Opinión

Carlota: sesenta años de soledad, más cien de olvido / Extravíos

La soledad lleva en su seno la semilla de la locura, 

incluso aunque hayas vivido toda la vida así, 

incluso aunque te hayas adaptado a la soledad y a la frustración.

Mircea Cārtārescu, Lulu

 

La imagen que tenemos de Carlota, Emperatriz de México de 1864 a 1867, va de la criatura que concibió la portentosa imaginación literaria de Fernando del Paso en Noticias del Imperio (1987) a la de una extraviada y desventurada mujer que un día, sin más, arribó a México como la consorte de un improbable Emperador de un aún más improbable Segundo Imperio para iniciar una aventura que, al poco tiempo, la obligará a regresar a Europa de donde nunca más volvería. 

Ninguna de estas dos imágenes corresponde a la Carlota real. Y hoy, a poco más de cien años de su fallecimiento en el castillo de Bouchout (Bruselas), seguimos ignorando casi todo de quien fue Carlota, en particular la Carlota que vivió la mayor parte de su vida, 60 de sus 87 años, asediada por sus enfermedades mentales, acosada y sitiada por sus presuntos protectores (en particular su siniestro hermano Leopoldo II), en reclusión permanente e involuntaria, y presa de una profunda añoranza por un Imperio al que, con todo, amo incondicionalmente.

Lo poco que creemos saber de ella después de que en 1866 dejara el país debe más al chisme, el rumor, la especulación maliciosa que a una verdadera indagación histórica. Es como si, una vez concluido el Segundo Imperio y fallecido su esposo, Carlota dejara, sino de existir, sí de importar. Nos pareció digna de atención en tanto hija del rey Leopoldo I, hermana de Leopoldo II y consorte de Maximiliano. 

Esta vergonzosa negligencia histórica se arraiga tanto en una secular y necia misoginia como en una igualmente penosa falta de curiosidad por ir más allá de lo que nos aconseja esa mezcla de provincialismo y pereza que, entre otras cosas, nos impide siquiera asomarnos al itinerario vital de un personaje en muchos sentidos tan fascinante como Carlota. 

De algún modo era necesario compensar esta dejadez por lo que es más que bienvenido el incisivo libro 60 años de soledad. La vida de Carlota después del Imperio Mexicano 1867-1927 (Grijalbo, 2019) de Gustavo Vázquez Lozano, que ofrece una novedosa exploración sobre la vida de Carlota de 1867 a 1927, exploración guiada por una noble empatía en relación a su personaje y que es relatada con el sabor y tono de una animada conversación que nunca recae en el aburrimiento o la pedantería.

 El recorrido inicia con tres breves capítulos donde se echa “un vistazo” a su infancia y sus años en México. Nacida en 1840 en el Castillo Real de Laeken (Bélgica) en el seno de la familia de quien sería el primer rey belga, Leopoldo I, Carlota tuvo una infancia que, en un sentido literal, fue principesca. Habiendo quedada huérfana de madre a los diez años, su padre se aseguró de que recibiera una educación muy solvente en varias disciplinas -“filosofía, idiomas, ciencias, política y hasta estrategia militar”, además de música y dibujo- lo que, sin duda, la preparó para desenvolverse con refinada naturalidad en los salones y castillos de la aristocracia europea y, algo que se revelaría crucial más tarde, para entender los “asuntos de Estado”. 

De esos años queda también la imagen de una adolescente con una sensibilidad social ya lo suficientemente despierta como para, siguiendo el ejemplo de su madre, preocuparse y ocuparse genuinamente por la suerte de los más pobres, y a su vez de una adolescente que tenía gran claridad sobre sus fortalezas y su determinación para ganarse un lugar en el mundo. Anticipándose por más de setenta años al reclamo de Virginia Woolf por un espacio propio para las mujeres, la Carlota adolescente escribió: “Siento que tengo el temple necesario para abrirme paso en este mundo, mezclarme y meterme con todos, construirme un espacio que yo misma habré creado, que yo iniciaré y que lo sostendré.”

A los dieciséis años conoce a Fernando Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria y entonces de 24 años, e inician una relación que un año después, en junio de 1857, culminaría en matrimonio. Más allá de cualquier consideración romántica, se trata, como era usual en la época, de una unión de conveniencia entre el naciente reino de Bélgica y la legendaria casa de los Habsburgo, conveniencia que, años después y también como era usual, se convertirá en discordia. 

Ese mismo año la pareja se traslada a Lombardía-Venecia, en posesión del Imperio de Austria desde 1815, donde Maximiliano es nombrado Virrey. Como una triste precuela de lo que años después sería su aventura mexicana, el Virreinato en tierras italianas fue breve y calamitoso. En 1859, en la batalla de Solferino, los Habsburgo perdieron de manera irreversible el Virreinato y Maximiliano, ante la consternación de su familia y la familia de su esp0sa, decide retirarse a la vida privada por lo que la pareja se instala en el Castillo de Miramar, en Trieste (Italia), sobre la costa del Mar Adriático. 

En esos años la vida en Miramar parece plácida, quizá demasiado plácida para una mujer tan inquieta como Carlota. Todo esto cambiaría a inicios de octubre de 1863 cuando Carlota y Maximiliano reciben una comisión mexicana con una oferta que, inusual como lo era, no podían rechazar: el trono de México. La oferta, además, venía acompañada por el respaldo militar, político y financiero de Napoleón III. Si bien, apostilla Vázquez Lozano, Maximiliano se mostró un poco escéptico en un inicio, Carlota de inmediato manifestó su interés. Y no sorprende: Carlota se rehusaba, según escribió tres años después, a vivir permanentemente en Miramar dedicada a “contemplar una roca hasta los 60 años.”

Maximiliano y Carlota arriban a México el 28 de mayo de 1864 dando inicio al Segundo Imperio y a una de las épocas más paradójicas y, acaso, peor comprendidas, de la historia de México. En todo caso, lo que es claro es que Carlota no fue una consorte de adorno, una Emperatriz “florero.” De hecho, su estancia en México le dio a Carlota la oportunidad de ir haciéndose de ese espacio para sí misma que anhelaba desde la adolescencia. 

Sus iniciativas en asistencia social, salud y educación -aquí está la prehistoria del Estado de Bienestar mexicano sugiere Vázquez Lozano- su atención a la población indígena, su proyecto de Constitución y su ejercicio como gobernante en las ocasiones en que se ausentaba el Emperador, son testimonios de su sensibilidad social, su inteligencia y su determinación, una determinación que, al parecer, fue más consistente y sólida que la de su marido. Fueron años, en fin, en que Carlota mostró entender muy bien “los asuntos de Estado.” 

Maximiano es fusilado en junio de 1867 en Querétaro. Un año antes, el 13 de julio de 1866, Carlota se había embarcado rumbo a Europa con la del todo imposible misión de recuperar para el Segundo Imperio el apoyo de Napoleón III y la bendición del Vaticano. 

Carlota, ante los férreos imperativos de la geopolítica, falla del todo en sus tareas diplomáticas y empieza a dejar ver que, a sus 26 años, es una mujer al borde de un ataque de nervios. Se trata de una trayectoria paralela: mientras se da el derrumbe del Segundo Imperio, también se va dando el abatimiento mental de Carlota.

Y, sí, ya en París, Carlota empieza a padecer crisis nerviosas y la paranoia se le manifiesta de manera recurrente y aguda. Pero es ante Pío IX donde se da el verdadero descenso al infierno: los desequilibrios mentales son ya del todo notorios. Ante ello, los funcionarios del Vaticano se comunican con los familiares de Carlota para informarles de su estado y, sobre todo, pedirles que se la lleven de la Santa Sede. Así ocurrió. En octubre de ese 1866, Carlota es trasladada a Miramar con la esperanza de que recupere la tranquilidad y serenidad. Con ello, sentencia juiciosamente Vázquez Lozano, concluye la vida pública de Carlota y comienza el suplicio y angustia de su vida privada.

Pero, lejos de encontrar en Miramar la paz deseada, lo que encuentra ahora Carlota es que se ha convertido en un factor de disputa entre el reino de Bélgica y la casa de los Habsburgo. Una vez concluida la aventura mexicana y dado el estado de la ahora viuda Carlota, la antigua conveniencia que había llevado al matrimonio de Maximiliano y Carlota, era ahora un inconveniente para todos. No es que estuvieran particularmente preocupados por el bienestar de Carlota, sino que en medio de esta animadversión estaba la nada despreciable fortuna de Carlota. 

Ambas casas aristocráticas la demandan como suya y mientras permaneciera en Miramar, sería de los Habsburgo. Así, que el hermano de Carlota y nuevo rey de los belgas, Leopoldo II, organiza una verdadera misión de rescate o secuestro según se vea. En julio de 1867 en una operación cuyo desarrollo bien podría servir como guion para una comedia, Carlota fue extraída de Miramar y llevada de vuelta a Bruselas, “no por su libertad, sino a pasar sesenta años sin poder salir más allá de los jardines de su nuevo castillo.”

Una vez recibida, al decir de Hamlet, “las pedradas y dardos de la atroz fortuna” (Tercer acto, escena 1), la vida de Carlota se confina a los muros donde fue recluida, a las añoranzas por los días y afectos perdidos y a los profundos abismos de sus desequilibrios mentales. Son sesenta años de soledad que han permanecido en las aguas nebulosas de la indiferencia y en los que Vázquez Lozano se sumerge para extraer algo de claridad y comprensión. 

El trayecto de Vázquez Lozano no es arbitrario ni caprichoso. Se apoya con fuentes confiables y de primera mano, algunas antiguas, pero no aprovechadas del todo y otras relativamente nuevas y que recién comienzan a ser tomadas en cuenta como son, de manera especial, los diarios privados de los médicos que atendieron a Carlota, los epistolarios de sus damas de compañía, las bitácoras de los funcionarios de la corte, diversos documentos desclasificados de los gobiernos, testimonios de personas que la trataron de manera cercana y, aquí se encuentra el verdadero tesoro, las cientos de cartas escritas por Carlota en su prolongado cautiverio.

Con todo este material a mano, Vázquez Lozano va reconstruyendo ese itinerario de soledad, locura y frustración. Dado que su ánimo es más narrativo que hermenéutico –y uno agradece no toparse a la vuelta de cada página con citas extraviadas de Freud, Lacan, Foucault o la última versión del neofeminismo- el libro va relatando los hechos tal como fueron vividos por Carlota y registrados y vistos y apreciados por sus contemporáneos más cercanos.

Y aquí están las que, creo, son las verdaderas aportaciones del autor. Por un lado, al apegarse a darnos una crónica desde la experiencia íntima de Carlota, desde su lucidez desesperada, Vázquez Lozano logra que vislumbremos el mundo de locura, soledad y frustración que fueron los últimos sesenta años de Carlota; por otro lado, al trazar con cuidado el entorno familiar, médico, económico y político que envolvía el confinamiento al que estaba sometido Carlota, Vázquez Lozano logra develar, sin aspavientos ideológicos o denunciatorios, el mundo de intereses, pulsiones y malentendidos que edificaron y mantuvieron con tanto esmero ese confinamiento hasta las últimas horas de Carlota.

 No se trataba, desde luego, del tipo de confinamiento que se estilaba en no pocas de las instituciones mentales de la época y que parecían ser más el escenario de algunas novelas góticas que el ámbito propicio para encubar a las nacientes ciencias de la mente. Los lugares de confinamiento de Carlota, los castillos de Laeken, de Tervuren y, donde habría de morir, de Bouchout, fueron espacios más que cómodos y siempre gozó de damas de compañía que la cuidaban y de la atención de destacados alienistas (esos ascendentes de los psiquiatras y psicólogos de hoy) que hacían sus mejores esfuerzos por entender lo que hoy se reconoce como esquizofrenia, pero que entonces parecía un estado mental tan esquivo como alarmante. 

Este entorno, sin embargo, no impidió la recurrencia de cada vez más graves episodios de crisis en particular una vez que conoció, tan tardíamente como les fue posible a sus familiares, la muerte de su querido Maximiliano. Por episodios estamos hablando aquí, como lo consigna Vázquez Lozano, del desvanecimiento de la identidad, el desbordamiento de una imaginación erótica sadomasoquista, ataques de grafomanía, delirios religiosos y místicos, megalomanía militar y regresiones. Un catálogo de padecimientos lo suficientemente amplio como para desalentar a cualquiera. 

El espacio que Carlota habría de construirse para sí misma fue, entonces, el que su locura le proporcionó. Su verdadero castillo fue hecho con la materia prima de sus delirios y, en sentido contrario al agrimensor K., el personaje de Kafka quien, en El Castillo, lucha contra fuerzas que no entiende en su intento por ingresar al castillo, Carlota escenifica su dolorosa lucha por su propia identidad al interior de los castillos de los cuales nunca podrá salir. 

Dadas estas condiciones de extrema vulnerabilidad, no fue extraño que quienes quisieran y pudieron aprovecharse de ella lo hicieran con toda impunidad. En este sentido, fue particularmente lúgubre el modo en que su hermano Leopoldo II expropió y aprovechó la riqueza de su hermana. Al parecer fue justamente con esos recursos que Leopoldo II entre 1884 y 1889 creó y sostuvo hasta finales de la primera década del siglo XX, un imperio de terror en Congo al que llamó, sin intención paródica, Estado Libre del Congo. 

En realidad, lo que edificó Leopoldo II fue una suerte de plantación privada cuyo único propietario era él y de la cual extrajo caucho y marfil utilizando un régimen laboral esclavista con un repertorio de castigos a los nativos particularmente cruel y arbitrario. Se estima que entre cinco y diez millones de congoleños murieron durante estos años. Un digno antecedente de los genocidios que conocería la primera mitad del siglo XX en Turquía, Europa y la Unión Soviética.

Lo que construyó la avaricia del hermano de Carlota en el Congo fue, entonces, el terror en su expresión más cruda, ese terror que Joseph Conrad relató de manera magistral en El corazón de las tinieblas (1902) y que, más de un siglo después Mario Vargas Llosa recrea en el primer capítulo de su novela El sueño del celta (2010).

Esta pesadilla, más delirante que cualquier momento de locura de Carlota y del todo en las antípodas de su sentido moral, no hubiese sido posible sin el saqueo que Leopoldo II inició ya desde 1879 de los fondos de su hermana. Al respecto Vázquez Lozano, en contra de la opinión de su corresponsal Daniel Vangroenweghe, es tajante: “En cierta forma perversa, el imperio del Congo se levantó con las ruinas del Imperio mexicano.”

Carlota tuvo suficiente edad para ver el fin de la pesadilla, pero no sabemos si poseería la información y lucidez para apreciarla y comprenderla. En los años que Leopoldo II iniciaba su empresa africana, se intensificó el aislamiento de Carlota y, como si fuese un mal recuerdo que todos quieren extinguir, fue ingresando a las tierras del olvido, tierras cultivadas no sólo por su familia y amistades, sino también por la sociedad austriaca, europea…y mexicana. 

En abril de 1879, Leopoldo II instala a su hermana en el castillo de Bouchout del cual no habría de salir sino hasta 1927 cuando, a los 86 años, muere de un ataque de influenza complicado con pulmonía. Su ataúd llevaba la bandera de Bélgica y México. Sobrevivió a Juárez y a Miramón, a Maximiliano y Leopoldo II, a Napoleón y Pío IX, pero parecía no sobrevivir al olvido. Pero, al parecer, lo está logrando. Era cuestión de paciencia. 

 

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Claudio H. Vargas

Claudio H. Vargas

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