Opinión

Conservación vs resiliencia. ¿De qué lado estás? (2ª parte)

  • Movimiento Ambiental de Aguascalientes

 

La semana pasada hice referencia a la gran capacidad de Aldo Leopold de vislumbrar, hace setenta años, un concepto ecológico inexistente en esa época, pero clave en nuestros días: la resiliencia. Ésta es una capacidad propia que tiene un organismo y/o miembros de una especie para reponerse de algún hecho adverso que puede o pudo haber terminado con su existencia; no obstante, el individuo o la especie se sobrepone al hecho e intenta restablecerse. Daba como ejemplo los árboles nativos de nuestra entidad (mezquites y huizaches), ya que éstos tienden a reaparecer en las banquetas, camellones e incluso en los costados de las calles, a pesar de que sobre su suelo se han colocado placas de asfalto y/o concreto. Ésta es una gran muestra de su capacidad de resiliencia al estar naciendo y creciendo en situaciones adversas y nada óptimas, lo que auguraría su muerte y extinción. A pesar de ello luchan por subsistir y recuperar la tierra que les fue arrebatada.

Continuando con el artículo de Leopold (“La ética de la tierra”) hay un apartado que lleva por título “La salud de la tierra y la división A-B”. En éste señala que hay dos grupos que, a pesar de manifestar su beneplácito por la conservación de la naturaleza, sus intereses son radicalmente opuestos. “Un grupo (A) considera a la tierra como suelo y cree que su función es la producción de bienes de consumo; otro grupo (B) considera a la tierra como una biota y cree que su función es algo más basto”. Esto significa que los del grupo A están de acuerdo en que se debe  conservar la naturaleza, pero sólo en la medida en que ésta siga proporcionando beneficios económicos; los del grupo B, en cambio, ven la conservación como un asunto biótico y se preocupan por entender el conjunto de relaciones que se dan en los distintos ecosistemas entre todas las especies (animales, plantas, insectos) que lo habitan y los elementos que hacen posible su sostenimiento (clima, agua, aire, minerales). Esta comprensión del funcionamiento de los organismos naturales tiene como objetivo su cuidado y preservación.

Los del grupo A, señalaría Leopold, son capaces de hacer lo que sea con tal de que la tierra siga produciendo recursos para nuestra especie (madera, frutos, aire) y con tal de conseguirlo usan fertilizantes químicos, insecticidas, herbicidas, hacen desmontes para inserción de plantas exóticas y/o monocultivos, incluso reforestaciones en sitios no aptos y con árboles inapropiados, es decir, no piensan en el bien de la tierra ni en el de las especies que viven en ella, sólo en el beneficio humano y, específicamente, en el de sus bolsillos; los del grupo B, por el contrario, piensan en cómo conseguir una producción armónica con la naturaleza mediante “cultivos orgánicos” y/o acciones sustentables basadas en el continuo y óptimo desarrollo de la flora y la fauna local,  además en la relación de éstas con su tierra.

Leopold no vio los avances conseguidos por la biotecnología y el uso que de ella se hace en los cultivos transgénicos, aun así ya hacía un llamado para que la sociedad en su conjunto estuviera atenta a la forma en que se estaban produciendo los alimentos con las siguientes palabras: “Los fundamentos ecológicos de la agricultura son tan poco conocidos por el público como otros aspectos del uso de la tierra. Por ejemplo, pocas personas instruidas comprenden que los maravillosos adelantos técnicos logrados en las últimas décadas son perfeccionamientos de la bomba, pero no del pozo. Hectárea por hectárea, esos avances apenas han bastado para compensar la caída en el nivel de fertilidad”.

No es nada raro que las personas que habitamos en ciudades desconozcamos los procesos de cultivo y traslado de lo que comemos, de dónde se extraen los minerales e hidrocarburos, el agua que llega a nuestros domicilios, etc. Si conociéramos los impactos antropogénicos que conlleva la explotación de los bienes naturales para transformarlos en recursos para nuestro consumo, tal vez seríamos más cuidadosos con ellos, pero como mucha de esta información se esconde al público y a la sociedad no le interesa conocerla, por eso hemos llegado a un punto ambiental y sosteniblemente crítico, en el que queremos que “la bomba” siga funcionando, sin importar la calidad del agua o si aún le queda agua al pozo. Tenemos que entender que la bomba NO crea el agua, el refrigerador los alimentos, las gasolineras la gasolina, los aparadores la ropa, etc.; todo esto viene de la tierra y/o del subsuelo y ya es tiempo de que tomemos consciencia de que el excesivo consumismo es el actor principal que está acabando con los bienes naturales y agotando su resiliencia.

Si queremos nuestra tierra, es momento de que comencemos a protegerla. ¿Cómo? Siendo muy conscientes de que todo lo que hacemos tiene un impacto en ella, menor o mayor, pero lo tiene; entonces, cada uno de nosotros debe elegir si sigue viendo la naturaleza como un mero objeto que está allí al servicio de la humanidad y que se puede hacer con ella lo que plazca (comprar, consumir, derrochar, desechar) formando parte del “grupo A” señalado por Leopold; o formar parte del “grupo B” lo que implica hacerse más consciente y responsable de la forma en que se usan los bienes naturales (agua, alimentos, transporte, energía eléctrica, etcétera).  Leopold señala al respecto que, dada esta paradoja, se puede seguir siendo “el hombre conquistador versus el hombre como ciudadano biótico; la ciencia como afilador para su espada versus las ciencia como faro buscador para explorar su universo; la tierra como esclava y sierva versus la tierra como organismo colectivo”. En suma, la pregunta que les pido se hagan es ¿de qué lado estás tú?

 

 

 

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Victor Hugo Salazar Ortiz

Victor Hugo Salazar Ortiz

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