces escribo diálogos entre ellos por puro entretenimiento, pero van surgiendo ideas que se transforman en relatos más grandes. Es algo perverso. Es como si dos personajes de distintos libros fornicaran y tuvieran un bebé mucho más bizarro que ellos dos y lo abandonaran en la puerta de mi mente y huyeran a toda velocidad tras tocar el timbre. Me vuelvo como un tutor de chicos extraños y soy como una nodriza de mil senos que debe alimentarlos hasta que tomen la forma de personajes literarios y así poder echarlos a la calle. Qué analogía, carajo.

ÓA: En Maten a Darwin leemos un trabajo que conecta con algo que parece ser metaliteratura, pero en este caso no es autorreferencial sino que tiene una cantidad de referentes que van desde la ciencia hasta la enfermedad, ¿qué implicó para ti escribir una novela monumental como Maten a Darwin?

FF: Pues primero eso, el trabajo de investigación fue lento y largo, me tomó muchos años construir el espectro total del libro. Además, mientras escribía esta novela, fui desarrollando otros proyectos que terminaron siendo absorbidos por Maten a Darwin. No podía soltar la historia, y los nuevos proyectos tenían el mismo tufillo, el mismo humor, la misma esencia, e incluso, los mismos personajes, pero con nombres distintos. Me descubrí como lo hiciera un esquizofrénico sobre su propia condición, absorto y asustado por la claridad del mundo echada hacia el frente. El horror. Sé que soy un obcecado de mierda.

Como dijera Foster Wallace sobre su paranoia: “Sé que soy paranoico, pero ¿seré lo suficientemente paranoico?”, así, en mi caso, la nomenclatura tiene la misma estructura: Sé que soy un obsesivo, aunque no sé -de verdad- si la gente tiene claro lo que es ser un obsesivo, cuando no es obsesiva. Es decir, el obsesivo no sabe que es un obsesivo, sino hasta que un no obsesivo señala la obsesión. Quiero decir con esto que -y es algo que me preguntan muchas veces- cómo es que escribí una novela tan larga. Y como buen obsesivo no me lo parece tanto, quiero decir que no es tan larga, salvo para quienes no son obsesivos. ¿Me explico? Quiero decir esto, vamos, que lo disfruté y que podría haber seguido escribiendo y amplificando el bodrio si la editorial no me la hubiera quitado de las manos.

Eso les dije cuando me dieron la noticia de que la publicarían. Les dije que agradecía que alguien, por fin, me salvara de seguir infinitamente en ese bucle.

ÓA: Maten a Darwin puede ser una novela sobre lo raro, ¿qué ocurre en México con la rareza? Y con rareza no sólo me refiero a aquello que sale de la normalidad, sino también al que es distinto a uno mismo: al niño con Síndrome de Down, al incomprendido, al diferente.

FF: Para Derrida, nada hay fuera del texto porque la realidad misma es interpretable. La realidad es una narración. Parece, cierto, un disparate, pero hay una tesis de la Deconstrucción ahí. Veamos, todo sentido es un relato. ¿Por qué? Porque no hay forma de establecer las interconexiones entre el mundo de las cosas y su representación en el lenguaje, sino con el mismo lenguaje. Para entender cualquier sentido del mundo se requiere un lenguaje. El sentido de las cosas del mundo se articula, no hay más. Si algo parece que no tiene sentido es porque no se conoce el relato que lo soporta.

Si llego a mi escuela y en los pasillos hay un caballo, lo primero que sentimos es una desconexión del relato + escuela + estudiantes + profesores = sentido ≠ caballo. Pero cuando viene el conserje y explica que ese día en el patio se llevará a cabo una presentación de un experto en equinoterapia y que el caballo se ha escapado del corralito improvisado y ha llegado hasta los corredores del plantel, entonces todo cobra sentido. Así, con todo lo que de entrada parece chocante o raro tiene su propio relato, pero pocos tienen la paciencia para esperar a oírlo o leerlo.

Todos los personajes de Maten a Darwin son como ese caballo y las 560 páginas del libro son el conserje, los lectores serían, entonces, como ese estudiante llegando a un lugar lleno de irregularidades. De ellos depende si quieren escuchar la historia o no de esos chicos diferentes que tienen algo por decir. Esto en la ficción, pero ocurre el mismo proceso en la realidad. En eso consisten los géneros, en ponerle atención a los relatos-sentidos que están suspendidos delante de nosotros. Al final, como dije antes, todo es irracional, depende de cada persona elegir una historia que soporte su propia realidad.

ÓA: Entiendo que la naturaleza de tu escritura así lo requirió y que no debe ceñirse a límites de páginas, sin embargo, ¿por qué correr el riesgo de publicar una novela de más de 500 páginas en una época en la que parece ser que la gente no lee?

FF: Porque hay gente que lee. Y no sólo hay gente que lee. Hay gente que lee libros de más de 500 páginas. Lo que hago, lo que escribo, es para aquellos lectores a quienes considero mis amigos. Aunque no los conozca. Pienso que todos son mis amigos por el simple hecho de asomarse por esa ventana a mí histeria que es Maten a Darwin o cualquiera de mis libros. Sé que no tengo muchos lectores, pero como dijo mi amigo David sobre sus propios pocos lectores: sólo escribo para ellos. Considero que eso está bien. Tampoco tengo muchas aspiraciones en cuanto a la escritura. Y si te soy honesto, a veces me siento profundamente impostado. No sé qué hago aquí publicando libros. No tiene sentido para mí. Nadie me ha contado ese relato que me falta.

ÓA: ¿Cuál consideras que es el sentimiento más ruin que tiene el ser humano?

FF: Pienso que su pretensión por ostentar la verdad. Se llama arrogancia, pero también ideología.

@metaoscar

 

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Oscar Alarcón

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