Opinión

El pueblo feliz / El peso de las razones

En las últimas semanas el concepto felicidad ha entrado a las más variopintas discusiones públicas. El responsable es Andrés Manuel López Obrador. Para el presidente, uno de los objetivos del gobierno debe consistir en procurar la felicidad al pueblo. Mi intención no es, como la de la mayoría de los comentócratas liberales, iniciar un ataque a la manida retórica presidencial, sino tratar de ser caritativo y entender qué quiere decir el Ejecutivo cuando subraya este objetivo. Sólo después, acaso, pueda surgir una evaluación.

Entonces, ¿qué quiere decir el presidente cuando enfatiza que es un deber del gobierno ser causa de la felicidad de sus gobernados? Tengo dos opciones en mente.

A la primera la llamaré la imposición cualitativa. Conocemos algunos de los incidentes. Desde hace nueve meses hemos visto terribles ataques desde el gobierno a la sociedad civil, a los organismos reguladores y a los organismos públicos descentralizados de la Administración Pública. En específico, fuimos testigos del ataque que recibió el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el cual llevó a la destitución de su secretario ejecutivo Gonzalo Hernández Licona. El presidente no sólo ahorcó presupuestalmente al Consejo y removió a su cabeza, sino que continuó su ataque directo sugiriendo que la forma en la que medimos las políticas sociales está desencaminada. El objetivo del Coneval es simple de enunciar y muy complejo de realizar técnicamente: generar información objetiva sobre la situación de la política social y la medición de la pobreza en México que permita mejorar la toma de decisiones en la materia. Así, el Coneval evalúa el éxito de la política social del gobierno. A nuestro presidente, espero que nos empiece a quedar claro, no le gusta que lo evalúen, y si se debe hacer que lo haga el pueblo bueno y sabio, no los tecnócratas. Pero en su discurso hay más fondo que forma: al parecer cree que el bienestar es un asunto enteramente cualitativo; digamos, de percepción subjetiva. Y algo, pero sólo algo, hay de cierto en ello. El Coneval mide la pobreza multidimensionalmente, esto quiere decir que considera que el fenómeno es de suyo multidimensional, pues comprende aspectos relacionados con las condiciones de vida que vulneran la dignidad de las personas, limitan sus derechos y libertades fundamentales, impiden la satisfacción de sus necesidades básicas e imposibilitan su plena integración social. No obstante, la medición multidimensional de la pobreza no excluye, sino que amplía la medición cuantitativa. Pero a nuestro presidente no le gustan las cifras, al punto de que las inventa todas las mañanas. Así, resulta comprensible que al afirmar que el gobierno es responsable de la felicidad del pueblo lo que quiere decir es que es responsable de la percepción subjetiva del bienestar de sus votantes. Esta forma de interpretar sus palabras no dice nada nuevo: el actual gobierno, al imponernos lo cualitativo sobre lo cuantitativo, lo que busca es tener contenta a su base social. De este modo, al parecer, sería un gobierno abierta y cínicamente clientelar.

A la segunda la llamaré la imposición valorativa. Mientras José “Pepe” Mujica fue presidente de Uruguay, confieso que veía y escuchaba con morbo y curiosidad sus discursos. En algún sentido lo admiraba, y quizá lo sigo admirando, pero no como político, sino como pensador moral. Mujica defendía, con una retórica emocional y persuasiva, un estilo de vida austero, que diera prioridad al tiempo libre sobre el ingreso, y una moral progresista, que ampliara un esquema equitativo de libertades y derechos. En el fondo, su visión moral de la vida me convence, pero nunca he dejado de criticarle que hablara en ese tono de abuelo que aconseja a los nietos cómo vivir mientras se desempeñaba como presidente de su país. ¿Cuál es el problema con ello? Lo diré de manera simple: pienso que escapa a las atribuciones del Ejecutivo tratar de imponer sus valores personales al resto de la ciudadanía. No es tarea del gobierno indicar el rumbo existencial a sus gobernados, sino sólo limpiar todos los caminos legales y disponibles para que cada uno tome el que le agrade. Al igual que Mujica, López Obrador es pronto y ducho en sermonear a la ciudadanía todas las mañanas desde Palacio Nacional y cada que puede en las plazas públicas. Conocemos su visión moral de la vida, la cual me agrada además mucho menos que la de Mujica: una vida austera sí, pero profundamente conservadora. El presidente es cercano a las morales evangélicas y puritanas. Le enferma la pluralidad y enfurece contra quienes disienten con él. En este contexto, lo que el presidente quiere decir cuando afirma que es responsabilidad del gobierno la felicidad del pueblo es que es su deber indicar la manera más adecuada en la que sus gobernados deberían vivir su vida. O peor: que es su deber indicar de qué manera no deberían vivirla. Y lo segundo lo hace mejor: estigmatiza el consumo de drogas, duda de la existencia de los padecimientos mentales, considera que el servicio público debería ser altruista, condena a quienes buscan la riqueza, incluso infravalora a los placeres materiales sobre los ‘espirituales’ (su ataque al laicismo merece otra columna). Si en la primera interpretación el gobierno se presentaba como cínicamente clientelar, aquí el gobierno se presenta como tímidamente totalitario.

Ni la imposición cualitativa ni la imposición valorativa me dejan un buen sabor de boca. Pero hay una tercera opción: las opciones anteriores no son excluyentes. Temo que, de hecho, las dos operan en la cabeza de López Obrador. El suyo es un gobierno populista, clientelar, conservador, antiliberal y con tintes totalitarios. Y no me vayan a malentender: me he movido, en la medida de lo posible, en el terreno descriptivo. Dejo la evaluación pendiente para después de su Segundo Informe de Gobierno (que quizá sea el sexto, séptimo o vayan ustedes a saber).

 

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Mario Gensollen

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