Opinión

El número frente a la e-motividad / Opciones y decisiones

Escuchar al cierre del discurso presidencial, pronunciado en el patio de honor de Palacio Nacional que custodia la Puerta Mariana, el pasado 1º de septiembre, en boca de Andrés Manuel López Obrador que exclamó: “primero los pobres” (…), nos retrotrae a la proclama central de la Teología de la Liberación. Ese movimiento social de inspiración cristiana y auténtica cepa Latinoamericana. 

En efecto, parece que fue ayer… y nosotros somos dos, somos tres, somos mil y veintitrés (Nous sommes deux, nous sommes trois, nous sommes mille vingt et trois… (Georges Moustaki, Nous Sommes Deux. https://bit.ly/2lICfAV ). A ese ritmo, irrumpió en México un punto de quiebra al interior de la Iglesia Católica; que arranca hacia el año 1974, y que diez años después, se vio refrendado por otro evento fundacional, gestado por el lanzamiento del diario La Jornada. Efectivamente, en la madrugada del 19 de septiembre de 1984 salían de las máquinas los primeros ejemplares de la edición número uno (Carmen Lira Saade publicó: “La sociedad en el espejo de las princesas”). Por vez primera, veíamos convivir y departir a intelectuales de acendrado marxismo –académicos y militantes-  con artistas, escritores, cineastas, arquitectos y poetas de un profundo existencialismo humanista, a una con politólogos y economistas de cuño socialdemócrata o eurocomunismo y sí, curas que se lanzaron a la mar de la “teología de la liberación” reivindicativa y profética de América Latina, desde el Cono Sur hasta Guatemala, a nuestras selvas chiapanecas y el istmo de Tehuantepec. 

Momento histórico que tiene como causa original aquel inquietante avance, iniciado por el mismo Concilio Vaticano II de los años sesenta; jesuítico y de otras órdenes como los dominicos y órdenes religiosas de diverso cuño, hacia formas de compromiso social profundo. Surgimiento que fue detenido de golpe. La naciente “Teología de la Liberación” de los ochenta fue sepultada, literalmente, en América Latina; gracias a la persistente obra de acotamiento y exclusión operada por la Santa Sede de Juan Pablo II. Cabe cuyo pontificado, los episcopados latinoamericanos, en un plazo de 30 años, fueron prácticamente desinstalados y reestructurados con obispos afines a un tal viraje revisionista y ultraconservador. La bota militar se hizo ostensible en el Subcontinente. Y sí, esta “ideología de la cristiandad” produjo los mártires de “la evangelización desde los pobres”. Cualquier re-semblanza es pura realidad. 

En México, con la muerte de Don Miguel Darío Miranda y Gómez, la llegada de Mons. Ernesto Corripio Ahumada a la Arquidiócesis primada de México, copresidente de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Puebla, México, del 27 de enero al 13 de febrero de 1979; y luego de Mons. Norberto Rivera Carrera, se va instalando una plantilla episcopal férreamente conservadora –con sus muy contadas excepciones-, bajo el epítome de Don Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, y Tata Samuel Ruiz García de San Cristóbal de Las Casas. Y que inicia con Mons. Rivera Carrera y sigue con muchos otros obispos.

Fue el propio Cardenal Corripio Ahumada quien reveló tal estado de cosas. Y en 1993, denunció al embajador del Vaticano, Jerónimo Prigione, de “actitudes arrogantes y prepotentes”, afecto a “hacerse unos propios clientes” y “complicado a causa de compromisos adquiridos por él con grupos de poder y de dinero”, la queja dirigida al Papa retrató al también alfil del salinismo dentro de la Iglesia. Juan Pablo II no quiso relevarlo: lo premió con seis años más como nuncio (Fuente: Proceso. Sustituya a Prigione, clamaba Corripio a Juan Pablo II. Por Rodrigo Vera, 7 diciembre, 2013. https://bit.ly/2lGKtKc ).

Este mismísimo tren de cosas ha sido detenido por el propio Papa Francisco, en su primera y única visita a México -hasta el momento-. Operando un verdadero turning point/ o punto de quiebra de la presencia de la Iglesia Católica en México, que no es un tema menor. Dado que implica un fuerte golpe de mando, que opera a ciencia y consciencia desde su pontificado. 

De ello tenemos enfático testimonio en ese primer viaje a México, durante su visita a Chiapas, en que visitó la tumba de Tata Samuel Ruiz, muerto en 2011, al que llevó flores y rezó una oración. Lo que me permite evocar un antiguo procedimiento de todo Papa en ejercicio de su ministerio, mediante el que puede emitir o enunciar bajo sigilo, su voluntad secreta de poder apostólico eficaz sobre un particular. En lenguaje de la curia romana designado como: “In pectore”. A mí no me cabría la menor duda que en la intimidad de ese momento tan simple, emitió un edicto de plena reivindicación apostólica a favor de él y de la Iglesia de los pobres, de los indígenas. Sin duda una voluntad de cambio de profundo sentido apostólico. 

La reciente liturgia presidencial de López Obrador, velis nolis/quieras o no, reivindica este mismo propósito: “primero los pobres”. Pronunciamiento que, sin duda, hace levantar la cejas e inflar las narices a la comentocracia tanto nacional como local, crea desconcierto entre los defensores y puristas del Estado Laico; deja perplejos a los tycoons de las finanzas, la industria y la banca. A él no le interesa tanto la econometría de los tecnócratas, como el “desarrollo social” que porta bienestar a los más desfavorecidos, a los vulnerables, a los pobres. En este sentido, los datos integrados al informe “no son problema”, son datos oficiales de las instituciones gubernamentales; el asunto delicado y central reside en “la interpretación” que se da acerca de la realidad histórica que presenta ese México vulnerable, desfavorecido, pobre –en suma-, de acuerdo con la expresión personal y coloquial expresada por Roy Campos, presidente de Consulta Mitofsky. Interpretación con la que yo coincido y comulgo, como lo hago patente precisamente en el contenido simbólico e histórico de este mensaje. 

Obviamente estamos en la esfera de la cultura, más puntualmente dicho de las subculturas populares, del mundo del poder de los símbolos en cuanto tales, y tratándose del primer mandatario, el que personifica el Poder Ejecutivo del estado mexicano, se manifiesta en la modalidad propia que él ha escogido y que comportan sus símbolos personales de poder. Si él deliberadamente se sale del espacio técnico-económico de los datos en sentido estricto, es para ubicarse en el espacio simbólico al que aspira, para enfatizar el cambio al que siente moralmente obligado y comprometido. De manera que el debate al que se siente emplazado, no es el del famoso “crecimiento” matemática y tecnológicamente estructurado, sino el correspondiente al que ocupa la población nacional que histórica y psico-sociológicamente ha sido desplazada con innúmeras carencias y privación de acceso real a los factores de bienestar. 

Es en esta dialéctica que elige esgrimir sus réplicas e interpelaciones a los “conservadores”, sean fifís o académicos de narices respingadas, De manera que “su fuga” a los mitos, a los símbolos, a los “principios y valores” le hace sumergirse en ese gran repositorio de la conciencia colectiva, en donde el signo numérico econométrico no tiene gran significado, y por ello lo deja casi despectivamente al tratamiento de los entendidos, técnicos y especialistas; para él dedicarse en cuerpo y alma, a la atención de “las almas” dejadas en la inanición de la civilización de la Inteligencia Artificial, o propia de la era del Conocimiento y de la tecnología digital. El espacio que quiere ocupar y del que se pretende ocupar es el de la historia del 50% de los sin techo, sin educación, sin ingreso, sin salud, sin empleo, etc. Y que la tecnocracia se ocupe de los que ya son suyos.

Todo lo cual, antes, ya fue asimilado vivamente en la reflexión de la teología de liberación desde la fe, hace falta ver el universo etnográfico todo de América-, y continuar con todos los sufrientes de la violencia, el despojo, el exilio, los encarcelados, los trasterrados que en nuestras fronteras Sur y Norte que adquieren momentum singular; pero también los excluidos por el flujo del capital por encima del flujo de las personas, de manera especial los jóvenes, todos ellos como tejido vivo de nuestro pueblo, tienen derecho a la esperanza. No esperar o no poder esperar, es morir. No soñar, o no poder soñar, es morir. Esta es la gramática significativa que ha venido construyendo activamente el Papa Francisco y retoma del mensaje central de la Teología de la Liberación, desde la fuente viva de su entender y sentir, de su discernir la realidad del mundo. Y aquí entramos en materia. Las claves de su esfera simbólica, tienen punto de partida en la visión que él llamó: “del pedacito de infierno” que nos asedia, pero que adquiere dimensión global a todos los pueblos de la Tierra. 

El afecto que nace de este conocimiento, y que puesto en la dimensión pastoral que él privilegia, se convierte en eje nodal de su discurso, así como lo hizo en Chiapas el Tata Samuel Ruiz. Esto quiere decir que, sin anular al teólogo, que es capaz de analizar y sintetizar las ideas que fincan una visión teológica, Cristocéntrica, del mundo, traduce esta fuente de la inteligencia académica en un imperativo ético de la fe, actuar, pero haciéndolo desde la fuente alterna y más profunda del sentimiento, de la e-motividad. A esta vertiente de la acción moral, pertenece el código agustiniano del “afecto”. Y sí, me refiero a esta inspiración agustiniana es porque veo, en el modo actancial –dirían los semiólogos- del Papa Francisco, una genial síntesis desde y con el modo jesuítico del discernimiento espiritual. 

La referencia que cierra el discurso presidencial de Andrés Manuel López Obrador, “primero los pobres”… velis nolis/quieras o no, se traslada a este espacio mítico del anhelo, de la esperanza… del pretendido cambio moral, de los principios, de los valores. Y esto, que yo sepa, abre otro tipo de conversación. 

Concluyo citando la frase inmemorial de Julio Scherer García: “Al periodismo no le compete la eternidad. Son suyos los minutos milenarios. Ubicuo, su avidez por saber y contar no tiene medida, maravilla del tiempo” (El oficio de periodista, el 3 de abril de 2002, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León (México), al recibir el Premio Nuevo Periodismo Iberoamericano de Gabriel García Márquez.

 

franvier2013@gmail.com 

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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