Opinión

Alhondigario / La escuela de los opiliones

Miguel Hidalgo y Costilla: empresario astuto, su fortuna siempre está a unos pesos a llegarle a la de Slim y coronarse, por fin, como el hombre más rico de México. Fue expulsado del seminario muy joven por sus dotes ficticias de apostador y taimado. Cuando se vio sin educación y negado por su familia, empezó vendiendo unas frituras de nopales a las cuales les fue muy bien. Nada tonto, con las primeras ganancias hizo el sacrificio de diversificar sus negocios antes de comprarse su primer Tesla: bicicletas de tamales y atole por toda la ciudad, zapaterías de precios felices para los chamaquillos que entran a la escuela y terrenos para colocar antenas de comunicación móvil, excepto de Telcel, las de ese cabrón no. 

Vicente Guerrero: atiende un puesto de pozole en Acapulco, Guerrero. Hombre hirsuto, taciturno y de ojos profundamente negros, un día apareció en aquel lugar para sorpresa de los locales pero nadie quiso indagar porque en Acapulco, igual que en muchas otras partes de México, es mejor no moverle mucho cuando un hombre de su talante aparece. Pero algunos vecinos probaron su pozoles y poco a poco se ganó el cariño de los estómagos vacíos y jubilosos. Se toma un cafecito blanco, los viejos platican con él y le cuentan chistes verdes, pero él sólo manotea y responde con gruñidos apenas amables, como si fuera un extranjero de su propia tierra. Así lo quieren. Parece que todo el tiempo puede recordar una guerra que sucedió hace cientos de años pero no puede explicárselo a nadie. Hace lo único que puede hacer en este mundo nuevo, sirve el pozole a sus clientes, se gana la vida, sin prisas, sin grandes ambiciones, mientras sueña con que algún día cruzará caminos con alguien que pueda explicarle el nuevo propósito de su vida. 

José María Morelos: el sujeto regresó con los otros pero, a la primera oportunidad, desapareció entre las multitudes y no se le ha vuelto a ver. 



Agustín de Iturbide: consejero y bufón personal del presidente actual de México. Consejero porque tiene muy buen vocabulario y don de gentes; el señor está bien instruido en comprender el corazón profundo de las multitudes. Bufón porque su español, además de ibérico, está un poco anquilosado y cuando el señor, antes Emperador, se excita, habla unas fruslerías que generalmente ponen muy de buenas a nuestro actual dirigente. Cuando no está fungiendo alguno de sus papeles oficiales, Agustín de Iturbide, encerrado en las mazmorras de la casa presidencial junto a Antonio López de Santa Anna, toma una guitarra y compone canciones de desamor para un muchacho que, sin él saberlo, hace algunos cientos de años el tiempo lo hizo polvo. 

Josefa Ortiz de Domínguez: estratega y calculadora, la Corregidora es la única que cayó en cuenta de lo que estaba pasando: dado que el nivel de tecnología presente no era representativo a las posibilidades narrativas de acuerdo a múltiples textos filosóficos, neurocientíficos y de ciencias matemáticas, llegó a la conclusión de que alguna entidad superior (quizás Dios) recreó la personalidad de algunos personajes históricos y los depositó en una simulación del México actual. Sabiéndose falsa pero aún responsable de corresponder a la realidad que no puede negar, y de la que es prisionera ya que no posee las herramientas con posibilidad de romperla, la Corregidora ha dedicado la fortuna de su familia para abrir orfanatorios y lugares de descanso y alimento para los mexicanos desahuciados de la simulación. Cree, en su corazón, que la bondad es el fin último de todos los seres y la respuesta al experimento de los metahumanos. 

José María Morelos: se le vio un día en alguna playa de Veracruz. Semidesnudo, abrió los brazos y caminó hacia el mar. 

Juan Escutia: invitaron a su hermano a formar parte de un cártel. Cuarenta cabrones armados afuera de su casa, dispuestos a llevárselo. Recuerdos primitivos, espirituales y patrioteros despertaron en el joven Juan. Besó a su hermano en la frente y le pidió que no saliera de la casa. Sacó el fusil de la familia, lo blandió como un arma sagrada y le gritó a esos cuarenta cabrones que los Escutia no se dejaban amedrentar por nada. El patrón de los cuarenta se rió, les dijo a todos que apuntaran sus armas porque iban a fusilar a un bocón. Pero el joven Juan no se dejó, y no se dejó cuando dieron la orden del disparo, y cientos de balas ardieron en sus pies y levantaron el polvo. Algunos imaginarán a Juan Escutia abatido, como antes, como siempre, pero no. Todavía permanecía de pie, sin herida alguna y muy parecido a un Cristo nuevo, los villanos se arrodillaron frente a él y le besaron los pies. “Usted”, dijeron, “de ahora en adelante, será el patrón de nuestra generación”. Todavía cantan el corrido del niño que sobrevivió. Viva México, perros.

 

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Agustin Fest

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